IV
La penúltima de Rojo había sido un fichaje de campanillas.
O eso creía él. Un día conoció en unos premios periodísticos a Nuria Alburquerque, la mujer del arquitecto de moda.
No tenía muy claro si era más guapa que rica o más rica que guapa.
Y ninguno de los dos aderezos le sobraba.
La escuchaba absorto contar que tenía un profesor de filosofía y otro de arte.
Y sí, claro que también un entrenador personal.
Y un nutricionista. Porque se preocupaba tanto de su cuerpo (no, si eso ya lo veía él) como de su espíritu.
Era una versión renovada y refinada de Ágata Lys en Los santos inocentes cuando decía lo de «Yo adooooro la música».
También le dijo que la semana siguiente iba a ir a ver a Jenny Saville a su estudio de Oxford.
Y que hacía un mes había estado con Ed Ruscha en California.
Su marido y ella eran coleccionistas. Ángel Rojo no tenía ni idea de quién era ni una ni otro, pero le pareció interesantísimo.
Cuando fue al baño preguntó al ChatGPT. Joder, con la tía.
La siguiente vez que habló con ella le preguntó si no querría escribir en El Matinal , que le gustaría aprovechar su talento, aunque no supiera cuál era.
Así que hacía un tiempo que la guapísima mujer del arquitecto escribía con foto hecha por ella misma sobre esos artistas que no habrían aparecido en el periódico de no ser por haber superado algún récord de venta o para dar noticia de su muerte.
No cobraba. A ella le bastaba con ser considerada en el mundo cultural.
A los ricos siempre les falta algo. Y Rojo se pavoneaba con las entrevistas, que solía llevar a primera página después de editarlas en persona.
Porque hasta él se daba cuenta de que necesitaban algún arreglillo.
También se pavoneaba cuando quedaba con ella a comer en uno de esos restaurantes a los que se va a que te vean.
Ángel Rojo llamó a Socorro a su despacho.
«¿Qué querrá este ahora?», se preguntó la periodista, siempre temiendo lo peor.
Nada más entrar, Rojo le soltó: «Bolero-Paprika».
Socorro se quedó estupefacta. ¿Tenía que responder algo?
¿Era una contraseña? ¿Una clave que desconocía?
¿Se había perdido alguna reunión absurda?
—¿Perdona?
—Bolero-Paprika, Socorrito, una operación importantísima que implicó a los españoles en el exilio francés. En Toulouse. Tanto que sabes de generales del año de María Castaña y ¿no sabes eso?
—Hay tantas cosas que no sé. Y mucho menos qué me quieres decir.
—Estuve ayer comiendo con Nuria Alburquerque. Por lo visto, un tío suyo, una oveja negra de la familia, un rojo, estuvo viviendo allí un tiempo. ¿Tú sabes que Carlos Gardel nació en Toulouse?
—¿El de los tangos?
—Sí. Pero hay discusiones, como con Colón.
Socorro no salía de su perplejidad. Era como si le estuvieran haciendo una cámara oculta. Sería una prueba, pensó.
—Estuvimos hablando de Toulouse, del matemático Fermat, de Le Pétomane, el artista de cabaret cuyos números consistían en flatulencias que dominaba a voluntad...
Ahora sí que Socorro empezó a mirar si había cámaras en algún sitio.
—Pujol, se llamaba Pujol, como el nuestro.
Joseph Pujol. Pero bueno, que una cosa nos llevó a otra y acabamos en la operación Bolero-Paprika.
Y como eso sí implica a españoles y ahora se leen mucho las piezas que tienen que ver con la república y la guerra, he pensado que podías hacer un gran reportaje.
Te vas a Toulouse; yo lo autorizo. Hablas con quien quede, te vas a los archivos...
—Tampoco hace falta que me digas cómo hacer un reportaje, no soy una becaria. O sea, hago una historia de Paprika...
—Bolero-Paprika.
—Eso.
Socorro lo apuntó en el móvil.
—Vale, me pongo a investigar y te voy diciendo.
—Habla con Viajes ya, organízalo y te vas en cuanto puedas.
La periodista se marchó a su mesa un poco confusa.
Es verdad que no había oído hablar de esa operación, pero tenía narices que la mandaran al quinto pino porque la señoritinga esa tuviera impresionado a Rojo.
Ya le imaginaba recitándole a Gil de Biedma: «Que el amor no es un vicio privado sino virtud pública, y que quien no ha conocido cuatrocientos cuerpos no sabe lo que es el amor».
Seguro que Alburquerque lo escuchaba embelesada y caía en la cuenta de que el poeta, por boca de Ángel Rojo, tenía mucha razón.