Corazón de sílex I
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Corazón de sílex

Corazón de sílex

Por Emilia Landaluce, Rosa Belmonte

© inepub.com

I

El dolor agudo —como si le serrasen los sesos, como si le hubieran metido un hierro helado en la barriga— le impedía seguir en los limbos del sueño.

Así, pensó Arri, debe de sentirse un enfermo cuando se da cuenta de que se le va a pasar el efecto de la morfina y tiene que volver al tormento.

Por fin abrió los ojos. Estaba en su habitación y no había desorden en la cama que le descubriese lo que había hecho durante la noche.

O lo que pudieran haberle hecho. O, lo más probable, lo que se hubiera dejado hacer...

¿Habría pasado algo? Tenía una neblina que la hacía sentir confusa y torpe.

Quizás, otra vez, una vez más, había vuelto a pasarse.

Qué vergüenza. Pero no había bebido tanto.

¿Le habría sentado mal? También había comido muy poco. Como siempre.

Recordaba estar cansada desde antes de la cena, querer irse a acostar y el consiguiente gesto de desaprobación de anfitriones e invitados, un montón de señores y señoras elegantes y algunos jóvenes guapos.

Se propuso aguantar para no decepcionarlos, pero no se acordaba de en qué plato —¿en el caviar?

¿en la lièvre à la royale?— había dicho a quien tenía a su lado que estaba cansadísima y que quería irse a la cama.

En teoría, o eso pensaba, lo habría hecho al terminar de cenar.

¿Sola? Al menos, no con Jean-Paul, el fotógrafo que la había llevado a aquella casa a pasar el fin de semana.

Era un viejo gay con el que había hecho buenas migas hacía algunos meses, algo que no era fácil en eso que llaman la industria de la moda, que también lo era de la cosmética.

Sin embargo, el cuerpo le dolía y aunque no tenía marcas, se notaba rasgada.

Extraña. Los arañazos pueden ir por dentro.

Y ese era su caso. Lo supo por el dolor de hombros que atribuyó a la mala postura.

Por la carne que intuyó rosada y las gotitas claras de sangre, flotando sobre el agua contra la porcelana blanca, cuando por fin encontró la fuerza suficiente para ir al cuarto de baño.

Se miró al espejo y pensó que podría ser cualquier cosa: esas infecciones de orina que a veces le hacían sangrar.

Eso debía de ser. El camisón de seda apenas estaba arrugado.

Sobre la silla, bien doblado, el traje negro que se había puesto para la cena, sin desperfectos aparentes.

En el suelo, los zapatos de tacón, erguidos y colocados uno junto a otro.

Dos testigos silenciosos que le reprochaban, como los anfitriones, como el resto de los invitados, que quisiera acostarse tan pronto.

¿Y si fuera una paranoia suya y tan solo había tenido una noche de sueño pesado?

Tenía su lógica. Había pasado la semana en París yendo de un desfile a otro.

Y los días de antes, en Milán, lo mismo.

Y entre desfiles y cenas, solo había tenido tiempo para malcomer unos frutos secos o tomar un helado.

No necesitaba más. Nunca había sido tragona.

Se alimentaba para subsistir. Para no desfallecer.

Salió del cuarto de baño y revisó la habitación en busca de alguna pista.

La cama, enorme, también estaba casi sin deshacer, salvo la porción en la que ella había estado tumbada.

Sí, quizás solo había dormido tan bien como siempre había querido.

Pero el dolor de las ingles, de los hombros, el que sentía por dentro le hacían intuir que algo le debía de haber pasado.

A lo mejor un golpe al irse a acostar. A lo peor...

se había dejado llevar al huerto por alguno de los chicos de la cena.

O de los no tan jóvenes. Había hecho lo que se esperaba cuando se invitaba a una modelo, a una chica guapa como ella: mostrarse accesible, simpática, reírse con todas las gracias, hasta con los peores chistes de sus interlocutores, hombres importantes.

Por lo que recordaba, por lo que podía recordar, no lo había pasado mal.

Claro que nunca lo hacía. Era parte de ese trabajo que llevaba haciendo desde los dieciséis años. Se había acostumbrado.

En ese momento llamaron a su puerta. Ella respondió. Le preguntaban si quería que le subieran el desayuno al cuarto o si bajaría a tomarlo con el resto. Miró el reloj. Debería vestirse rápido si no quería llegar tarde. No tenía tiempo para que le doliera nada.

En cualquier caso, volvieron sus dudas y cierto pesar. Congoja. Remordimiento. ¿Y si había hecho el ridículo? ¿Qué pensaría el tipo con el que se había acostado si no lo recordaba? Gajes del oficio de ser una mujer que se decía libre.