VI
A Arri Martín le quedaba bien cualquier cosa.
Era muy alta y delgada y tenía una de esas bellezas incontestables que se crecen en las fotografías.
Sabía posar, tener actitud y aptitud, poner cara de antipática, ser accesible, inaccesible.
Estar guapa o ser fea sin dejar de ser deseable.
Una modelo de verdad, con su dificultad y esa predisposición que va más allá de la belleza.
Se disculpó por lo inoportuno que pudiera resultar el momento de escribirle. Ella le contestó que no pasaba nada. Él le dijo que la llamaría más tarde para comentarle algo de trabajo. «Son buenas noticias», le anticipó.
—Todo parece normal —dijo el doctor—. Pero...
Arri se puso tensa, sorprendida, porque intuía que el doctor le quería decir algo.
—Mire, no le dé vergüenza lo que voy a preguntarle. ¿Se ha acostado con alguien este fin de semana?
El ginecólogo estaba cortado. Arri trató de ser sincera.
—La verdad es que no lo sé. Podría ser. Si le digo la verdad, no me acuerdo. O no me quiero acordar.
Se echó a reír para tratar de quitarle dramatismo.
—Me quiere decir que no se acuerda de si se acostó con su novio. Bebió demasiado o quizás...
Arri le cortó.
—No tengo novio. Y no es que me haya tomado unas copas de más y no me acuerde de lo que he hecho con un tío. El sábado pasado me levanté con una sensación extraña. No recordaba lo que había pasado la noche anterior y sangraba un poco, pero ya le he dicho que tengo infecciones de orina a menudo.
El ginecólogo volvió a mirarla con más atención.
—A ver, si lo que me cuenta fue hace tres días, estamos a martes, es difícil que le pudiera decir eso con seguridad.
Todo presenta el aspecto normal de una persona acostumbrada a tener relaciones sexuales.
La vagina es muy elástica y ha pasado tiempo.
Sí se ven algunos desgarros, pero nada que me permita afirmar algo con seguridad.
La chica se había dado cuenta de la suerte que había tenido en dar con aquel hombre. Continuó.
—Si tiene alguna duda quizás debería haber tomado NorLevo o algo para evitar...
—El domingo, cuando llegué, me fui a una farmacia de veinticuatro horas y pedí la pastilla del día después por si acaso.
—Señora, ¿quiere que la examine por... —volvió a carraspear—, por detrás? No es mi campo, pero si quiere... que lo mire. A veces pasa que en estado de ebriedad hacemos cosas que no queremos.
Arri se echó a reír. No era de esas.
Se dio la vuelta. De repente sintió que estaba tan nerviosa que no podía reprimirse.
—Pues en este caso también se trata de tejidos elásticos, pero sí que veo algunos hematomas. Muy leves... Es que ha pasado demasiado tiempo.
—Si fue hace tres días...
—Tres días son una eternidad en estos casos. Siento no poder ayudarla más... Puede cubrirse.
Arri se volvió a vestir.
—Por lo demás está perfecta. En unos días le llamarán con los resultados de los análisis y la citología.
—¿Entonces me acosté con alguien?
—Se lo he dicho. Se ve que ha habido actividad normal.
Arri se acordó de otra fiesta en Milán, una semana antes, en la que se había ido a la casa de un tipo.
—Pero ¿está todo bien? Si tiene alguna duda, hay un protocolo que...
—No, no, no. Ya sabe. Una tiene novios en cada puerto.
—Pues tenga cuidado, por Dios, y use protección, que hay hombres muy imprudentes y le pueden pegar cualquier cosa.
Ella rio.
—Gracias, doctor.
Arri pasó por el mostrador de la enfermera para que le devolviera la tarjeta del seguro.
—¿Necesitará otra cita? ¿O ya hablamos cuando tengamos los resultados de los análisis?
Arri asintió, dio las gracias y salió a la calle con premura.
La fiesta a la que debía ir aquella noche ya había empezado y ella aún no se había arreglado.
Esa era la principal suerte de las guapas y delgadas; cualquier cosa le quedaba bien y sabía que solo tres brochazos y un poco de rímel le bastaban para estar perfecta.
Salió corriendo hacia su casa. Miraba su reloj, nerviosa y poco atenta a con quién se cruzaba por la calle.
Una moto tuvo que frenar para no atropellarla.
Arri casi se desmayó del susto, pero se recuperó enseguida cuando vio (incluso después del mareo) que el conductor era guapísimo, aunque algo mayor para ella.
Iba en esmoquin, pero no parecía tener prisa.
—Oye, deberías tener cuidado y mirar la calle antes de cruzar, pero lo siento.
—Pero si es culpa mía.
—La que se ha llevado el susto has sido tú.
Ella le sonrió como lo hacía para los fotógrafos. En ese momento se dio cuenta de que el tipo la había reconocido. Él le dedicó una sonrisa blanquísima enmarcada en hoyuelos y unas arrugas más joviales que las de la edad.
—Tú eres Arri Martín, ¿no?
Ella asintió tímida.
—Pues justamente iba a una fiesta en la que había pedido que me sentaran a tu lado.
—Pues debes de ser importante porque eso solo lo piden los importantes.
—Pongo los vinos de la fiesta. Soy Luis Gordon, el dueño de Milésima.
—Vaya, no te había reconocido.
Pero no era verdad.