Corazón de sílex IX
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IX

—Desde que murió don Dalmacio no tengo a nadie con quien hablar.

Pila no había ido a la universidad. ¿Para qué?

Tenía ganas de vivir y dinero para gastar.

Su padre no puso objeciones porque pensó que no le faltarían pretendientes.

Su hija pequeña era guapa, lista y ocurrente, quizás demasiado.

Era de las que preferían demostrar que tenían razón en las discusiones a ceder por cortesía o por mantener la paz.

Ni con un profesor ni con el rey. Con el rey mucho menos.

Era demasiado irónica, con un punto de socarronería, como para reverenciar a nadie.

Y menos aún para hacerlo con alguien ante el que debía presentarse literalmente genuflexa.

Aunque a él Pila sí que le había tenido de rodillas muchas veces pidiéndole que se le rindiera.

Y ella había puesto el check , como dice la gente joven.

Pincho siempre reprochaba a su hermana lo que ella consideraba soberbia.

«Tú nunca has sabido lo que es tragar y que te mande un mediocre».

Y Pila le salía con una respuesta bastante ordinaria sobre lo que tragaba y lo que dejaba de tragar.

«Como si tú supieras lo que es trabajar sin ser la hija del dueño. No me vengas con tragaderas».

Y la discusión acababa ahí porque si bien Pincho nunca habría querido que su padre la ayudara en su carrera como periodista, era improbable que hubiera sido nombrada corresponsal en París con poco más de veinte años.

Como también lo era que le guardaran la corresponsalía de la Casa Real para cuando decidiera volver de París.

Lo hizo viuda, rota de dolor y decidida a centrarse en El Matinal , que jugaría un papel importante en la Transición como diario monárquico.

Pila siempre pensó que el duelo de su hermana sería ligero y que no tardaría en olvidar a Fernando.

Pero los años pasaban y Pincho se encerró en la redacción del periódico como si fuera una de esas viudas que toman los hábitos cuando muere su marido.

Nunca abandonaría el luto, aunque abrazara el alivio, y empezó a ejercer el periodismo como un sacerdocio.

Como si no le interesara nada más. Le costó convencer a su padre de que Juglar , el suplemento cultural que había ideado, encajaría bien en la idiosincrasia de El Matinal .

Al final, don Ignacio cedió pensando que al menos esa revista cultural serviría para tener a su hija entretenida y que no se metiera en la redacción para los «temas importantes».

Pero para sorpresa de todos, el lector del periódico, clasista cultural, bien informado y crítico, recibió muy bien la propuesta de Pincho.

Los viejos nostálgicos del viejo orden sentían que con Juglar les volvía a salir pelo y los jóvenes al fin encontraban un suplemento inconformista y rebelde, pero con criterio.

Prescriptor. Era la Transición. Hacia 1975 la mayoría de la población lectora no era precisamente moderna.

Vizcaíno Casas, Álvaro de la Iglesia, Rafael García Serrano o José María Gironella resistían ante el gran público frente a la nueva literatura.

Pero todo estaba cambiando. Carmen Martín Gaite ya había escrito El cuarto de atrás .

Y estaban Esther Tusquets o Montserrat Roig, autoras a las que Pincho seguía.

También a Juan Goytisolo y su Paisajes después de la batalla . Todo eso tenía cabida en Juglar .

Pila conoció también los entresijos más íntimos de la Transición.

Fue novia de algunos de sus prohombres. Le debían de atraer los gestos graves y las gafas con montura de concha.

Y aunque tuvo grandes historias de amor —y algún trío como los de Bárbara Rey y Chelo García-Cortés— parecía inmune.

Le divertía la caza, el juego y la excitación de las primeras citas, pero se cansaba enseguida de las dependencias y las obligaciones del amor.

¿Y los hijos? Pues debía de ser una de esas mujeres, excepciones en realidad, que no los quieren, aunque siempre había sospechado que el hecho de no haber tenido hijos la había privado de sensaciones que quizás sí querría haber sentido.

¿Cómo sería un amor incondicional? ¿Y la ceguera ante los defectos?

Tenía que ser impresionante. Pero enseguida se decía a sí misma: «Imagínate tener que querer a un hijo que te cayera mal.

O que no te interesara...». Y esos pensamientos que siempre la habían acompañado hacían que Pila se diera cuenta de que algo le faltaba en la vida.

Y enseguida soltaba una risotada, porque prefería el arrepentimiento de no haber tenido hijos al arrepentimiento de haberlos tenido.

Pincho tampoco había sido madre. Pero a ella sí le apenaba.

La muerte de Fernando le había arrancado algo muy hondo.

Las ganas de ser. Al menos, al contrario que su hermana, ella podía presumir de haberse enamorado de verdad.

Hasta las trancas, como cuentan las canciones y los libros.

Tras quedarse viuda, estuvo perdida un tiempo, aunque quiso evitar que nadie, ni siquiera Pila, pudiera darse cuenta.

Le dolía por dentro de los huesos, en el esternón.

Como si la caja torácica se le hubiera quedado pequeña.

Pincho no encontraba refugio de la pena.

Tampoco dónde esconderse porque durante el tiempo que habían estado juntos, el mundo había sido Fernando.

La playa, el campo, el piso de París, el de Madrid, los libros...

la ópera y el ballet también le recordaban a él.

Quizás por eso —es solo especulación— decidió fundar Juglar , que se convertiría en el suplemento cultural de El Matinal , a pesar de las reticencias iniciales de su padre Ignacio, que confiaba poco en su hija.

«Ya sabes lo que pienso de las mujeres en las redacciones».

A Pincho lo que pensara su padre le daba bastante igual.

