III
A Socorro no le había ido tan bien en El Matinal como ella esperaba. Al menos, no tan bien como a María. No solo no se había casado con un tipo que más o menos parecía potable y seguía soltera, sino que tampoco su carrera periodística había progresado como a ella le hubiera gustado.
Recibió el nombramiento de Rojo con pesar y mucho resquemor.
Tuvo razón. Una de las primeras decisiones de Ángel como director fue volverla a meter en las ruedas para trabajar los fines de semana, de los que llevaba excluida casi una década porque en realidad trabajaba muchos festivos, cuando viajaba para cubrir algún suceso.
Ya no estaba liberada —así se llamaba a los redactores que no tenían que someterse a las exigentes rutinas del periódico para dedicarse a sus artículos— y además de sacar adelante sus reportajes para preservar viva su firma, debía cumplir con los turnos que le tocaban en la web.
Eso no le hubiera importado a los veinticinco, a los treinta, a los treinta y cinco...
pero ya pasados los cuarenta sentía que había retrocedido.
A ella le gustaba desplazarse adonde estuvieran pasando las cosas, preguntar, investigar y hacer una historia lo más veraz posible.
Así lo había hecho hasta que, contra todo pronóstico, Ignacio Lequerica padre nombró a Ángel Rojo director de El Matinal .
A partir de entonces, Socorro se dio cuenta de que se le habían acabado las libertades y hacer lo que le diera la gana.
Pero la degradación —había perdido gradación, ¿no?— periodística de Socorro coincidía con lo que a ella le parecía el inicio del declive físico propio de su edad.
Ya no tenía toda su carrera por delante para cambiarla ni tampoco estaba en esa plenitud —seguía siendo guapa, pero de otra forma— que permitía a su autoestima sobreponerse a cualquier golpe, porque ya vendrían otras caricias que los compensaran.
Nunca pensó que le importaría eso que tanto había escuchado a otras mujeres.
Lo de ser invisible a las miradas o a las atenciones que le habían incordiado durante toda su vida.
Sola, sin hijos, sin amor ni dinero... Se lo había escuchado a una colega en una situación parecida: mercancía averiada.
Sí, las Lequerica también estaban solas, pero estaban forradas.
Socorro echaba de menos poder gestionar el tiempo de sus fines de semana.
Siempre le había gustado vaguear y ver los partidos del Madrid.
Como era muy supersticiosa, tenía su ritual y estaba segura de que si lo cambiaba —usar otra camiseta que no fuera la de Redondo, tomar una cerveza diferente u otra marca de aceitunas— el Madrid perdería.
Era una idiotez, pero por ese mismo motivo nunca había querido ver los partidos de Nadal.
Estaba convencida de que le daba mala suerte.
Ahora, por culpa de Rojo, ya no podía estar todos los fines de semana lejos de la redacción, donde le daba vergüenza evidenciar estas manías.
Socorro se estaba empezando a dar cuenta de que la dedicación casi monástica y la desconfianza hacia la profesión no solo le había privado de tener una vida amorosa continuada y reglada, sino que también le había impedido hacer amigos.
En los últimos meses no había logrado que le cuajara ninguna de las historias que había investigado.
Le dolió especialmente no poder publicar con nombres el acoso de tres niñas ricas a un chico y a otras tres alumnas del mismo colegio, cuya dirección se había despreocupado del débil para proteger a los que podrían atraer más alumnos.
Los mensajes al niño se le habían clavado en el alma: «Eres un puto maricón.
¿Sabes que nadie te quiere y esa es la razón por la que estás SOLO, no?
Das asco a todos, pero nosotras somos las únicas que te hacemos el favor de decírtelo», era uno de los que las tres arpías —una de ellas hija de unos tipos muy famosos y las otras dos, de dos de las familias más ricas de España— le dejaban al chico en un grupo de mensajes que volvían a crear cada vez que él se intentaba salir.
Y más: «Obviamente, no tienes nada que hacer, nadie te invita a nada ni te va a invitar jamás.
¿No te das cuenta? Que te hemos dicho que nos das asco.
Haznos un favor a todos y vete de aquí».
Y por mucho que el chaval les rogase que lo dejaran en paz y amenazara con chivarse, ellas no cesaban el acoso.
«MARICÓN», «GORDA»... Sabían bien que no habría consecuencias por su comportamiento.
