CAPÍTULO 12
LIORA
El vuelo de vuelta fue silencioso, pero cargado de electricidad.
Me aferraba al lomo de Rorik mientras surcábamos el cielo nocturno bajo la aurora.
Mi cuerpo aún vibraba por lo que acababa de pasar en la cueva.
Sentía su semilla aún dentro de mí, un recordatorio caliente y húmedo de lo que habíamos hecho.
Cuando aterrizamos cerca del palacio, Rorik volvió a su forma humana. Me miró con una intensidad que me hizo sonrojar.
—No hemos terminado, hadita —susurró, rozando mi cintura.
—La fiesta sigue —respondí, intentando recuperar la compostura —. Y tenemos que estar alerta.
Entramos juntos al salón. Las luces del solsticio seguían brillando, la música sonaba, pero el ambiente se sentía más tenso. Lysara nos vio llegar y levantó una ceja, claramente notando que algo había cambiado entre Rorik y yo.
RORIK
Todavía podía olerla. Mi esencia en ella. Eso me volvía posesivo y protector a partes iguales. Me mantuve cerca mientras nos movíamos entre los invitados.
LIORA
La fiesta estaba en su punto más alto. Bailes, brindis, risas. Pero yo no podía dejar de pensar en la cueva, en sus manos, en cómo me había hecho ver las estrellas, como nunca, como nadie.
Ilarian se me acercó en un momento en que Rorik hablaba con Lysara.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz baja y celosa—. Pareces... diferente.
—Estoy bien, capitán —respondí cortante.
Rorik se giró y su mirada se endureció al verlo cerca de mí. La testosterona volvió a cargar el aire.
Lysara intervino con elegancia. Gracias.
—Esta noche celebramos la unión de fuerzas. Dragones y hadas juntos contra una amenaza común.
Pero la paz no duró.
De pronto, un rugido sacudió el palacio. Las ventanas estallaron en una lluvia de cristales. Draconianos y sombras de fuego irrumpieron en el salón.
— ¡Vorath! —rugió Rorik.
El caos se desató. Invitados gritando, guerreros sacando armas. Yo agarré mi lanza de cristal, que brilló con magia invernal.
Rorik se transformó parcialmente, alas y escamas apareciendo mientras luchaba. Yo me moví como una tormenta: lancé lanzazos de hielo que congelaban enemigos, giré y corté con precisión mortal.
Un draconiano grande se lanzó contra mí. Rorik lo interceptó con un rugido, pero otro me atacó por el flanco. Lo atravesé con la lanza, sintiendo la adrenalina pura.
— ¡Juntos! —grité hacia Rorik.
Luchamos espalda con espalda. Su fuego helado y mi magia de escarcha se complementaban perfectamente. La conexión era palpable.
En medio del combate, una figura enorme apareció en el cielo: Vorath, el Dragón Rojo, con ojos llenos de odio.
— ¡El Corazón de Escarcha es mío! —bramó.
La batalla se intensificó. Rorik y yo nos miramos un segundo en medio del caos. El lazo brillaba entre nosotros, incluso con la maldición.
— ¡No dejaré que te pase nada! —gritó él.
Y yo, por primera vez, le creí.
La Primera Noche del Solsticio se había convertido en una guerra.