Corazón de sílex II #2
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II #2

Lo que servían en el comedor de El Matinal le horrorizaba.

Aunque los tablones anunciaran platos atractivos, la pesadez y el ardor de estómago eran siempre protagonistas de su digestión, a no ser que se comiera un pisto con huevos fritos o una pasta.

Lo mejor era enganchar a alguien para ir al restaurante chino del barrio.

No era muy sofisticado, ni siquiera muy asiático, pero sí efectivo en lo alimenticio y muy agradable.

A Socorro no le importaba comer sola —lo hacía mucho cuando viajaba para sus reportajes—, pero no quería que su fama de rara y reservada siguiera calando en la redacción.

Si María Casares no hubiera estado librando podría haber comido con ella, pero salvo urgencias de la Zarzuela —y todos saben que rara vez los reyes tienen sábados y domingos— nunca le tocaba trabajar los fines de semana.

Socorro y María habían sido más o menos amigas cuando esta era apenas una becaria.

Los casi veinte años de diferencia entre ellas habían hecho que Socorro fuera durante un tiempo una especie de mentora de María Casares.

La había implicado en la investigación sobre el asesinato de Antía Ortiz de la Vega, pero su romance con Ángel Rojo, el jefe de Socorro en el suplemento Vida , las había alejado, entre otras cosas porque Socorro no podía tragar a aquel tipo.

Pero se pasó de listo y María lo mandó a paseo.

Al poco conoció a Ignacito Lequerica, que acababa de llegar de hacer un máster de Periodismo en Berkeley y estaba deseando demostrar en la redacción de El Matinal todo lo que había aprendido en aquel posgrado tan caro.

María siempre decía que Ignacito era un tipo estupendo —lo era—, humilde —que también— y guapo —quién lo podía negar—, por lo que su condición de hijo del dueño del periódico no era lo que la había enamorado.

Ninguna mujer es tan tonta como para casarse por dinero.

Primero se enamora. O se dice a sí misma que se enamora.

A los tres meses de empezar a salir, a María la nombraron corresponsal de la Casa Real para sorpresa de todos y de nadie.

El ascenso, por vertiginoso, era demasiado descarado, pero las críticas en las redacciones duran un suspiro.

María desempeñó su puesto con diligencia y eficacia, salvo las tres semanas libres que pidió para preparar la boda con Ignacito.

(Aunque ella decía, condescendiente, que en realidad su boda era trabajo porque asistirían los reyes).

Algunos considerarían que quizás María e Ignacito eran demasiado jóvenes para casarse, pero querían disfrutar del matrimonio, de estar juntos antes de tener hijos.

Se lo podían permitir, tenían tiempo de sobra. Y dinero.

María Casares había tenido el detalle de hacer a Socorro testigo de su boda y la había sentado en la mesa de los periodistas importantes de El Matinal .

Llegó a la iglesia con Pincho y Pila Lequerica porque las hermanas habían insistido en que las acompañara.

A ellas las sentaron en la mesa presidencial e Ignacio le pidió a su tía Pincho que les dedicara unas palabras como directora de Juglar , el suplemento cultural del periódico, pero sobre todo como hermana mayor de su padre.

Pincho receló de la petición de su sobrino porque no soportaba ese tipo de «numerazos» sociales, aunque su boda también hubiera sido, como dicen las revistas, «por todo lo alto».

La directora de Juglar no quería sonar cursi ni solemne.

«No te esfuerces demasiado en el discursito.

Yo no lo haría. Total, te lo ha pedido para que le dejemos nuestro dinero cuando estiremos la pata», la avisó su hermana Pila.

Las hermanas Lequerica tenían solo el 10 por ciento del accionariado de Editasa, la editorial de El Matinal , pero eran muy ricas por la herencia que les había dejado su madre y su hermano, tío Alfonso, que vivió y murió soltero.

Además, hacía muy poco habían dado un pelotazo vendiendo una finquita que tenían al lado de Madrid y que acababan de declarar urbanizable.

