CAPÍTULO 14
LIORA
El salón principal del Palacio de Cristal Eterno estaba en ruinas.
Los vidrios rotos crujían bajo las botas de los guerreros que corrían de un lado a otro.
Varias columnas tenían grietas profundas por donde habían pasado las garras de Vorath, y las cortinas de seda plateada colgaban quemadas y rasgadas.
El olor a humo y a magia quemada aún flotaba en el aire.
Sin embargo, el árbol del solsticio, en el centro del salón, seguía brillando con una luz terca y cálida, como si el espíritu mismo deL solsticio se negara a dejar que se apagara por la oscuridad.
Lysara estaba en el centro de todo, dirigiendo a los sanadores y a los guardias con voz firme pero calmada.
Su vestido plateado estaba manchado de hollín y de sangre de algún herido, pero mantenía la dignidad de una reina.
Yo tenía el cuerpo dolorido por la batalla, los músculos tensos y la adrenalina todavía corriendo por mis venas junto con el recuerdo de lo que había pasado en la cueva con Rorik.
Mi piel aún recordaba sus manos fuertes, su boca hambrienta y cómo me había llenado por completo.
Rorik estaba herido de nuevo. Varias de sus heridas se habían abierto durante la pelea contra Vorath. Lo tomé del brazo sin decir nada y lo llevé a una sala lateral más tranquila, lejos del bullicio y de las miradas curiosas.
— Siéntate —le ordené, señalando un diván amplio cubierto de cojines.
Él obedeció con una mueca de dolor, pero sus ojos azules no se apartaron de mí ni un segundo. Esa mirada intensa, posesiva y llena de deseo que me hacía sentir cosas que aún no estaba preparada para nombrar.
Empecé a curarlo. Mis manos temblaban ligeramente mientras limpiaba la sangre seca de su torso con un paño húmedo. La piel debajo era caliente, marcada por escamas sutiles que aparecían y desaparecían según su respiración. Cada roce de mis dedos parecía encender chispas entre nosotros.
— No tenías que interponerte cada vez que me atacaban —susurré, aplicando ungüento de escarcha curativa en una herida profunda del costado.
Rorik atrapó mi muñeca con suavidad.
— Siempre lo haré, Liora. Eres mía. Aunque tú aún no puedas sentirlo del todo.
Lo miré a los ojos, pero esta vez no dejé que la urgencia decidiera por mí. Terminé de limpiar la herida del costado y descubrí bajo la sangre una quemadura oscura.
—Esto es el fuego negro de Vorath, ¿verdad? Rorik bajó la mirada.
—Sí.
—Y no está cicatrizando.
Una veta rojiza brilló bajo su piel. Hasta entonces había pensado en el Corazón de Escarcha como un artefacto que debíamos recuperar por deber. Las heridas de Rorik demostraban que Vorath ya estaba usando su poder.
—Cuéntame qué hace realmente el Corazón.
Rorik dejó de bromear.
—No crea el invierno, lo regula. Absorbe el exceso de magia durante el Solsticio y lo devuelve poco a poco al mundo. En manos de un guardián mantiene el equilibrio; forzado por Vorath puede concentrar y corromper esa energía.
Miré el salón destrozado al otro lado de la puerta.
—Por eso ha podido entrar aquí con tanta fuerza.
—Y será peor si aprende a dominarlo del todo.
Seguí vendándolo.
—Entonces no basta con defender el palacio. Tenemos que recuperarlo antes de que termine el Solsticio. Rorik cubrió mi mano con la suya.
—Eso intentaba decirte antes de que decidieras que soy insoportable.
—Sigues siéndolo.
—Pero ahora soy un insoportable con razón.
Resoplé. Por primera vez lo miré no como al dragón que había irrumpido en mi vida ni como al compañero que el destino insistía en imponerme, sino como a otro guardián que había fracasado una vez y estaba dispuesto a corregirlo. Esa parte de él sí podía entenderla.
Después de recuperar el aliento, continué curándolo de verdad. La intimidad del momento había calmado un poco la tensión, pero las heridas seguían ahí. Pasé la siguiente hora limpiando, vendando y aplicando agua del Río de Plata. Rorik me observaba en silencio, con paciencia dragontina.
—No te muevas —ordené.
—No pensaba hacerlo.
—Mentiroso.
Su sonrisa apareció despacio.
—Solo si me das motivos para moverme.
Le lancé una mirada que pretendía ser fulminante, pero debía de haber perdido buena parte de mi capacidad para intimidarlo porque se limitó a acomodarse en el diván, todavía con esa expresión satisfecha que empezaba a resultarme peligrosamente familiar.
Tomé de nuevo el paño húmedo. Las heridas del costado se habían abierto durante la batalla.
Algunas eran simples cortes, pero una de ellas descendía bajo las costillas en una línea irregular y profunda.
Pasé los dedos alrededor con cuidado. Rorik siseó y yo me detuve.
—Te duele.
—He tenido días mejores —reconoció.
—Te dije que dejaras de interponerte.
Esta vez no sonrió. Seguí limpiando la sangre seca.
—Liora...
—No.
—¿No qué?
—No quiero escucharlo.
—Pues yo creo que sí —insistió Rorik.
Apreté el paño con más fuerza de la necesaria. Él volvió a sisear.
—Eso ha sido a propósito —se quejó.
—Puede.
—Hadita...
Solté el paño sobre la mesa.
—¡Podrías haber muerto!
Las palabras salieron con demasiada fuerza. Rorik se quedó inmóvil, yo también. El silencio cayó entre nosotros y aparté la mirada.
