Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

LIORA

El viento aullaba entre las cumbres de las Montañas de Hielo Eterno como si la propia naturaleza supiera que estábamos llegando a un lugar sagrado y profanado al mismo tiempo.

Rorik volaba en su forma dragón, llevándome a mí y a Lysara sobre su lomo.

El resto del grupo —Ilarian y los guerreros de élite— nos seguían por tierra a través de un paso estrecho y peligroso.

Podía sentir la tensión en Rorik a través del lazo completo. Su hogar, el lugar donde había nacido, donde Thalia lo había criado, donde guardaba recuerdos de toda su vida, había sido ocupado por Vorath. El dragón rojo se estaba lamiendo las heridas allí, probablemente planeando su venganza.

Cuando las montañas se abrieron ante nosotros, Rorik descendió con cuidado en una plataforma natural de roca. Volvió a su forma humana, con el rostro tenso y los ojos brillantes de furia contenida.

— Ahí está —dijo, señalando una enorme entrada en la ladera de la montaña principal. La boca de su antigua guarida. Ahora estaba rodeada de humo negro y llamas rojas que salían de las grietas.

Lysara desmontó y se acercó.

—¿Sientes su presencia?

— Como una infección —respondió Rorik con asco—. Ha corrompido todo.

Ilarian se acercó, con la mano en la empuñadura de su espada.

— ¿Entramos directamente o planeamos?

Rorik miró hacia la entrada.

— Entramos. Pero con cuidado. Vorath está herido, pero sigue siendo peligroso. Y ha tenido días para preparar trampas.

Me tomó de la mano.

— Quédate cerca de mí.

— Siempre —respondí.

RORIK

El grupo entró en silencio. El interior de la guarida era un lugar majestuoso que había sido profanado.

Las paredes de hielo puro, que antes brillaban con luz propia, ahora estaban cubiertas de hollín y marcas de garras.

Tesoros antiguos —gemas, armaduras, reliquias de dragones— estaban tirados y rotos por el suelo.

Me tensé al ver una cuna de hielo rota en una esquina.

— Era mía —susurré—. Thalia la hizo para mí cuando nací.

La rabia en mi voz era palpable.

Avanzamos más profundo. El aire se volvía más caliente, cargado de humo. Finalmente, en la cámara principal —una enorme caverna con un lago subterráneo de agua termal—, encontramos a Vorath.

El Dragón Rojo estaba tumbado sobre un montón de tesoros robados, lamiendo una herida profunda en su flanco. Sus escamas carmesí brillaban con sangre seca. Al vernos, levantó la cabeza y soltó una risa ronca.

— Así que vinisteis. Qué predecible.

Di un paso adelante, transformándome parcialmente. Mis alas y escamas aparecieron.

— Esta es mi casa. Sal de ella.

Vorath se levantó con dificultad, pero aún era imponente.

— Tu casa es mía ahora. Y tu compañera… —sus ojos se posaron en Liora— será el postre.

La batalla estalló.

LIORA

Vorath lanzó una oleada de fuego ardiente. Rorik la bloqueó con un muro de hielo. Yo lancé una tormenta de escarcha afilada que cortó varias de sus escamas. Ilarian y sus guerreros atacaron por los flancos.

Vorath era fuerte, pero estaba herido. Rorik y yo luchamos en perfecta sincronía. Yo creaba plataformas de hielo como la última vez para que él ganara altura. Él congelaba el suelo para que yo me moviera más rápido.

En un momento, Vorath me lanzó una garra, justo como la primera vez, estaba preparada así que lo esquivé con facilidad.

Rorik, transformado solo parcialmente voló, me agarró y me elevó con él, dejándome caer justo en la parte posterior de la enorme cabeza de Vorath.

Volé cargando con mi lanza, dándole un golpe fatal en la nuca.

El impacto me derribó, pero Rorik ya estaba abajo esperándome. Me atrapó.

— ¿Estás bien? —preguntó.

—Perfecta —respondí.

El combate fue brutal. Vorath cayó, en un último intento desesperado usó el poco poder que le quedaba para invocar una explosión de fuego negro.

Rorik y yo combinamos nuestros poderes. Mi magia de escarcha y su aliento de hielo se unieron en una tormenta que congeló las llamas de su ataque en el aire.

Vorath cayó, muerto.

— Esto… no ha acabado… —gruñó antes de quedarse inmóvil, con la luz de sus ojos apagada.

Rorik se acercó y, con un último golpe, terminó con la amenaza.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Rorik miró alrededor de su guarida profanada. Luego me miró a mí.

— Vamos a reconstruirlo —dijo—. Juntos.

Lo abracé con fuerza.

— Juntos.

Esa noche, mientras la aurora brillaba sobre las montañas, celebramos en la guarida recuperada.

Recorrimos cada rincón.

Rorik me mostró entusiasmado su hogar.

—Este es nuestro hogar, hadita.

Lo miré. Asentí, sí, ese era nuestro hogar.