Las Lequerica no tenían hijos, por lo que lo lógico sería que su fabulosa fortuna acabara en manos de Ignacito, su único sobrino, que no solo tenía el prestigio del nombre —la cuarta generación de Ignacio Lequerica al frente de uno de los periódicos más importantes de España— sino también un negocio que de momento nadie sabía reinventar, pese a todo lo que le hubieran contado en Berkeley.

«Hay que cuidar a las tías, que están solas y mayores», le decían a Ignacito sus padres.

Por eso el muchacho se reservaba un día a la semana, el día después del cierre semanal de Juglar , para comer con Pincho y hablar de lo que pasaba en la redacción.

Ignacito lo hacía con gusto porque su tía sabía mucho de periodismo y era de las pocas capaces de analizar El Matinal desde la primera hasta la última página.

Solía decirle, e Ignacito atendía con interés, que nadie había dado con la tecla para convencer al lector de que tenía que pagar por los periódicos en su versión digital.

Al menos al lector que había dejado de serlo o al que todavía no lo era.

El que se conformaba con lo que leía en las webs

Claro que la culpa era de los propios diarios.

«El pecado original fue dejar que los contenidos fueran gratuitos».

Es verdad que se lograban suscripciones y que, aunque pocos, todavía había quien compraba papel en los quioscos que seguían existiendo.

Esos ejemplares de la prensa que se mezclaban con bolsos de espejitos o camisetas de Tintín.

Su gran conocimiento editorial le hacía pensar que el éxito de las pequeñas editoriales, el mimo que ponían en la selección de títulos, el diseño, la buena traducción y, en general, las cosas bien hechas, se podría trasladar de alguna manera.

Que si lo que se ofrecía era distinto de lo que se daba gratis, se querría pagar por ello.

—Pero, tía, esas editoriales funcionan, las que funcionan, porque las llevan dos personas.

Y digo dos como podría decir seis. Y tiran del trabajo externo de colaboradores.

Gente a la que no hay que pagar Seguridad Social ni vacaciones.

La estructura de El Matinal tendría que cambiar.

Somos ciento y la madre. Cualquier diario tiene demasiada gente trabajando. ¿Y no querrás que se la eche?

—Claro que no. Quiero que se rentabilice lo que hacen, que tenga sentido. Y, sobre todo, que la excelencia de lo que ofrecemos, y debemos aspirar a ella, sea algo por lo que la gente quiera pagar.

Y no llegaban a ninguna conclusión porque quizás no la había. O si la había era demasiado triste por obvia. Nadie, ninguna empresa, ha sabido trasladar el diseño perfecto del periódico maquetado a internet. El formato de la web malbarataba los artículos.

La boda, después de la ceremonia en Los Jerónimos, se había celebrado en el Santo Mauro por empeño de la propia María, pese a que hubo que invitar a menos gente de la que los padres de Ignacito hubieran querido.

No habría cabido, por mucho que se llenaran los jardines de mesas gracias al buen tiempo.

No hicieron falta las carpas. En el discurso que Pincho se preparó, además de desear a los novios toda la felicidad de que fueran capaces, también pidió a Ignacito que contribuyera al mejor periódico del que fuera capaz.

—El futuro es vuestro, de los jóvenes. Tomad lo que de bueno tiene la tecnología, la inteligencia artificial y todas esas cosas que a algunos nos asustan, pero también tomad lo que de bueno hemos hecho los de antes.

Y los de antes de nosotros. Pero, sobre todo, no dejéis de lado la verdad, seguid desvelando las pequeñas verdades.

Esas pequeñas verdades que en el futuro servirán para que las próximas generaciones vean el gran angular de la historia.

Que el negocio, el beneficio o que las cuentas salgan no os cieguen para lo importante, que no es solo defender a los ciudadanos del poder, es contar esas pequeñas verdades.

—Qué pesadita Pincho siempre con el periodismo —susurró María a Ignacito, que le devolvió una mirada sonriente para que no notara que no le había gustado lo que su ya mujer le decía. Sentía un afecto real por sus tías. Le caían mejor que sus padres.