Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

LIORA

El santuario aún vibraba con la magia residual del ritual. La aurora boreal brillaba con una intensidad casi cegadora sobre la plataforma de hielo eterno. El Corazón de Escarcha, ahora en reposo, emitía una luz suave y constante, como un faro que había cumplido su propósito.

Pero la victoria sabía a cenizas.

Rorik estaba de pie al borde de la plataforma, mirando hacia donde Veyra había desaparecido.

Su espalda estaba rígida, sus puños apretados.

Yo me acerqué en silencio y puse una mano en su brazo.

El lazo completo entre nosotros era ahora una presencia viva y cálida en mi pecho.

Podía sentir su furia, su dolor antiguo, su decepción.

— Ella nunca fue una madre —dijo él en voz baja, sin mirarme—.

Thalia sí lo fue. Ella me meció cuando tenía pesadillas.

Me enseñó a volar. Me dijo que el poder sin corazón no valía nada.

Y ahora… ahora sé que mi propia sangre intentó destruir lo más importante de mi vida antes siquiera de que lo tuviera.

Me rodeó con un brazo y me atrajo contra su costado. Apoyé la cabeza en su hombro.

— Lo siento —susurré.

— No lo sientas. Gracias a ella entendí lo que realmente importa. La familia no es sangre. Es quien elige quedarse.

Lysara se acercó con expresión seria.

— Tenemos un problema.

Rorik y yo nos giramos.

— Vorath sigue vivo —continuó Lysara—. Nuestros exploradores acaban de confirmar que huyó herido, pero no muerto. Y se refugió en el único lugar donde sabe que estarás vulnerable: tu antiguo hogar, Rorik. Las Cumbres Eternas. Tu guarida. La que te robó.

El silencio que siguió fue pesado.

Rorik soltó una risa amarga.

— Claro. ¿Dónde si no? Mientras nosotros estábamos aquí rompiendo la maldición, él se estaba lamiendo las heridas en mi casa. Probablemente durmiendo en mi cama y robando lo poco que quedaba de mi tesoro.

Sentí cómo la rabia crecía dentro de él a través del lazo. Pero también sentí algo más: determinación.

— Entonces vamos a recuperarlo —dije.

Rorik me miró.

— Es peligroso. Vorath estará preparado. Y está furioso.

—Entonces mejor que esté preparado —respondí—. Porque esta vez no podrá huir.

Lysara asintió.

— Te daremos todo el apoyo que necesites. Pero la decisión es vuestra.

Rorik me miró a los ojos. A través del lazo pude sentir su miedo (no por él, sino por mí) y su amor.

— ¿Estás segura? —preguntó en voz baja.

— Más que nunca —respondí—. Tu hogar es nuestro hogar ahora. Y nadie nos lo va a quitar.

Esa noche, mientras los demás descansaban, Rorik y yo nos quedamos solos en una de las cavernas del santuario. A través del lazo sentía su rabia por Vorath y, debajo, el miedo de regresar a unas montañas que quizá ya no reconocería. Me senté junto a él y entrelacé nuestros dedos.

—No tienes que fingir que no tienes miedo. Yo llevo casi un siglo haciéndolo.

Rorik apoyó la frente contra la mía.

—Temo llegar tarde otra vez.

—Entonces salvaremos lo que quede y reconstruiremos lo demás. No porque el destino diga que es nuestro, sino porque nosotros lo hemos elegido.

Le pregunté por Thalia. Rorik sonrió con tristeza y me contó que era una sirvienta que lo recogió cuando Veyra lo abandonó; le enseñó a volar, a levantarse después de cada caída y a entender que la fuerza estaba en proteger aquello que uno decidía amar.

—Quiero conocerla.

—Lo harás. Cuando recuperemos mi hogar… nuestro hogar… te la presentaré.

Y por primera vez la palabra hogar no me hizo pensar en sangre sobre la nieve, sino en algo que todavía podía construirse.

LIORA

Al día siguiente preparamos el contraataque.

Vorath estaría herido, pero seguía siendo poderoso. Rorik conocía cada rincón de su antigua guarida. Sabíamos que Vorath habría reforzado las defensas con draconianos y trampas de fuego.

Lysara decidió enviar un pequeño grupo de élite con nosotros. Ilarian se ofreció voluntario inmediatamente, aunque su mirada hacia Rorik seguía siendo tensa.

Antes de partir, Rorik me llevó a un rincón apartado del santuario.

— Hay algo que quiero que sepas —dijo.

Me entregó un pequeño objeto: una escama azul plateada, antigua y brillante.

— Es de Thalia. Me la dio cuando era niño. Me dijo que mientras la llevara, nunca estaría solo. Quiero que la lleves tú ahora.

Me la puse alrededor del cuello. El metal estaba caliente contra mi piel.

— Gracias —susurré.

Me besó con ternura.

— Vamos a recuperar lo nuestro, hadita. Y cuando lo hayamos hecho… empezaremos nuestra vida de verdad.

Esa noche, mientras la aurora brillaba sobre las montañas, el grupo partió hacia las Cumbres Eternas.

Vorath nos esperaba.

Y esta vez, no podría huir.