III #2
La periodista aún se lamía las heridas por la decepción que se había llevado con Luis Gordon, el bodeguero casado del que se había enamorado.
Nunca había vuelto a saber de él, aunque de vez en cuando le llegaban extractos de su vida a través de la prensa.
Lo primero que supo fue en El Matinal . Gabriela Cañas, la redactora jefe de crónica social, había deslizado en una de sus columnas que se había separado de su mujer.
Lucía Prado, la consultora que dejó McKinsey para que su marido pudiera abrir una bodega en el Puerto de Santa María, le había dejado ir finalmente.
Se lo había contado a Cañas en una exposición de acuarelas que había organizado en Milésima, las bodegas cuya propiedad compartía con su marido tras un acuerdo de divorcio.
Luis Gordon había querido ser muy generoso, quizás demasiado, con su exmujer.
«Seguimos llevándonos estupendamente por el bien de nuestros hijos.
Somos los mejores amigos. Ha sido el clásico desgaste de un matrimonio», había dicho Lucía.
Lo que no contaba es que había aguantado sin reproches los engaños de su marido.
Incluso aquellos cuernos que le puso con Socorro, la periodista «hija de la muchacha de las Lequerica».
Algunos meses después, un ranking ya incluía a Luis entre los solteros más cotizados.
En la foto aparecía él, tan moreno y guapo como siempre, con un catavino de Milésima en la mano.
La imagen era la misma de cuando habían dado a un vino de su bodega cien puntos en la Guía Parker, la más influyente del mundo.
Se le notaba satisfecho, henchido como un pavo, mostrando unos dientes blanquísimos.
Socorro escudriñó hasta la última coma de aquel artículo.
Notaba ese nudo en el estómago, ese ¿cómo pude haber sido tan imbécil?
que provoca el desamor. Por un lado, se alegraba de que al final hubiera dejado a la gilipollas clasista de Lucía, pero al mismo tiempo no quería imaginar aquel trueno que ella había acunado entre sus brazos descargando su electricidad en otra.
Ella conocía bien su técnica. Los detalles al inicio, el roce de las palabras, el baile de pasito adelante, pasito atrás que es la seducción y esa furia que solo atempera el deseo consumado.
Y luego, a los pocos meses, el pasotismo, los feos, las faltas de delicadeza.
Socorro se preguntaba si sería igual con otras que no fueran hijas de muchacha, que fueran gente bien de toda la vida, como le gustaba sentenciar a él.
Socorro, sí, seguía siendo muy guapa, pero su desarreglo ya no le sentaba tan bien como cuando tenía treinta años.
Karl Lagerfeld sostenía que el desaliño y la mediana edad eran incompatibles.
Pero se negaba a vestirse de persona adulta.
Quizás porque le daba vergüenza intentarlo demasiado, evidenciar que estaba en ese momento en el que la vida iba en serio, mamarrachada que le recordaba a Ángel Rojo, recitador habitual de Gil de Biedma para encamarse con alguna incauta.
Otro de sus clichés. Siempre le funcionaban.
A la periodista todas estas estrategias le daban la risa.
Quizás porque ella ya tenía años para haber caído en las trampas.
O porque ya no los tenía para volver a caer.
Luego estaba el asunto de la intimidad, el sexo.
El fracaso —él la había estafado— con Luis Gordon le había quitado las ganas de volver a estar con un tío.
A no ser que fuera un hombre con dinero que le solucionara la vida y le permitiera hacer lo que le diera la gana.
Pero... ¿Un tipo así la querría a ella? Por las cosas que le escribía Oriol Prada en sus artículos lo tenía difícil.
Ya no tenía las carnes tan en su sitio como antes, sobre todo el pecho, pero continuaba delgada, se le marcaban los abdominales y tenía las piernas y los brazos fuertes y musculados.
Casi como Letizia, otra periodista como ella.
La reina era un modelo que a Socorro le gustaba señalar porque era verdad que estaba más guapa que cuando era joven.
