Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Eso no es ninguna sorpresa.

—No. Pero no es solo plateada. Hay azul. Blanco. Y algo parecido a la aurora cuando aparece sobre la nieve. Cambia constantemente.

Me quedé escuchando.

—Es enorme —continuó—. Más de lo que probablemente sabes. Está comprimida, contenida. Como una tormenta encerrada detrás de una pared.

—Suena saludable.

—No he terminado.

Alcé una ceja.

—Claro que no.

Rorik dio un paso hacia mí.

—La maldición está alrededor.

Sentí que algo frío me recorría la espalda.

—¿Cómo es?

—Negra.

La certeza me dolió más de lo esperado.

—¿Mucho?

—Sí.

Aparté la mirada.

—Entonces la bruja ganó.

—No.

—Acabas de decir...

—Dije que está alrededor.

Rorik levantó la mano lentamente y esperó. Yo no me aparté. Sus dedos tocaron mi mejilla.

—No está dentro de ti, Liora. Se me cortó la respiración.

—¿Qué?

—La sombra rodea tu magia. La aprieta. La bloquea. Pero nunca consiguió entrar.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Todo lo que eres sigue ahí.

No pude hablar. Durante décadas había pensado en aquella maldición como algo podrido dentro de mí. Un segundo corazón. Algo que la Dragona Negra había dejado en mi pecho y que me convertía en una versión defectuosa de lo que debería haber sido.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Rorik...

—La veo.

Una lágrima cayó antes de que pudiera impedirlo. La aparté con rabia.

—Genial. Ahora también lloro.

—Es una noche llena de primeras veces.

—Como sigas hablando voy a abrirte otra herida.

—Entonces tendré que dejar que vuelvas a curarme.

Le golpeé suavemente el hombro sano. Rorik rio. Y esa risa... Aquella maldita risa. Me acerqué antes de pensarlo demasiado y apoyé la frente contra su pecho. Se quedó completamente inmóvil.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Mentiroso.

—Muchísimo.

Sus brazos me rodearon despacio. No hubo urgencia. No hubo hambre. Solo calor. Cerré los ojos. Escuché su corazón. Fuerte. Regular. Vivo.

—Cuando eras pequeño... —pregunté—, ¿cómo era tu hogar?

Noté su respiración cambiar.

—¿Quieres saberlo?

—No te emociones.

Rorik soltó una risa baja.

—Había una terraza en la cara norte de la montaña. En invierno la nieve podía cubrirla entera, me crió una dragona maravillosa.

—¿Tu madre?

Se detuvo. Levanté la cabeza, algo había cambiado en él.

—Otro día —contestó.

No insistí. Por primera vez entendí que quizá yo no era la única que guardaba habitaciones cerradas dentro de sí.

Volví a apoyarme contra él. Rorik empezó a hablarme de las Montañas Veladas.

De los lagos congelados. De los dragones jóvenes compitiendo por ver quién llegaba primero a las cumbres.

De un valle que en pleno invierno se llenaba de pequeñas flores azules capaces de sobrevivir bajo la nieve. Yo escuché.

Y después, casi sin darme cuenta, empecé a hablar también.

Le conté cosas que no contaba nunca. Cómo era mi padre antes de convertirse en el recuerdo de un cadáver sobre la nieve.

La horrible canción que cantaba mientras afilaba su espada.

Cómo mi madre escondía dulces de miel en los cajones y fingía indignación cuando yo los encontraba.

Cómo durante años había odiado el Gran Árbol porque seguía encendiéndose cada Noche del Solsticio cuando mis padres ya no podían verlo.

Rorik no intentó decirme que debía superarlo. No me dijo que ellos querrían verme feliz. No dijo ninguna de esas frases vacías que había escuchado cientos de veces. Solo me escuchó.

Cuando terminé, la habitación estaba mucho más oscura.

—Creo que estoy cansada —murmuré.

—Es posible que casi morir un par de veces produzca ese efecto.

—Idiota.

Rorik volvió hacia el diván. Yo me quedé quieta. Podía marcharme. Tenía mi habitación. Tenía obligaciones. Tenía mil excusas.

—Rorik.

Se volvió. Odié que me costara tanto decirlo.

—No hace falta que te vayas cuando termine de curarte.

Silencio.

—¿Quieres que me quede?

—He dicho que no hace falta que te vayas. No te emociones.

La sonrisa más ridículamente feliz que había visto nunca apareció en su cara.

—Por supuesto, Generala.

Puse los ojos en blanco.

Más tarde nos tumbamos juntos en el diván, demasiado estrecho para dos personas y definitivamente demasiado pequeño para un dragón con forma humana.

Al principio mantuve cierta distancia. Cinco minutos después tenía la cabeza apoyada sobre su pecho. No comentamos nada al respecto. Pasé un dedo distraídamente alrededor de la marca de su promesa.

—Rorik.

—¿Sí?

—Cuando rompamos la maldición...

Me detuve. Cuando. No si. Él también lo notó. Su brazo se tensó alrededor de mí.

—Cuando la rompamos —repitió.

Tragué saliva.

—Quiero saber qué siento realmente. Rorik besó mi cabello.

—Y si no sientes nada...

Levanté la cabeza. Parecía dolerle incluso formularlo.

—Si cuando desaparezca la maldición descubres que no me quieres —continuó—, no voy a utilizar el vínculo para retenerte.

Lo miré fijamente.

—¿Harías eso?

—Te quiero libre, Liora. Incluso si esa libertad significa alejarte de mí.

Me quedé en silencio. Después volví a apoyar la cabeza sobre su pecho.

—Eres un dragón muy estúpido.

—Eso me han dicho.

—Y arrogante.

—También.

—Y desesperantemente pesado. —Empiezo a detectar cierto patrón.

Cerré los ojos.

—Rorik.

—¿Sí, hadita?

—Creo que ese va a ser tu problema.

—¿Cuál?

Sonreí contra su piel.

—Que quizá cuando la maldición desaparezca descubra que ya te había elegido antes.

Esta vez fue él quien se quedó completamente callado.

Y así, escuchando el corazón de un dragón al que dos días atrás habría jurado odiar, me quedé dormida.

Por primera vez en décadas, en la Primera Noche del Solsticio... no soñé con sangre sobre la nieve.