Corazón de sílex X
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El vínculo de Pierre con las Lequerica se había mantenido en parte gracias a que Thérèse, que había tratado a las hermanas durante los años que Pincho estuvo en París, se empeñó en mandar a su hijo a Madrid a que aprendiera español.

El joven Pierre se hospedaba en una residencia de curas los primeros veranos, y en pisos compartidos, después.

En cualquiera de las dos estancias, fuese cual fuese su situación, nunca desperdiciaba la oportunidad de pasar una sola velada en casa de las Lequerica y, ni mucho menos, un fin de semana en el campo.

Las hermanas le adoraban y se sentían muy cómodas con él.

Era un tipo noble, de fiar. Nunca se les ocurrió hacerle preguntas indiscretas —ni sobre salidas, entradas o novias— y Pierre encontró en ellas más que un refugio, un cajón bien delimitado en el que custodiar esa parte de él que no quería dar en las noches madrileñas.

Con ellas volvía a oler la tierra mojada en lugar del olor a colchoneta de los sitios que frecuentaba.

Nunca se había sentido cómodo con su vida.

Al principio se sentía culpable. Como todo el mundo en esa época, había tenido una educación demasiado prejuiciosa.

Pero con el tiempo comenzó a encontrarse bien consigo mismo.

En esos ambientes conoció a Fernando Azcárate, joven español que estudiaba para ser diplomático y que le despertaba curiosidad por guapo e inteligente.

Y como, en el fondo, lo que interesaba a ambos era ser ricos, no eruditos, pronto se hicieron inseparables.

Los unía un rechazo total a los comunistas de salón y a las posiciones de la Unión Soviética.

Ambos ambicionaban la tranquilidad económica que solo les podía llegar por matrimonio.

Y así Fernando se casó —enamoradísimo, eso era verdad— con Pincho, y Guilhem había hecho lo propio con Thérèse, la hija de un fabricante de vajillas de Gien con fincas en Sologne.

A partir de entonces, Guilhem se instaló a cuerpo de rey en el piso de la familia en París, aunque seguía pasando un tiempo prudencial en casa de su mujer —la Navidad, las cacerías—, el suficiente para frecuentar ambientes que de otra forma le habrían estado vedados.

Pierre no se parecía en nada a su padre.

Todos los domingos iba a misa sin ironías ni pantomimas para acompañar a su madre, que era todo lo devota que se podía ser.

Les gustaba ir a la iglesia de Saint-Benoît, a media hora de La Chênaie.

Les tranquilizaba observar a los monjes.

La Chênaie fue el lugar elegido por Pincho para pasar las primeras semanas tras el funeral y el entierro de Fernando.

Aquello unió a Pincho y Thérèse para siempre.

Guilhem había acompañado a la joven viuda de su amigo durante unos días, pero enseguida se quitó de en medio para hacerse cargo de no se sabía qué asuntos.

Para entonces, a Thérèse le empezaba a dar igual.

Tenía un hijo recién nacido y un padre que le hacía casi de marido.

Luego no hubo más hijos. Un día empezó a sentir un dolor en la pelvis.

Las fibras se le tensaban como una cuerda a punto de romperse.

Fue al ginecólogo, pero este achacó las molestias al estrés de la joven madre.

Más tarde comenzaron los manchados, que fueron atribuidos a las mismas causas.

Pasó un año, dos... y aunque el sexo era extraño y, por suerte, infrecuente, ella misma se sorprendía por no volverse a quedar embarazada.

Hasta la década de los ochenta, la clamidia era una enfermedad silente.

Lástima que Thérèse no tuviera el talento de Karen Blixen ni una granja en África.

Y gracias a Dios, tampoco, la sífilis. La finca de jabalíes y patos y una fábrica de vajillas no resultaban tan literarios.

La solución llegaría por una idea de su padre, que entró como socio de un negocio charcutero que hacía salchichones de jabalí y ciervo y otros embutidos, que había conseguido colocar con éxito en Carrefour y otras grandes superficies.

Ahora, Pierre se reía con su madre. «Podrías escribir “Yo tenía un salchichón en la Sologne”».

A lo que Thérèse, que tenía sentido del humor, siempre decía: «Gracias a Dios, solo vendo los salchichones. Hace años que me quité de comerlos».

—Mamá, por Dios —respondía él muerto de risa.