CAPÍTULO 6
LIORA
La luz de la tarde entraba por la ventana de mi cabaña, llenando todo de un dorado invernal. Esta noche sería Nochebuena, y yo seguía sin poder creer que iba a asistir a la fiesta. Con un dragón.
Miré a Rorik, que estaba sentado en el borde de la cama, todavía con la camisa rota y el torso parcialmente vendado. Se le veía demasiado... expuesto.
—No puedes presentarte así en la corte —dije, cruzándome de brazos—. Medio desnudo. Tengo que buscarte algo de ropa.
Rorik levantó una ceja. Y entonces se rió.
Fue una risa profunda, grave, que vibró en mi pecho y llenó toda la cabaña. Como el rumor de una avalancha lejana que se convierte en algo... cálido.
Inesperado.
Peligroso.
Me quedé muda. Esa risa me golpeó en algún lugar bajo el estómago. Un calor traicionero subió por mi cuello y se instaló entre mis piernas. Algo que no sentía desde... ni si quiera recordaba cuándo.
RORIK
Lo olí al instante.
Dulce. Cálido. Como miel derritiéndose sobre nieve fresca. Su excitación. El lazo respondió con fuerza dentro de mí, pero me contuve. Apenas.
—¿Te gusta mi risa, hadita? —pregunté con voz baja y seductora, inclinándome hacia ella—. Tal vez te gusten más cosas de mí.
LIORA
Sentí cómo se me encendían las mejillas. ¡Maldito dragón!
Lo empujé con fuerza en el brazo sano.
—¡Más quisieras, dragón! —escupí, avergonzada y furiosa al mismo tiempo.
Él volvió a reírse, esa risa profunda que me deshacía por dentro.
—Aunque lo niegues... lo huelo —dijo, con los ojos brillantes de diversión y algo mucho más oscuro.
Me tensé como la cuerda de un arco.
—No es verdad.
Rorik se puso de pie lentamente, acercándose. Su presencia era abrumadora.
—Oh, sí. Puedo olerlo. Y tú cada vez que abro la boca para hablarte hueles más fuerte... —dio otro paso—. Cuanto más me acerco...
—¡Basta! —grité, retrocediendo hasta chocar con la mesa—. ¡Esto es absurdo! Vamos a vestirte y punto.
RORIK
—Como quieras, hadita... —murmuré con una sonrisa ladeada.
No necesitaba que buscara ropa. Con un gesto de la mano invoqué mi magia de hielo y escarcha.
Hilos de luz plateada y azul envolvieron nuestros cuerpos.
Mi magia tejió prendas elegantes y dignas de la corte: para mí, una túnica y pantalones blancos como la nieve con detalles de escarcha plateada que brillaban sutilmente. Para ella...
LIORA
El vestido se formó sobre mi cuerpo como si siempre hubiera estado ahí.
Era precioso. Demasiado precioso.
De un blanco invernal con bordes plateados que imitaban copos de nieve en movimiento. El escote era sutil, pero elegante, la falda caía con gracia y brillaba con cada movimiento. Me sentía... hermosa. Como no me había sentido en décadas.
Levanté la vista hacia Rorik.
Se me cortó la respiración.
Estaba impresionante. La ropa mágica se ajustaba perfectamente a su cuerpo poderoso, resaltando sus hombros anchos, su cintura estrecha y esa aura de antiguo guardián.
Los tatuajes de escarcha se veían a través de la tela fina, brillando con suavidad.
Ahora sí que parecía un príncipe de las Montañas Veladas. Peligroso. Magnético.
Pero entonces me di cuenta.
—Un momento... —dije, mirando mi vestido y luego su traje—. ¿A juego? ¿En serio?
Rorik sonrió con esa expresión satisfecha que me daban ganas de golpearlo y besarlo al mismo tiempo.
—Hacemos buena pareja, ¿no crees?
Me quedé mirándolo, ruborizada, furiosa y extrañamente... emocionada. La Noche de inauguración del Solsticio estaba a solo unas horas. Íbamos a presentarnos juntos en la Corte Invernal.
Y para mi sorpresa, la idea no me parecía solo una tortura.