II
A la periodista Socorro Núñez nunca le había gustado meterse en política o en cualquier tema que se le aproximara, aunque fuera de manera tangencial.
Hasta se empeñaba en decir que la detestaba para evitar que la embarcaran en reportajes que no le apetecía hacer.
Para ella, todo lo que no le permitiera recoger un testimonio directo no era fiable, aunque los testigos, como le decían otros periodistas que sabían más, también se equivocan, mienten y pueden tener sus intereses...
Socorro sufría al escribir; le costaba sobre todo si se veía obligada a especular en lugar de relatar los hechos, si carecía de información suficiente.
Si no tenía el tema «bien atado» (con todos los datos contrastados), una expresión que había escuchado desde que entró como becaria en El Matinal .
Siempre pensaba que quizás su criterio no era el más adecuado.
Había científicos, historiadores, víctimas, expertos y hasta familiares que tenían más derecho a opinar de un asunto, de cualquiera.
Aunque ¿para qué servían los periodistas si no era para dar información que no toma partido?
Pero, por una vez, Socorro pensó que podría meterse en política. A lo mejor, merecía la pena. Y además no era estrictamente política, sino un trabajo de investigación, como los que ella había hecho para el periódico , que implicaba leer mucho y encontrar a personas anónimas.
La idea del reportaje había partido de María Casares, que, desde que se había casado con Ignacito Lequerica, hijo del dueño, había hecho una carrera que solo las almas cándidas, entre las que Socorro no figuraba, calificaban de meritoria.
Había pasado de picar piedra en la página web a corresponsal de la Casa Real.
Este desempeño periodístico era un caramelito en un periódico monárquico.
El trabajo era medido y previsible y, además, permitía una serie de viajes cómodos porque estaban perfectamente organizados por la Zarzuela, aunque pagaran los periódicos, las agencias, las televisiones o las radios.
Además, viajar con los reyes siempre era interesante.
Y había conseguido hacer buenas migas con Letizia.
No era amistad, pero a María la tenía en cuenta y era muy amable y atenta con ella.
El reportaje en el que María había implicado a Socorro se había llamado «Los hijos de la reconciliación».
Las periodistas se habían propuesto reunir a los descendientes de los generales que se habían enfrentado en la Guerra Civil, de la que se cumplía un aniversario redondo: noventa años.
María, claro, se había encargado de convencer a los hijos y nietos de los militares franquistas y Socorro debía hacer lo propio con los del bando republicano, que para eso su padre había sido el comunista de su pueblo, Terrinches.
Y dio con el nieto periodista del general Vicente Rojo, también con el de Enrique Líster...
Con Carlos, un matemático nieto del coronel Vega, con Alfonso, el del general Gámir y, finalmente, con José Luis, hijo del general Escobar.
Lo había intentado con otros, pero muchos de ellos no querían hablar con los medios.
Creían que la Guerra Civil estaba superada y que no era nada bueno removerla.
O, al menos, eso le dijeron a Socorro antes de mandarla a paseo.
Por su parte, María se encargó de persuadir a los descendientes de Franco, Yagüe, Moscardó, Dávila y Varela, que siempre estaban deseosos de mostrar que el enfrentamiento era cosa de políticos y del pasado.
Para su sorpresa, Socorro encontró una actitud similar en los republicanos.
Ni unos ni otros quisieron entrar en cuestiones de memoria histórica y se mostraron muy ufanos por cómo se habían hecho las cosas en la Transición.
Socorro pensó que aquel reportaje le valdría algún premio de periodismo.
Alguno de esos prestigiosos tan bien remunerados que daban en Iberoamérica (ya habían distinguido a un reportaje similar sobre el proceso de paz en Colombia) o ese que concedía en España la competencia.
El domingo que se publicó «Los hijos de la reconciliación», Socorro se levantó temprano, nerviosa, para mirar si el artículo tenía muchos lectores en internet.
Y, en efecto, casi cinco mil personas leían la pieza en ese preciso instante, una audiencia estupenda.
Después corrió a las redes sociales esperando encontrar halagos por su labor.
Por ese ejemplo de reconciliación de los españoles y tal, pero...
«Sorprende que Socorro Núñez se una al blanqueamiento del franquismo».
Otros la llamaban «golpista», «facha», «fascista»...
Y esos solo eran algunos de los comentarios de los usuarios de izquierda.
Los de derechas la elogiaban, como era de esperar, aunque también saliera algún nostálgico que vociferaba contra el régimen de las autonomías y colgaba algún vídeo de la señora franquista con su perorata.
Pero si miraba Twitter, ahora X, así a ojo, con su algoritmo para periodista de la izquierda desapasionada, la mayoría de los comentarios eran insultos y críticas.
Aquello dolió a Socorro. Llamó a María Casares, que estaba pasando el día con Ignacito en casa de unos amigos. Escuchó ruido de fondo. Una mezcla de actividad, niños, música...
—Hola, Socorro. ¡Qué repercusión, eh! La verdad es que el reportaje ha quedado fenomenal. Y esas fotos... Una maravilla.
Socorro carraspeó para no llamarla gilipollas.
—Pero ¿tú has visto lo que dicen en las redes? Nos están llamando blanqueadoras del franquismo.
—Hija, solo unos pocos, ya sabes cómo es Twitter. Es lo de siempre con este tipo de temas.
—Pero si hemos metido a los generales republicanos. No tendrían por qué tratarnos de...
Pero decidió callarse. A María aquellas críticas no le afectaban. Lo único que le había tocado la moral fue cuando Peñafiel se había referido a ella como cortesana, aunque también entendía que ese era su papel.
—Yo solo he leído buenas reacciones al reportaje.
Socorro comprendió enseguida que lo mejor que podía hacer era no decir nada. No merecía la pena. María le preguntó si tenía algún plan para el fin de semana.
—Pues ir a la redacción. Hoy me ha tocado trabajar.
—Con tantos domingos trabajados vas a tener un montón de vacaciones. A ver si las usas para algo divertido —dijo con un tono que no gustó a Socorro.
Oyó la voz de Ignacito requiriendo a María.
—Bueno, tengo que dejarte. Trata de pasarlo bien.
Socorro miró la mesa de su casa con miles de apuntes y libros sobre los generales republicanos y la Guerra Civil.
Había tenido que empollar mucho para ese reportaje, porque no tenía ni idea de historia y nunca le había generado ningún tipo de interés.
Si necesitaba contextualizar algún tema pedía a los de Cultura el teléfono de algún historiador.
Miró en la mesa. Observó el montón de memorias que había comprado en Iberlibro, los tochos de la guerra...
«¡Cómo he podido ser tan tonta de creer que podría ganar un premio!
», pensó Socorro. Solo le había valido para que la llamaran facha.
A ella, a la hija del comunista del pueblo.
Después de desayunar el dónut con el café, se fumó un par de cigarrillos y se fue a la redacción. No había mucho trabajo. Tan solo tenía que meter en página un par de reportajes que habían enviado los colaboradores.