Y además así cabreaba a Oriol, que se empeñaba en decir que le gustaba demasiado el protagonismo.
Era consciente, por otro lado, de que el tiempo (se le) había pasado y que un físico apetitoso había dejado paso a una «madurez espléndida», que dirían en las revistas del corazón.
Socorro no sabía qué decir. Ella cambiaría ese esplendor por volver a tener veinte.
Lo mismo, entonces, pasaba de estar con algún hombre y se metía a monja. De alguna manera ya lo había hecho.
El exilio en la página web de El Matinal tenía para Socorro algunas ventajas.
Se había acostumbrado a empaparse de la prensa internacional gracias a que la inteligencia artificial le permitía sortear que apenas chapurreaba el inglés.
Le impresionó mucho el caso de Gisèle Pelicot.
La mujer, de setenta y dos años, fue drogada y sedada por su marido, Dominique, desde 2011 hasta 2020 para que decenas de hombres que reclutaba por internet le hicieran todo tipo de tropelías en su propia casa, en su propia cama.
El tipo grabó cada uno de los encuentros y cuando la policía inspeccionó su ordenador, porque le habían detenido en los probadores de señoras, encontró cerca de veinte mil archivos de fotografía y vídeo en los que se veía cómo los hombres abusaban de ella, inerte como un saco.
Tantos años engañada y tantos años sin sospechar que su marido la ponía a disposición de otros hombres, como si fuera una muñeca de trapo, para que hicieran lo que les apeteciera con su cuerpo.
En Francia también había tenido lugar el caso de Joël Le Scouarnec, un cirujano que aprovechaba que sus pacientes, niños y niñas, estaban anestesiados para violarlos.
A raíz de unas denuncias, la policía registró la casa del médico y encontró unos discos duros en los que Le Scouarnec había guardado las cincuenta páginas que escribía al año sobre los casi trescientos niños de los que había abusado.
El cirujano tenía un sentido del humor vidrioso.
Separaba sus relatos en vulvette (vulvitas) y quéquette (colitas) y por edades.
Por ejemplo, escribía: «Jueves 1 de agosto.
17:30. En mi consulta he acariciado los pequeños pezones y el vientre de una niña de un año y medio, que solo llevaba un pañal.
Cuando su madre se ha girado y me ha dado la espalda, he retirado el pañal para ver su pubis.
Desgraciadamente, no he podido quedarme con ella para introducirle los dedos».
A Socorro le sorprendió aún más la historia de un cuarentañero de Lecenay, al norte de Lyon, que desde 2020 a 2024 había violado a treinta y cuatro niños de entre tres y nueve años que iban a su casa a jugar con sus hijos.
El caso se destapó porque tres familias habían presentado denuncias por las agresiones sexuales que habían sufrido sus hijos, que por supuesto habían sido documentadas y grabadas para disfrute de otros pervertidos similares.
Socorro estaba impresionada. Le obsesionaban las violaciones por sumisión química.
Este tipo de sedación para abusar nada tenía que ver con la paranoia de los pinchazos que desató aquella histeria colectiva que colapsó urgencias el verano de después de la pandemia.
Esto, reflexionaba Socorro, era algo más real y por tanto perverso.
¿Qué tendrían estos hombres en la cabeza?
Para sedar así había que trazar un plan, meditarlo, prepararse para grabarlo...
Y Socorro se quedaba pensando. ¿A qué respondería este impulso calculado si es que este no era un oxímoron?
O quizás era que los instintos más placenteros son los que se satisfacen tras un plan urdido milimétricamente.
Se había empezado a leer las memorias de Gisèle Pelicot.
Le estaban gustando mucho. Y en ellas estaba cuando le sonó el teléfono y vio que era María Casares.
«Te mando una notita que me han pedido que haga en la Zarzuela.
Letizia ha asistido a un partido de la selección española de fútbol femenino...
». Y ahí Socorro volvía a sentirse amarrada al duro banco de una galera turquesca en el que se había convertido la redacción del periódico.