CAPÍTULO 9
LIORA
El salón principal del Palacio de Cristal Eterno brillaba como nunca. Las luces flotantes danzaban entre las columnas. A través de la ventana se veía el Gran Árbol del Solsticio a lo lejos, emitiendo una luz suave y cálida.
La música del solsticio llenaba el aire junto con risas y el tintineo de copas de hidromiel. La fiesta ya estaba en pleno apogeo.
Entonces apareció, a través de un portal de unos dos metros de altura, ovalado.
Primero surgieron pequeñas ramas que se fueron enredando, trenzándose, formando una preciosa enredadera trenzada verde, llena de flores.
Cuando el óvalo estuvo, una luz ondulante como agua eléctrica, ocupó el interior del portal, y de él...
surgió... nuestro rey, nuestro Señor. Eldin, el mismísimo hijo de la diosa de la luna.
Levantó la mano y el salón se quedó en silencio.
—Esta noche no solo celebramos el Solsticio y la Primera Noche del mismo —anunció con voz clara y alegre—, sino también el centésimo aniversario de una de los guerreros más valiosos de nuestro reino.
Liora, hija de la Casa de la Escarcha Blanca, te nombro oficialmente Generala del Ejército del Bosque Invernal.
Los aplausos estallaron. Sentí todas las miradas sobre mí.
Rorik, a mi lado, me observaba con una intensidad que me quemaba la piel.
Acepté el cargo con una inclinación de cabeza, pero por dentro solo quería desaparecer.
La fiesta continuó. Bailes, brindis, risas. Y entonces Rorik se inclinó hacia mí.
—¿Me concederías este baile, generala?
—No quiero bailar espondí entre dientes.
Lysara, que estaba cerca, me lanzó una mirada significativa.
—Es tradición, Liora. Y sería bueno para la moral de la corte verte bailar en tu noche.
Maldije por lo bajo y acepté la mano de Rorik. No tenía otra alternativa educada.
RORIK
La guié por la pista de baile con cuidado. Liora era una guerrera, y por supuesto bailar no era uno de sus talentos naturales. Me dio más de un pisotón y algún codazo que me dejaron sin aliento.
La hice girar suavemente, acercándola más de lo necesario, moviéndonos entre las parejas sin que se diera cuenta de hacia dónde la llevaba.
Justo debajo de una enorme rama de muérdago cargada de bayas brillantes y magia antigua.
La gente lo notó al instante.
—¡Muérdago! —gritó alguien.
Y de pronto todo el salón coreaba:
—¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!
LIORA
Me quedé helada. Miré hacia arriba y vi la rama flotando sobre nosotros, brillando con magia del solsticio. Rorik me observaba con una sonrisa de suficiencia.
—Muy astuto, dragón —susurré, furiosa y nerviosa al mismo tiempo.
Él se acercó un poco más, su aliento cálido contra mi oído.
—No voy a obligarte a nada que no quieras, hadita.
El corazón me latía con fuerza. La gente seguía coreando. Lysara nos miraba con una sonrisa divertida. No tenía escapatoria.
Rorik levantó mi barbilla con delicadeza.
—Feliz cumpleaños, Liora —susurró justo antes de besarme.
Sus labios tocaron los míos. Suaves al principio, luego más intensos. El mundo se detuvo.
Y entonces... algo ocurrió.
Una ola de tristeza profunda me invadió. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas mientras lo besaba. No entendía nada. ¿Por qué lloraba? ¿Era felicidad arrebatada? ¿Era el peso de décadas de dolor saliendo de golpe? ¿O era la maldición retorciéndose dentro de mí?
Me separé de golpe, respirando agitada, con lágrimas cayendo.
—¿Quién eres? —pregunté con la voz rota.
Rorik me miró con una ternura que me destrozó.
—Somos compañeros, Liora.
—¿En serio? —Mi voz subió de tono, llena de dolor y rabia—. ¿Justo esta noche tienes que burlarte de mí? ¿Después de todo? ¿Te ha enviado esa bruja? ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo confié en ti?
Las lágrimas seguían cayendo. La gente había dejado de corear y nos miraba en silencio. Me sentía expuesta. Vulnerable. Humillada.
Me di la vuelta y salí corriendo del salón, ignorando las llamadas de Lysara y los murmullos. Atravesé los pasillos decorados con luces para el solsticio que ahora me parecían burlonas.
RORIK
Salí detrás de ella como un cachorro al que acaban de regañar. Mi pecho dolía más que cualquier herida. El lazo gritaba que la siguiera, que no la dejara sola con su dolor.
La alcancé en uno de los balcones exteriores, donde la nieve caía suavemente bajo la aurora boreal.
—Liora... espera.
Ella se giró, con los ojos rojos y la respiración entrecortada.
—Déjame en paz, Rorik. Por favor.
Pero no me fui. Me quedé allí, a unos pasos, esperando. Porque aunque ella aún no pudiera sentirlo del todo, yo sí que sabía la verdad.
Éramos compañeros predestinados. Y este Solsticio solo acababa de empezar.