Corazón de sílex VII
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VII

La lectura de los periódicos del día ocupaba a María Teresa «Pincho» Lequerica casi dos horas.

Leía todos los nacionales, un par de regionales, The New York Times , Le Figaro y The Times .

Los fines de semana les tenía que dedicar más tiempo, por los culturales, los dominicales y, además, también le echaba una hojeada a The Economist y The Atlantic , por los que había sentido cierta devoción en el pasado.

La misma que había sentido por The New Yorker hasta que se empezó a sentir culpable por pagar la suscripción y no leerlo.

En web, por supuesto, también miraba The Daily Mail , el favorito de su hermana Pilar, Pila.

«Al menos es de una familia que siempre ha tenido claro lo que querían sus lectores», solía decir.

Aunque finalmente el diario más leído del mundo también hubiera acabado sucumbiendo a cierta crisis que trataban de paliar con suscripciones.

Y eso molestaba un poco a Pincho porque sentía que los periódicos podrían desaparecer en el futuro, pero no tanto porque los lectores prefirieran informarse por las redes sociales, sino porque los medios atravesaban una crisis de autoestima al sentirse irrelevantes.

O porque, en el fondo, como intuía Socorro, no había suficientes lectores dispuestos a pagar y que de verdad pudieran hacerlos viables económicamente.

Pincho —decía su padre— era de sus hijos la que tenía un mayor instinto periodístico.

No solo le gustaba la prensa, sino que comprendía los periódicos desde las páginas de nacional hasta el horóscopo.

Como su abuelo. A su hermana Pila nunca le había interesado el negocio familiar.

Ni siquiera cuando era una inversión boyante y de prestigio.

Desde un inicio había intuido que para su padre, Ignacio, las mujeres no pintaban nada en las redacciones, y decidió dejarse ir por otros derroteros.

Además, la vida de periodista era muy sacrificada y ella prefería pasárselo bien.

Por eso le desesperaba los muchos años que Pincho había dedicado a El Matinal para acabar dirigiendo Juglar , el suplemento cultural que su padre le había dejado fundar, como si la quisiera compensar por haberla relegado en favor de su hermano Ignacio, más incapaz que ella, pero un hombre.

El heredero. Afortunadamente, la madre de las Lequerica les había dejado un patrimonio con la precaución de que su marido no pudiera disponer de un solo céntimo, de una sola peseta de entonces.

Ninguna de las Lequerica había tenido hijos.

Pila nunca se había casado y Pincho se había quedado viuda al poco de casarse.

Fernando Azcárate era el hombre ideal para una persona como Pincho.

Guapo, simpático y hombre de mundo. A ella le disgustaban los jóvenes que se le habían presentado en los pocos años que había estado en el mercado casadero.

Los que no eran presuntuosos no eran listos; los que parecían listos también eran prepotentes; había chulos, tontos y arribistas con ganas de cortejar a la mayor de las Lequerica.

Fernando no parecía de esos. Era lo suficientemente tímido para no resultar arrollador; lo suficientemente arrollador para no ser parado.

Era diplomático y cosmopolita, pero sobre todo tenía curiosidad y ganas de saber, precisamente lo que ella consideraba su principal cualidad.

Había logrado medrar en la carrera sin tener que hacer demasiados méritos de cara al régimen.

Su padre había sido, como él, diplomático y había conocido así a su madre, una mexicana de origen francés emparentada con Carlos de Beistegui, aunque nunca le hubiese tratado.

Sin embargo, aquel nombre había abierto algunas puertas a Fernandito en sus primeros años en Francia.

No le fue difícil con sus credenciales. Era guapo, tenía buena pinta y hablaba muy bien francés, inglés y alemán.

También era culto, muy leído y siempre deslumbraba a su interlocutor.

Pincho tuvo que esperar a los veinte años para ponerse de largo con su hermana Pila.

Su padre, Ignacio, lo habría hecho antes porque no consideraba necesario que sus dos hijas celebraran su mayoría de edad con una sola fiesta.

Tío Alfonso, sin embargo, se empeñó en que Pincho esperara a Pila.

