Corazón de sílex XI
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XI

El feminismo había pasado por la vida de Socorro con la indiferencia que producen las cosas que se dan por hechas.

A ella nunca la habían hecho de menos por ser mujer y, si había pasado, tenía la sensación de que era por su culpa: por tímida, por insegura, porque no le merecía la pena molestar...

ni molestarse. Estaba claro que sus rarezas no ayudaron.

Ni esos complejos que nunca la dejaban de roer por dentro.

¿Era el heteropatriarcado? Los homosexuales tampoco la habían tratado mucho mejor que los hombres que se la querían llevar a la cama.

¿Heteropatriarcado? Los tíos son tíos y la mayoría se lleva mejor con sus iguales.

La camaradería estaba reservada a un solo sexo porque no había posibilidad de que aquello acabara en la cama. Y si la había no se hablaba de ello.

Tampoco lo había sido Gisèle Pelicot antes de que la convirtieran en un símbolo para las víctimas.

Lo que más sorprendió a Socorro de sus memorias era que aún trataba de entender por qué su marido la había drogado para ofrecérsela a medio centenar de desconocidos.

En su última audiencia, Dominique declaró que «había querido someter a una mujer insumisa».

Recordaba entonces que no había permitido que la grabara mientras se acostaban ni había querido que fueran a un club de intercambios en compañía de otro matrimonio.

El detonante, creía Socorro, había sido otro: mientras el señor Pelicot fracasaba estrepitosamente en todas sus aventuras empresariales, ella progresaba en la carrera que había empezado desde abajo en la compañía de energía en la que trabajaba.

Había llegado más alto, tenía mejor sueldo, mejor pensión.

Por ella habían podido vivir en una casa buena y cómoda...

El señor Pelicot no parecía un ejemplo del heteropatriarcado.

Incluso, contaba la autobiografía, se hacía cargo de la casa cuando ella no podía porque tenía que trabajar.

Y a lo mejor nunca se lo pudo perdonar. Él reconoció en el juicio que le había hecho eso a su mujer más o menos porque no podía hacerle eso despierta.

Así de simple. Los hombres son hombres y la inmensísima mayoría no son unos indeseables.

¿Por qué quisieron violar a la señora Pelicot esos chicos que podían haber sido sus hijos?

Porque habían podido. ¿Y todo era una cuestión de poder? ¿De poder hacerlo?

Intercambiaba sus opiniones por mail con Oriol, un periodista muy conocido de las Lequerica que le recomendó leer —«ilústrate, ceporra»— un ensayo muy escandaloso que habían publicado Randy Thornhill y Craig T.

Palmer llamado Una historia natural de la violación.

Bases biológicas de la coerción sexual .

«Al final te darás cuenta de que no es cosa de estructuras de poder sino de sexo.

De biología. De que los hombres quieren inseminar a cuantas más mejor y de que la violación no es sino una estrategia reproductiva más».

La periodista buscó un ejemplar en IberLibro.

No lo encontró en español. Vio uno en inglés que costaba veinticinco dólares, dudó un momento, y lo pidió.

Socorro pensaba que, salvo en alguna ocasión (ese maldito Luis Gordon), nunca había follado para perpetuar su estirpe.

¿Era eso lo que pensaban los hombres? ¿Y los homosexuales?

¿Y los violadores de ancianas? ¿Los pederastas?

Ella lo veía más como una cuestión de sexo.

De que ellos siempre tenían más ganas. Retomó su argumento.

Violaban porque no podían tener sexo de otra manera.

Pelicot había dormido a su mujer porque así podía hacerle lo que ella no le dejaba.

Ese mismo día, Socorro leyó que Tariq Ramadan había sido condenado por violar a tres mujeres.

El egipcio, nieto del fundador de Hermanos Musulmanes, se había convertido en uno de los conferenciantes predilectos para explicar el islam político en Europa.

Y la izquierda lo había defendido —«islamofobia»—.

Él había reconocido serle infiel a su mujer y que las denunciantes habían consentido por su carisma y esas cosas. También él había podido.