19
Cuando volvieron a casa de Meg por la noche, Rich permaneció alerta. Insistió en que pidieran la cena a domicilio una vez más. Se sentaron a cenar juntos un poco más tarde que la noche anterior y con un ambiente más sombrío.
—Me alegra que hayamos podido llevarles las cosas de limpieza a las señoras esta noche —dijo Meg, sirviéndose un poco de todo lo que Tony le había enviado, como había hecho la noche anterior.
—Ahora estamos en máxima alerta —respondió Rich, llenándose un plato hasta los bordes—. Es posible que la acción comience antes de lo que esperamos.
—¿En serio? ¿Por qué? Pensé que habías oído que atacarían con la luna llena. Eso es mañana.
—Podrían empezar antes, enviando agentes del Venifucus para asegurarse de que el aquelarre queda incapacitado, o para intentar eliminar a más de ellas antes de que llegue su líder —explicó Rich—.
Viajar entre reinos no es algo que se haga a la ligera, y para alguien con prohibiciones mágicas como las que tiene Elspeth, el viaje la dejaría muy agotada.
Si está aquí, está débil, y robar el poder del aquelarre le ayudaría a reponerse rápidamente.
Pero no van a arriesgarse a que la capturen cuando aún es tan débil.
Sus sirvientes podrían llegar antes para asegurarse de que sea seguro que ella dé la cara.
—Eso va a dificultar mucho capturarla, ¿no? —Meg tenía una mente rápida, algo que a Rich le gustaba muchísimo.
—Por desgracia, sí. Detener los planes del Venifucus para el aquelarre tiene que ser nuestra máxima prioridad, pero si de alguna manera podemos atraer a Elspeth hasta aquí y capturarla, eso sería la guinda del pastel.
No estoy seguro de que sea factible, aunque sí lo es evitar que el ataque al aquelarre triunfe.
—Entonces, ¿podrían empezar el ataque en cualquier momento? —Parecía preocupada, y Rich no deseaba eso, aunque sí quería que supiera qué podía esperar.
—Es posible —dijo con tono queda—. Personalmente, creo que sucederá mañana por la noche con la luna llena, como pensabas, pero tenemos que estar preparados para cualquier cosa, de verdad. Ellos pueden cambiar de rumbo, igual que nosotros.
—De acuerdo. —Respiró hondo y pareció tranquilizarse. A él le gustó la determinación que vio en sus ojos cuando lo miró. Esta mujer tenía un carácter formidable—. Así que, básicamente, solo necesitamos estar preparados para cualquier cosa.
—Sip —asintió él, clavando el tenedor en un trozo de asado. Masticó y tragó antes de continuar—. Claro, así es como yo intento vivir. Preparado para cualquier cosa en cualquier momento.
Rich le guiñó un ojo, y ella no pudo evitar reírse. La situación podía ser espantosa y peligrosa, pero él tenía un encanto pícaro que ella disfrutaba. Era una de las cosas que más amaba de él.
La palabra la dejó suspendida, incluso en la intimidad de sus pensamientos.
Mientras comía y charlaba con él, una parte de su mente examinó la emoción real que la dominaba desde la primera vez que habían hecho el amor.
La palabra con «A» era apropiada aquí. No habían estado solo follando.
Al menos, no por su parte. Debería haberlo sabido entonces, pero incluso antes de hacerlo, una pequeña parte de su corazón ya se había enamorado de él.
Solo había empeorado desde entonces. Estar cerca de él. Estar con él. Solo saber que él estaba cerca y todas esas pequeñas cosas que hacía para asegurarse de que estuviera cómoda y protegida... Todo se amalgamaba en un sentimiento que ya no podía contener. Lo amaba.
Maldita sea. Lo amaba.
Pero no tenía ni idea de si él le correspondía. Oh, él se preocupaba. Lo demostraba en cada toque, cada gesto. ¿Pero la amaba? ¿Podría estar pensando en una relación duradera? ¿Algo serio? Realmente no lo sabía.
Tantísimas cosas habían pasado en tan poco tiempo. Parecía que hubiera vivido una vida entera en solo unos pocos días. Sin importar lo que ocurriera después, siempre atesoraría el tiempo que había pasado con él. El tiempo que todavía pasaba con él.
De hecho, iba a dejar de preocuparse por el futuro y hacer lo posible por disfrutar del presente. Tomada esa decisión, Meg aguardó su momento mientras terminaban la cena. Cuando estaban recogiendo después de cenar y trabajaban codo con codo en la cocina, ella hizo su jugada.
Deslizando la mano alrededor de su cintura por detrás, la bajó hasta tapar su entrepierna. Su respuesta inmediata fue gratificante. Como también lo fue el bajo gruñido que brotó de su garganta. Sintiéndose un poco traviesa, lo apretó suavemente.
—Sé que dijiste que tenemos que estar preparados para cualquier cosa —susurró cerca de su oído—. Pero, ¿eso significa que no podemos tomarnos unos minutos para nosotros?
—¿Qué tienes en mente?
Sus palabras eran más que un poco roncas. A ella le gustó. Era bueno saber que podía provocar una reacción en él, igual que él en ella. Movió la mano de su entrepierna a su abdomen cuando él se giró para mirarla.
—No tiene que llevar mucho tiempo —dijo, con un tonillo burlón en la voz—. Pero de verdad que quiero estar contigo.