A Pincho le daba igual, casi prefería la compañía y protección de su hermana pequeña en un tumulto social tan indeseable para ella.

Y, pensaba Alfonso, la seriedad de la mayor neutralizaría el apasionamiento de la menor, que ya le había dado algún disgusto a su padre.

En la puesta de largo Pincho conoció al que sería su marido, Fernando Azcárate.

Una casualidad que acudiera. Era el sobrino de una amiga de Alfonso que estaba unos días en casa.

La invitación la había recibido la tía y Alfonso; sabiendo de la presencia del muchacho en Madrid, le dijo que lo llevara.

Así habría hombres jóvenes y guapos. Para sus sobrinas.

Pila había querido que Balenciaga les hiciese los vestidos.

Al fin y al cabo, el vasco legendario había vuelto para diseñar el que llevó Carmen Martínez-Bordiú en su boda con Alfonso de Borbón el 8 de marzo de 1972.

Pero no lo consiguió. A Pincho le daba igual.

Le pareció bien que al final fuera Pedro Rodríguez el encargado de confeccionarlos.

En aquel primer encuentro en la puesta de largo, que tuvo lugar en el Castellana Hilton, Fernando, que a Pincho le pareció un joven muy atractivo, se presentó, además de como sobrino de su tía, como diplomático en espera de destino.

Preguntó a Pincho si el Lequerica ministro de Exteriores de Franco era de la familia. Lo admiraba mucho.

—Es un primo lejano. Al menos eso dice mi tío Alfonso. Pero no tengo muy claro que no se lo haya inventado. Yo no lo llegué a conocer. Tampoco es que lo lamente. Era un poco antisemita.

—Pudo serlo, pero cuando Sanz-Briz tuvo en su poder los documentos sobre los campos de concentración Lequerica estaba recién nombrado ministro de Exteriores y, para que los diplomáticos españoles protegieran y evacuaran a los judíos europeos, mandó un telegrama a Budapest con el fin de que buscaran soluciones.

—Sí, pero primero había que salvar a los sefarditas de nacionalidad española, luego a los de origen español y al final al mayor número posible.

El joven diplomático rio. No se imaginó que esa joven a la que acababa de conocer pudiera rebatirle en uno de sus asuntos más queridos, todo lo que tuviera que ver con la historia de la Segunda Guerra Mundial.

—Tampoco creo que sea malo mirar primero por los españoles. Es lo que hacemos los diplomáticos. ¿Y conoce la historia de cuando contestó a Kruschev en Naciones Unidas siendo embajador? De hecho, fue el primer embajador.

—Ahora mismo no caigo.

—Pues el ruso citó en un discurso, sin decir lo que era, la parábola del sembrador.

Lequerica, que intervino al día siguiente, vio la oportunidad de sacar los colores a Kruschev.

Citó sus palabras del diario de sesiones y leyó el Evangelio, demostrando que las palabras eran de san Lucas.

Y le dijo que eso demostraba que, bajo la capa superficial del volterianismo de Kruschev latía el alma de la Santa Rusia.

—Seguro que el ruso se quedó chafado con el español —ironizó Pincho.

—Pues el cardenal Spellman felicitó a Lequerica con un tarjetón y le agradeció la defensa de la propiedad intelectual de san Lucas.

—¿El que fue arzobispo de Nueva York?

—Sí. Es usted una señorita admirable, estoy seguro de que pocos en este lugar, y menos una mujer, sabría de quién le hablo.

—¿Y entonces para qué me habla de él? ¿Para demostrar su supuesta superioridad intelectual?

—Discúlpeme, no era mi intención.

Por suerte para él, llegó Pila.

—Así que este es el guapo sobrino de doña Casilda. Venga usted, que si se queda con mi hermana se va a perder el baile. Le hablará de libros y esas cosas.

Pincho sintió que se quitaba un peso de encima, pero no le apartó el ojo en toda la velada. Y desde ese día mantuvieron correspondencia. Un año después se casaron y se fueron a vivir a París. Dos años más tarde, Pincho se quedó viuda.