Corazón de León (Los Cambiantes Kinkaid nº 1) 19 #3
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Informó de sus observaciones al volver a la casa, anotando cosas en el mapa de la sala de operaciones.

Había observado tres vehículos nuevos en la zona, y había visto unos pocos de los guardianes recién llegados frente a las casas asignadas.

Dos estaban cortando el césped y otros hacían de manitas.

Un par le saludó con un gesto de cabeza al pasar, pero la mayoría siguió con sus quehaceres.

Colt manejaba el dron más tarde. Les llamó a los otros cuando notó cierta actividad en los límites de la zona. Unos todoterrenos oscuros se acercaban a gran velocidad.

—Eso no pinta bien —dijo Billy mientras todos miraban el monitor y Colt enfocaba con pericia el potente objetivo de la cámara del dron.

—Parece que la fiesta empieza un poco antes. Da la señal ya para que las brujas vayan a su círculo —dijo Rich, asintiendo a Billy.

Él se había encargado de orquestar un mensaje explosivo que llegaría al móvil de cada bruja, dándoles la señal si tenían que moverse antes de lo esperado. Activó el mensaje y asintió.

—Deberían empezar a moverse enseguida —dijo Billy.

—Ojalá tengamos suficiente tiempo —murmuró Liam—. No esperaba que llegaran hasta después del anochecer. Tampoco el aquelarre.

Rich iba a responder, pero sonó su teléfono. Era la melodía que había asignado a Meg. Una melodía dulce que le recordaba a ella. En ese momento, le hizo fruncir el ceño preocupado. Respondió la llamada.

—Sé que dijiste que no saliera de casa, pero la señora Entwistle me ha llamado para preguntar si podía acercarme. Necesita que la ayude con algo —dijo Meg con tono inocente.

—No, en absoluto —casi gritó Rich, y sintió al león dentro de él querer rugir—. Quédate donde estás, Meg. La acción está a punto de empezar. Tenemos a algunos de los agentes enemigos a la vista.

—No puedes hablar en serio —dijo ella un poco jadeante.

—Lo digo en serio. ¿Dónde estás? —Tuvo la sensación de que ya había salido de su casa.

—Estoy en Elm Street, de camino a casa de la señora Entwistle. Lo siento. Sé que me dijiste que me quedara en casa, pero ella parecía muy trastornada.

Mierda. Chasqueó los dedos para captar la atención de sus hermanos.

—No vayas más lejos. Ya voy para allá. Espérame, Meg. Prométemelo. Lo digo en serio. Sabes que pensábamos que podría haber un traidor en el aquelarre. Es posible que sea la señora Entwistle.

Sus hermanos oyeron el nombre e inmediatamente se pusieron manos a la obra.

Liam frunció el ceño al tratar de contactar con el operativo apostado en casa de Entwistle.

Negó con la cabeza, y Rich no esperó a saber más.

Salió de la habitación y se dirigió escaleras abajo para salir de la casa. Tenía que llegar hasta Meg.

—Seguro que no —respondió ella a su comentario sobre la señora Entwistle, con tono conmocionado—. Pero es tan dulce.

—Dulce o no, podría estar jugando en el bando equivocado. ¿Dónde estás ahora? —Ya estaba en la calle, el teléfono en la oreja mientras trotaba hacia Elm Street.

—He dado la vuelta y estoy volviendo a casa —le dijo.

—Buena chica —la felicitó. No pudo evitarlo. Puede que no le hubiera hecho caso antes, pero lo hacía ahora.

—Espera. Hay un todoterreno negro enorme bajando por la manzana muy despacio —informó, y su corazón dio un vuelco—. Eh... Se están parando justo junto a mí.

—Corre hacia el bosque si puedes. Estoy cerca. Llego en menos de un minuto —prometió. Más rápido si se convertía en león.

Entonces, oyó el inconfundible sonido de un disparo automático y empezó a quitarse la ropa.

Tiró su ropa por encima del seto que bordeaba mientras corría.

Estarían a salvo en el jardín delantero de la señora McCullogh mientras él hacía lo que tenía que hacer.

Dejó caer su teléfono tras pulsar el único botón que avisaría a sus hermanos de que se había transformado, y entonces, dejó que el cambio lo dominara.

Un minuto, corría como un hombre, al siguiente, era todo un león dorado. Poderoso. Majestuoso. Y furioso porque alguien se atreviera a atacar a su compañera.

Su compañera.

Nada más importaba. Ni las brujas. Ni Elspeth. Solo Meg y su seguridad. Ella debía sobrevivir, porque sin ella, él dejaría de existir.

Saltó obstáculos en forma de león y giró en una esquina para encontrar el todoterreno negro detenido en medio de la calle con cinco personas saliendo. Personas armadas. Algunos llevaban armas. Al menos dos lanzaban bolas de fuego y rayos de magia. Todos eran peligrosos... y le cerraban el paso.

Meg estaba de pie en el jardín delantero de uno de los miembros del aquelarre, y los rayos de mago golpeaban contra algún tipo de escudo perimetral. Rich se preguntó por qué no había considerado que las señoras tendrían protecciones en capas en sus propiedades además del círculo sagrado.

Unos cuantos de los armados lo vieron acercarse e intentaron dispararle, pero era demasiado rápido.

En un movimiento fulgurante de piel dorada, derribó a tres hombres armados.

Sangraban a chorros sobre el asfalto, fuera de combate, cuando fue tras los magos por la espalda.

Era la mejor manera de acabar con un mago enemigo: antes de que supiera siquiera que estabas allí.

Sin piedad. Ni para los magos que atacaban a su compañera. No les permitiría vivir ni diez minutos más. Esos dos estaban muertos. Simplemente no lo sabían aún.