Juglar era el principal motivo de orgullo de Pincho y había tratado de preservarlo lejos de las garras de la dirección del periódico, que cada año le parecía más vulgar y más alejado de lo que ella consideraba un buen suplemento cultural: independiente, rompedor y que fuera como un crisol de la realidad que invitara al lector a saber más, a preguntarse.

Sin embargo, lo que se premiaba ahora eran los clics, las búsquedas, el tráfico —las respuestas, en realidad—...

hasta que irrumpió la inteligencia artificial a la que en el periódico todos temían y por la que Pincho sentía una sana curiosidad, auspiciada por el interés de Oriol.

La llegada de Ángel Rojo a la dirección del periódico no hizo sino empeorar las cosas.

A medida que los periódicos iban perdiendo influencia, su hermano Ignacio había ido dejando de lado la redacción para centrarse en obtener nuevos ingresos.

Mandaba organizar charlas para mujeres, conferencias para jóvenes, congresos de literatura, lo que se llamaba wellness .

Eran una sucesión de vendedores de crecepelos que hablaban del libro que habían escrito para vender crecepelos...

Por suerte, pensaba Pincho, su sobrino Ignacito parecía tener ganas de que la prensa recuperara su prestigio.

O al menos tenía ganas de intentarlo. María, la chica con la que se había casado y que las Lequerica habían tratado hacía unos años, era periodista y debía de tener instinto.

O al menos lo había demostrado cuando embarcó a Socorro en el reportaje de los descendientes de los combatientes de la Guerra Civil.

Pincho se sentía ya algo cansada de que las dinámicas de El Matinal mermaran la calidad, la influencia y, sobre todo, la personalidad de Juglar .

Ya no sentía las mismas ganas de pelear que cuando era joven, cuando logró imponerse a los prejuicios de su padre con su suplemento.

Una mala crítica, aunque justa y certera, a ese escritor tan conocido y con tantos lectores suponía el cabreo de Ángel Rojo y se arriesgaba hasta a que no se lo permitieran publicar.

Y eso habría provocado un episodio que le hubiera divertido si Ignacio hubiera sido un poco más como su padre y Ángel Rojo, como alguno de sus predecesores en la dirección del periódico.

Estaba agotada porque Rojo solo esgrimía razones políticas y de conveniencia contra los planteamientos editoriales de Juglar y eso la cansaba.

Quizás, como decía Pila, le pasaba como a los chicos con dinero que se hacen toreros, que ya no veía la necesidad de arrimarse.

Las Lequerica habían cogido algunos cientos de millones con la venta de una finca muy cerca de Madrid y pese a que nunca lo había sentido así, Pincho ya empezaba a estar harta de aguantar la crisis de autoestima de los periodistas. La suya propia.

Su hermana la llamó en ese instante. Quería recordarle que la semana siguiente se instalarían unos días en la finca, en Sologne, de Pierre de Villeneuve, el hijo de Guillaume, un amigo de Fernando que había muerto hacía ya veinte años.

Ahora estaba a cargo de la finca y de la fábrica de vajillas que tenía la familia, pero él las había visitado muchas veces en Madrid y le invitaban a cazar todos los años.

Y nunca habían dejado de llamarse por teléfono para felicitar la Navidad o los cumpleaños.

Tras muchos años demorándolo con excusas, las Lequerica habían aceptado una invitación para pasar dos semanas en La Chênaie, que era el nombre de la finca.

Pincho había acunado a Pierre cuando era un recién nacido.

Entonces ella estaba deseando quedarse embarazada.

Pensaba que cualquier mes empezaría a notar que ya lo estaba, pero el tiempo pasaba y ella no sentía nada.

En algún momento, qué tontería, se le vinieron a la cabeza las palabras yerma, estéril y otras que le sonaban a mujer defectuosa.

Y a Lorca. Mientras la tripa de Thrérèse crecía, a Pincho le gustaba apoyarle la mano, aunque en principio le diera impresión, curiosidad...

Imaginaba sentir esa misma sensación de piel tensa en su propio cuerpo y notaba cómo esta delimitaba el crecimiento de un niño como si fuera la membrana de un capullo.

Se lo contaba a su hermana Pila y ella le ponía una cara rarísima, una mezcla de asco y terror que trataba de disimular con risas, chascarrillos y cotilleos.

Hay mujeres que no tienen madera de madre, pero Pincho no era una de ellas.

Ansiaba de verdad tener un hijo, incluso sintió una punzada de envidia cuando nació Pierre y sintió su piel frágil.

Y luego, cuando murió Fernando, esa envidia se convirtió en algo más peligroso.

Siempre lamentó no tener algo que le permitiese aferrarse a Fernando para evitar pensar en él. El recuerdo es algo irreal y peligroso.

Al principio, Pincho dijo que solo acompañaría a Pila durante un fin de semana a La Chênaie.

La situación en el periódico le hacía aumentar cada día su estancia.

En cuanto sentía la rabia que produce la impotencia (no poder cambiar las cosas) prolongaba un día más su estancia en Sologne.

Y otro. Y otro. «Total, si Alberto sabe lo que tiene que hacer.

Para eso es el redactor jefe de Juglar .

Y, además, estaría bueno que solo a la propietaria se le prohibiera teletrabajar».

Y así la maleta de Pincho Lequerica pasó de equipaje de cabina a dos de esos maletones en los que no faltaban libros, cargadores, ordenadores, iPads y un montón de modelitos por si había alguna cena elegante, tenía que pasear por el campo o se veía obligada a acompañar a Pila a algún rececho.

Pero a Pincho ir a esa finca, estar con Pierre de Villeneuve, el hijo de Guillaume, le recordaba la época más dolorosa de su vida.

Los últimos meses que pasó con su marido antes de que se matara esquiando.