CAPÍTULO 17
LIORA
La plataforma de hielo eterno temblaba bajo nuestros pies. La magia del ritual aún flotaba en el aire como una niebla luminosa cuando el cielo se abrió en un remolino de fuego negro.
Una figura descendió envuelta en llamas oscuras. Era ella. La Dragona Negra. Alta, imponente, con escamas del color de la obsidiana y ojos rojos como brasas. Su presencia era opresiva, antigua, peligrosa.
Lysara y los guerreros se prepararon para atacar, pero Rorik levantó una mano.
— Esperad —dijo con voz fría.
La Dragona Negra aterrizó en el borde de la plataforma. Sus alas se plegaron lentamente. Miró directamente a Rorik y luego a mí. Una sonrisa cruel curvó sus labios.
— Así que al final lo conseguiste, hijo mío.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Rorik se tensó a mi lado. Sentí cómo su cuerpo entero se ponía rígido. Su voz, cuando habló, salió baja y peligrosa.
— No me llames hijo.
La Dragona Negra soltó una risa seca.
— Siempre tan dramático. Igual que tu padre. ¿Crees que no sabía lo que estabas haciendo? Sentí la ruptura de la maldición desde el otro lado del Velo. Sabía que vendrías aquí. Sabía que intentarías salvarla.
Lysara dio un paso adelante.
— ¿Quién eres?
La Dragona Negra inclinó la cabeza, con una arrogancia que helaba la sangre.
— Mi nombre es Veyra. Y soy la madre de Rorik.
El golpe fue más fuerte que cualquier garra.
Rorik dio un paso adelante. Su voz temblaba de furia contenida.
— Tú… fuiste tú. Tú mataste a sus padres. Tú la maldijiste.
Veyra lo miró como si fuera un niño caprichoso.
— Sí. Lo hice. Porque sabía que esa insignificante hada era tu compañera predestinada. Desde el momento en que naciste supe que tu destino estaba ligado al de ella. Y no iba a permitir que mi linaje, el linaje de los dragones ancestrales de las Montañas Veladas, se ensuciara con sangre de hada.
Rorik soltó un rugido que hizo temblar la plataforma.
— ¿Cómo te atreves? ¿Sabes lo raro que es para un dragón encontrar a su alma gemela? ¡Es prácticamente un milagro! Y tú… tú intentaste destruirlo. ¿Por qué? ¿Por orgullo? ¿Por pureza de sangre?
Veyra dio un paso adelante. Su voz se volvió más baja, más fría.
— Porque no quería verte sufrir. Porque los dragones y las hadas no están hechos para estar juntos.
Porque ella es débil. Porque su linaje es inferior.
Y porque… si la mataba, te habría matado a ti también.
Aunque aún no os hubierais conocido, el lazo ya existía.
Matarla habría significado tu muerte. Y aunque nunca fui una madre para ti… no podía permitir que murieras.
El dolor en la voz de Rorik fue real.
—No. Nunca fuiste una madre para mí. Nunca.
Mientras tú estabas ocupada con tus guerras y tu linaje puro, yo crecí solo.
Fui criado por una sirvienta dragona de rango menor.
Se llamaba Thalia. Ella me dio lo que tú nunca quisiste darme: amor.
Me enseñó a controlar mi arma de aliento, me leyó historias, me abrazó cuando tenía pesadillas.
Ella fue mi madre. Tú solo fuiste la que me dio la vida y luego me abandonó.
Veyra apretó los puños.
— Esa sirvienta te volvió blando. Te llenó la cabeza de tonterías sobre el amor y la bondad. Los dragones fuertes no necesitan eso.
— Los dragones fuertes también necesitan un corazón —respondió Rorik—. Y tú nunca lo tuviste.
Me acerqué a él y tomé su mano. El lazo ahora era completo entre nosotros. Podía sentir su rabia, su dolor antiguo, su decepción. Pero también podía sentir su amor por mí. Fuerte. Inquebrantable.
Veyra nos miró a los dos.
— Podría mataros ahora mismo. Pero no lo haré. Porque aunque te odie por haber elegido este camino… sigues siendo mi sangre. Y ella… ahora que la maldición está rota, sigo sin poder tocarla sin matarte a ti también.
Lysara habló con voz helada.
— Entonces vete. Y no vuelvas.
Veyra miró a su hijo una última vez.
— Un día te arrepentirás de haber elegido a esta… hada.
Rorik dio un paso adelante. Su voz fue baja pero firme.
— El único arrepentimiento que tengo es no haberte enfrentado antes. Thalia me enseñó que la familia no se mide por la sangre, sino por quién está ahí cuando todo se derrumba. Tú nunca estuviste. Ella sí.
Veyra desplegó sus alas negras.
— Entonces que el solsticio te juzgue, hijo mío.
Se elevó en el cielo y desapareció entre las nubes, dejando atrás un rastro de humo negro.
El silencio que quedó fue pesado.
Rorik se giró hacia mí. Tenía los ojos brillantes de lágrimas que no dejaba caer. Lo abracé con fuerza.
— Lo siento —susurré contra su pecho.
— No lo sientas —dijo, con la voz rota—. Ahora lo entiendo todo. Por qué te odió tanto. Por qué te maldijo. Porque te temía. Porque sabía que eras mi destino.
Lysara se acercó y puso una mano en el hombro de Rorik.
— Tienes una familia, Rorik. No la que te dio la sangre… sino la que elegiste. Y la que te eligió a ti.