Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

LIORA

El regreso a la guarida de Rorik fue un momento agridulce.

Aunque Vorath había sido derrotado, las huellas de su ocupación seguían visibles: tesoros rotos, marcas de garras en las paredes de hielo, y un olor a humo que tardaría semanas en desaparecer.

Pero el hogar estaba de nuevo en manos de su legítimo dueño.

Rorik me tomó de la mano mientras caminábamos por los pasillos principales. Lysara y los demás se habían quedado en una sala grande para descansar y organizar la seguridad. Nosotros dos nos dirigimos a una zona más privada.

— Hay alguien que quiero que conozcas —dijo Rorik, con una sonrisa suave pero nerviosa.

Al final de un pasillo iluminado por cristales luminosos apareció una dragona de escamas suaves color azul y ojos amables. Era más pequeña que Rorik, pero su presencia era cálida y reconfortante. Thalia.

— Mi niño —susurró ella, acercándose y abrazándolo con fuerza.

Rorik la abrazó a su vez, cerrando los ojos. El lazo me permitió sentir la emoción que lo recorría: gratitud, amor filial, paz.

— Thalia, ella es Liora —dijo, separándose un poco para que yo pudiera acercarme—. Mi compañera.

Thalia me miró con ojos llenos de ternura. Me tomó las manos.

— Bienvenida a la familia, pequeña. He esperado muchos años para conocerte.

Hablamos durante un buen rato. Thalia nos contó anécdotas de cuando Rorik era pequeño: cómo se caía al intentar volar, cómo ella le cantaba canciones de cuna, cómo le enseñó a controlar su arma de aliento. Rorik escuchaba con una sonrisa nostálgica.

Cuando Thalia se retiró a descansar, Rorik me miró con ojos brillantes.

— Ven. Quiero enseñarte algo.

Me llevó por un pasillo privado hasta sus aposentos. La habitación era enorme, con una gran cama circular cubierta de pieles blancas y azules, una chimenea de hielo que ardía con llamas de tonos fríos, y una vista espectacular a las montañas a través de una pared de cristal.

Pero lo que más llamó mi atención fue una estructura en una esquina elevada: una gran jaula dorada, elegante y exquisitamente ornamentada, con barrotes finos pero resistentes. Dentro había mullidas colchas de seda blanca, cojines suaves, y una cadena dorada con esposas forradas de piel.

La miré con curiosidad.

Rorik se acercó por detrás y me rodeó con los brazos.

— ¿Te gusta? —preguntó, esperanzado, con la voz baja y ronca.

Asentí tímidamente, sintiendo un calor inesperado subir por mi vientre.

— Extrañamente sí… ¿Qué es?

Rorik sonrió contra mi cuello, mordiendo suavemente.

— El lugar perfecto para devorar a mi mascota.

Abrí los ojos de par en par, pero antes de que pudiera reaccionar, Rorik me levantó y me metió dentro de la jaula con facilidad. Cerró la puerta con un clic suave. Me tomó las muñecas y las ató con la cadena dorada a los barrotes superiores, dejándome de rodillas sobre los cojines mullidos.

— Shh shh, hadita… —susurró, arrodillándose fuera de la jaula pero muy cerca—. Esta noche… soy tu amo.

Mi corazón latía con fuerza. Estaba excitada, nerviosa, vulnerable. La jaula era grande pero me hacía sentir atrapada de una forma deliciosamente peligrosa.

Rorik metió una mano entre los barrotes y me acarició la mejilla.

— Eres tan hermosa así… atada para mí.

Se desnudó sin prisa. No era un espectáculo; era una ofrenda. Cuando se arrodilló de nuevo, su mano descendió entre mis muslos y encontró lo que ya sabía: yo estaba lista mucho antes de que él lo pidiera.

No me penetró de golpe. Me exploró. Dos dedos, luego tres, un ritmo que no buscaba precipitar nada, sino descubrir exactamente dónde se quebraba mi respiración.

El pulgar sobre el clítoris no era insistente; era paciente.

Me corrí contra su mano con un gemido que no supe contener, y él se llevó los dedos a la boca como quien prueba un vino que ya conoce y aun así se sorprende.

Abrió la jaula lo justo para entrar. Me tomó el cabello con firmeza contenida.

—Ábre la boca.

Obedecí. No me usó. Me enseñó. Entró despacio, me dejó sentir el peso, el calor, la intención. Cada movimiento era controlado: profundo, sí, pero nunca cruel. Cuando estuvo al borde, se retiró. No porque no pudiera más, sino porque quería otra cosa.

Me giró. Entró en mí de un solo empuje que me arrancó un grito. No fue brutalidad vacía: fue la primera vez que el cuerpo entendió del todo lo que la jaula significaba. Me sujetó las caderas. Cada embestida hacía tintinear la cadena. Mis pechos se balanceaban; yo, no.

—¿De quién eres?

—Tuya.

—Más fuerte.

—¡Tuya, amo!

El orgasmo llegó como una marea que no pide permiso. Él rugió y se derramó dentro de mí, llenándome con una lentitud que contrastaba con la violencia anterior. Permaneció allí, abrazándome a través de los barrotes, todavía unido a mí.

—Eres perfecta. Mi compañera. Mi mascota. Mi todo.

Salió con una lentitud casi reverente.

—Ahora —dijo, aún duro, arrodillado fuera otra vez—. Muéstrame tus alas.

Las invoqué. Se desplegaron con esa lentitud que duele de tan bella: grandes, translúcidas, venas de escarcha que brillaban como si la luz las hubiera inventado para ellas. Extremadamente sensibles.

Rorik contuvo el aliento.

—Diosa…

Metió las manos entre los barrotes y las acarició como quien toca algo sagrado. El roce fue eléctrico. Un hada no tiene un lugar más vulnerable que ese. Cada trazo sobre las venas luminosas me enviaba oleadas directas al centro. Ya goteaba por los muslos.

Entró de nuevo en la jaula. Se arrodilló detrás de mí y me penetró con un empuje profundo, poderoso, mientras sus manos no abandonaban las alas.

El contraste era insoportable: la invasión firme abajo, la caricia casi religiosa arriba.

Mis alas vibraban con cada golpe. El primer orgasmo me tomó sin aviso; el segundo se construyó encima del primero.

Me agarró el cabello y me echó la cabeza atrás.

—Córrete conmigo.

Fue más duro, más rápido, más hondo. Cuando me rompí, él se derramó otra vez, marcándome por dentro.

Aún enterrado, se inclinó. Sus dientes rozaron el punto exacto donde el hombro se une a la clavícula.

—Es el momento. ¿Me aceptas como tu compañero para siempre?

—Sí. Sí, Rorik.

Los dientes se hundieron. El dolor fue breve; el placer que lo sustituyó, absoluto. Su magia entró en mí y selló lo que ya era inevitable. Sentí su alma, su amor, su hambre, sus recuerdos. Ya no había frontera.

El último orgasmo no fue un climax: fue una consagración. Él terminó de nuevo, sellando el lazo con su semilla.

Me soltó las muñecas. Me atrajo contra su pecho, todavía dentro de la jaula. Besó la marca fresca con una ternura que no encajaba con nada de lo anterior y, al mismo tiempo, lo explicaba todo.

—Ahora eres mía para siempre, hadita.

—Y tú eres mío.

Nos quedamos allí, envueltos el uno en el otro, mientras la aurora se filtraba por el cristal. El vínculo estaba sellado.

Y la historia, apenas, empezaba.