Eran ricas y famosas y el pobre chico... no.
Sin embargo, y esto enfadaba mucho a Socorro, el acoso al que eran sometidas las niñas era mucho peor, más cruel.
Una de ellas se intentó suicidar y a otra que amenazó con denunciar al colegio la expulsaron.
Años después los padres de aquellos niños escribieron un correo a Socorro y le dijeron que estaban dispuestos a demandar al colegio por acoso vertical, jerárquico. No lo pudo publicar.
El abogado del periódico fue claro con ella, que por asco estaba deseando publicar los nombres de aquellas tres chicas que ya tenían veinticinco años.
«Estos chats son de hace una década y eran menores.
No se puede». Aun así, Socorro hizo una buena historia y esperó que, al menos, la hija de los famosos se diera por aludida.
Tampoco pudo publicar el nombre del colegio en el que se había producido el acoso porque era al que Ángel Rojo llevaba a sus niños —ya no tan niños—, Germán y Greta, para que «conocieran a gente». Además de porque era bilingüe, claro.
Por otro lado, estaba la resistencia que ponía Socorro a publicar en la web de El Matinal noticias, que, por su experiencia, podían no ser verdad.
Una de ellas fue la del llamado enano de la burundanga que tenía aterrorizadas a las jovencitas que se aventuraban por la plaza de España y al que nadie había visto.
Por mucho que la periodista insistiera que era imposible drogar a nadie acercando un formulario para firmar salpicado con escopolamina, le hicieron publicar algunos artículos de otros periodistas que filtraban políticos interesados en que cundiera el alarmismo.
Y cuando ella exponía sus objeciones, los encargados de internet alegaban que «lo llevaba todo el mundo» y que daba mucho tráfico.
Afortunadamente, el público perdió interés en cuanto se cambió enano por persona con acondroplasia por las quejas de las asociaciones.
Lo que Socorro consideraba gatillazos periodísticos no la frustraban tanto como trabajar en la redacción los festivos, aunque también había aprendido a contemplar ciertas posibilidades periodísticas nacidas del conocimiento profundo de cómo funcionaba la web, el tráfico de los usuarios que llegaban a El Matinal , aunque ella hubiera preferido que fueran lectores de verdad.
Las búsquedas de Google habían sido sustituidas por la inteligencia artificial y el algoritmo que aportaba el tráfico masivo a la web cambiaba constantemente.
Se producían pequeños avances —las palabras de moda en los titulares, una maledicencia que picara al lector sin aguijonear...
—, pero enseguida el algoritmo, el intermediario, cambiaban las reglas y el interés de los lectores se desvanecía.
En cualquier caso, pensaba Socorro, lo que nunca fallaba para lograr grandes cifras de usuarios era tratarlos como idiotas, incultos.
Como si no tuvieran ni puta idea de nada.
O al menos eso le decían los encargados de mantenerla al tanto acerca de los temas más buscados en internet.
En parte para resarcirse de lo que consideraba un desdoro para el periodismo —pese a que muchas personas a las que consideraba competentes lo ejercían así—, había aceptado el ofrecimiento de María Casares de firmar el reportaje sobre los hijos de la reconciliación.
Además, estaba segura de que por escribir con la mujercita del adjunto al director, el hijo del dueño, colocarían el texto en un lugar destacado de la web —y sería portada del periódico impreso— lo que le daría relevancia y más posibilidades para postularse a premios.
Socorro no sabía por qué le había dado ahora por preocuparse de los premios.
Quizás anhelaba el reconocimiento, el prestigio que nunca recibía la crónica de sucesos, un género denostado por el tratamiento mediático sin escrúpulos en el que a veces ella misma participaba como tertuliana en la televisión.
Era un buen dinero al que no podía renunciar, aunque siempre trataba de mantenerse alejada de enfoques sensacionalistas.
Antonia, su madre, que trabajaba en casa de Pincho y Pila Lequerica y seguía fiel como un perro los criterios de sus señoras, siempre le decía que para qué se enredaba en esos programas.
«Ya tienes mi casa. ¿Para qué lo necesitas?
». Y después añadía lo que más molestaba a Socorro: «Si además no tienes hijos.
Con lo poco que gastas vas a ser la más rica del cementerio». Y eso le dolía aún más.