—Cada vez que esa cosa venía hacia mí, te metías en medio —continué, mucho más bajo—. Como si yo no pudiera defenderme.
—Sé que puedes defenderte perfectamente .
—Entonces ¿por qué?
—Porque podía elegir recibir yo el golpe.
Lo miré. Aquello me enfureció todavía más.
—Eso es una estupidez.
—Probablemente.
—¡No tiene ninguna gracia!
—No estoy bromeando —contestó.
Su voz había cambiado. Ya no había provocación. Solo una calma que me desarmó mucho más que cualquiera de sus sonrisas.
Rorik extendió una mano. No me tocó. Simplemente la dejó entre nosotros.
—Cuando Vorath fue hacia ti —dijo—, no pensé que fueras débil. No pensé que necesitaras que te salvara. Solo pensé que existía una posibilidad de que te hiciera daño... y mi cuerpo se movió antes de que pudiera decidir nada más.
Tragué saliva.
—Eso no mejora las cosas.
—Lo sé.
—Puedes morir, Rorik.
Su mirada se suavizó.
—También tú.
—Yo soy soldado.
—Y yo soy un guardián.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo.
Quise discutir. No encontré cómo. Volví a coger el paño. Esta vez mis manos temblaron. Rorik lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Liora.
—Cállate.
—Estás asustada.
—Estoy enfadada.
Levanté los ojos hacia él.
—No vuelvas a hacerlo.
Algo doloroso cruzó su expresión.
—No puedo prometerte eso.
—Has prometido cosas bastante más absurdas esta noche.
Mi mirada cayó involuntariamente sobre su pecho. Sobre la marca.
La herida de la promesa sagrada seguía allí, más oscura que el resto de sus cicatrices. Alargué los dedos. Rorik se quedó quieto cuando toqué el borde de la marca.
—Esto sí que fue una estupidez —murmuré.
—Era necesario.
—Podrías quedar maldito conmigo.
—Lo sé.
—Podrías morir.
—También lo sé.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Y eso no te importa?
Rorik tardó unos segundos en responder.
—Claro que me importa.
—Pues no lo parece.
—Porque hay algo que me importa más. Retiré la mano. No quería escuchar aquello. Y, sin embargo...
—¿Yo?
—Tú.
La palabra cayó entre nosotros con una sencillez insoportable. Me levanté y caminé hasta la ventana. Fuera, el Palacio de Cristal Eterno parecía una herida bajo la nieve. Había cristales rotos, columnas dañadas y grupos de soldados recorriendo los jardines.
Pero el Gran Árbol seguía iluminado. Terco. Vivo.
—No lo entiendo —dije.
Rorik no respondió. Me abracé a mí misma.
—No puedes quererme así.
—¿Por qué no?
Me giré.
—Porque no me conoces.
—Empiezo a hacerlo.
—Llevamos... ¿cuánto? ¿Dos días?
—Dos días muy intensos.
A pesar de todo, estuve a punto de sonreír. Lo odié por ello.
—No hablo de eso —repliqué.
—Ya lo sé.
Rorik se incorporó un poco.
—Pregunta lo que realmente quieres preguntar.
Se me cerró la garganta. Maldito dragón.
—¿Me quieres porque soy tu compañera?
La sonrisa desapareció por completo de su rostro.
—Ah.
—Eso es lo que pensaba.
Me di la vuelta.
—Liora.
—El destino decide que soy tuya y tú simplemente... obedeces.
—No.
—Me reconociste antes incluso de hablar conmigo.
—Sí.
—Entonces ¿qué diferencia hay?
No contestó enseguida. Escuché cómo se levantaba. Sus pasos se acercaron, pero se detuvieron a cierta distancia. No intentó tocarme.
—El vínculo me dijo quién eras para mí —dijo finalmente—. No me dijo quién eras tú.
Cerré los ojos.
—No hagas juegos de palabras.
—No lo hago. El lazo me hizo reconocerte.
Pero no me obligó a admirarte cuando te vi enfrentarte a cinco draconianos sin retroceder un solo paso.
No me obligó a reír cuando fingías que querías dejarme morir mientras me llevabas a tu casa.
No me obligó a querer escucharte discutir conmigo durante horas.
Giré ligeramente la cabeza.
—Eso último demuestra que estás enfermo.
—Probablemente.
Esta vez sí sonreí. Muy poco. Pero ocurrió. Rorik continuó.
—No fue el vínculo quien hizo que me enamorara de la forma en que proteges a Lysara incluso cuando estás enfadada con ella.
Ni de la manera en que observas siempre primero las salidas de una habitación.
Ni de cómo aprietas la mandíbula cuando algo te duele porque prefieres enfadarte antes que admitir que estás triste.
Mi sonrisa desapareció. Me giré completamente hacia él.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—Verme.
Rorik pareció sorprendido. Yo respiré hondo.
—No sé qué hacer cuando haces eso.
Su expresión se volvió infinitamente más suave.
—No tienes que hacer nada.
Y, de alguna forma, aquello fue peor. Porque no me estaba pidiendo que cambiara. No me estaba pidiendo que aceptara el vínculo. Ni siquiera me estaba pidiendo que confiara en él. Solo estaba allí. Esperando.
—¿Cómo me ves? —pregunté.
Rorik frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Mi aura.
Algo cambió en su rostro. Me acerqué.
—Has dicho varias veces que puedes verla.
—Sí.
—Entonces dímelo.
Rorik respiró despacio.
—Es difícil de explicar.
—Inténtalo.
Me observó durante unos segundos.
—Tu magia es plateada.
Bajé la mirada hacia mis manos.