—¿Dónde? —consiguió soltar, casi sin aliento.
Ella negó con la cabeza.
—No importa dónde. Lo único que importa eres tú y yo. Rápido. Fuerte. Breve.
—Estoy a favor de las tres cosas —dijo él, recuperando un poco el control—. Con la condición de que, más tarde, lo hagamos durar. Cuando tengamos tiempo.
—Acepto.
Ella chilló cuando él la levantó y giró, colocándola sobre la encimera de la cocina. Él era tan alto que se dio cuenta de que esa posición la ponía a la altura perfecta para un acceso fácil, por así decirlo. Sonrió. Esto iba a ser divertido.
Se besaron de forma frenética mientras tiraban cada uno de la ropa del otro hasta que —con algún que otro gemido y risita— ambos estuvieron desnudos. No perdió tiempo, uniendo su cuerpo al de ella, y ella estaba preparada, dispuesta y qué capaz de agarrarse bien para el mejor viaje de su vida.
Fue salvaje y desenfrenado. Se sintió como una descarada y, al mismo tiempo, como la mujer más deseable del mundo. Él la hacía sentir así. Rich. Solo él había logrado jamás hacerla sentir así. Se dio cuenta de que solo él lo conseguiría.
Dejando de lado los pensamientos sobre el mañana, se dijo a sí misma que se concentrara en el aquí y el ahora.
Le encantaba la sensación de él dentro de ella, las embestidas fuertes que casi la levantaban de la encimera.
El ardor de él. La manera feroz en que la reclamaba y le permitía reclamarlo a cambio, aunque solo fuera por este momento robado al tiempo.
Llegó al clímax demasiado rápido, y él se unió a ella pocos instantes después.
Sabía que no podía haber un juego amoroso lento y prolongado como él le había mostrado antes.
No estaba decepcionada. Al contrario, se sentía increíble.
Saciada y feliz, apoyando la cabeza contra su pecho mientras bajaban de alturas vertiginosas. Juntos.
No era el fin del mundo. Estar enamorada de él.
Él nunca lo sabría si no compartía sus sentimientos.
No intentaría hacerle sentir culpable por nada revelándoselo, pero se aferraría a todo el tiempo que tuvieran juntos tanto como lograra retenerlo.
Se merecía un poco de diversión y pasión en su vida. Iba a aferrarse con todas sus fuerzas.
Hicieron el amor en otros lugares de la casa, incluyendo una segunda edición de sexo en la ducha que no tuvo nada que ver con la primera.
Todo esta noche fue rápido y duro, y terminó pronto, pero no *demasiado* pronto.
Él se aseguró de llevarla consigo en cada salvaje, casi feral, viaje a los cielos del placer y de vuelta.
—Hazme un favor, eh... —murmuró Rich justo cuando ella se quedaba dormida en sus brazos, en su cama.
—Lo que sea. —Sí, esta mujer se rendía ante ese hombre, y no le daba apuro que él lo supiera, al menos. Después de todo, era más que obvio.
Él le sonrió y pasó los dedos por su pecho como si no pudiera saciarse. A ella le gustaba su hambre, sobre todo cuando iba dirigida hacia ella.
—Quédate dentro mañana, ¿vale? No dejes que nadie te tiente a salir. Si alguien lo intenta, llámame. ¿Me lo prometes?
Él le pellizcó suavemente el pezón, haciendo que su cuerpo respondiera cuando ella pensaba que estaba completamente saciada. ¿Cómo podía hacer eso? Hacer que lo deseara con solo el toque más leve de sus dedos. ¿Y cómo esperaba que pensara con claridad cuando estaba haciendo eso?
—Haces trampa —le dijo ella, pasando una mano por sus abdominales marcados con la intención de pagar con la misma moneda, por así decir. Pero él le detuvo la mano con una de las suyas y le apretó de nuevo el pecho con la otra.
—Usaré toda la ventaja que tenga cuando se trate de mantenerte a salvo.
Ella se derritió. A veces decía las cosas más dulces. Quizá no era un *te quiero*, pero era definitivamente una señal de que le importaba. Se quedaría con eso.
Suspiró de manera dramática.
—Si te hará feliz.
—Lo hará. Pero esto me hace todavía más feliz. —Se ladeó sobre ella y unió sus cuerpos.
Después de todas las veces que habían estado juntos, ella estaba más que lista para recibirlo. La acarició larga y duramente, manteniéndola en el precipicio del placer durante largos momentos. Entonces, habló.
—Prométemelo —gruñó, reteniendo a ambos al borde del clímax mientras esperaba su respuesta.
—¿Qué? —Había perdido el hilo de la conversación. ¿De qué estaba hablando?
—Prométeme que te quedarás dentro mañana —insistió con voz entrecortada, su cuerpo dentro de ella, su voz exigiendo su consentimiento.
Ay, por el amor de... ¿Por qué estaba haciendo esto ahora? ¿Por qué se negaba? ¿Por qué se negaban los dos?
—Prométemelo —repitió, con respiración entrecortada.
—¡Te lo prometo! —casi chilló cuando él cedió y dejó que ambos se desplomaran por el borde del olvido en el mayor clímax hasta entonces. Chilló, incapaz de contener su éxtasis cuando él se unió a ella en un orgasmo de la variedad más dulce, ardiente e intensa.
*