CAPÍTULO 4
LIORA
El fuego crepitaba en la chimenea, pero el silencio entre nosotros era más ruidoso que cualquier tormenta.
Me senté en la vieja silla de madera frente al hogar, dándole la espalda al dragón que ocupaba mi cama. Cada respiración suya me recordaba que no estaba sola. Su presencia llenaba la cabaña entera: un olor a hielo profundo, a montañas lejanas y algo peligrosamente cálido.
—Deberías dormir —dijo con su voz grave desde atrás—. Has perdido mucha sangre curándome.
—No me digas lo que tengo que hacer, dragón —respondí sin girarme.
Escuché cómo intentaba incorporarse. Un gruñido de dolor escapó de su garganta.
RORIK
Dolería menos si me hirieran el ala otra vez. Pero el verdadero dolor era verla tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. El lazo tiraba de mí con fuerza, pero ella seguía atrapada en su maldición. Joven. Herida. Y ahora sabía que yo era un dragón.
—Me llamo Rorik —dije con suavidad, probando las aguas—. No soy como la que te hizo daño. No todos los dragones somos iguales.
Ella soltó una risa corta y amarga.
LIORA
—Rorik —repetí el nombre como si fuera veneno—. Bonito nombre para un ladrón de hogares y destructor de familias.
Me giré por fin. Estaba sentado en mi cama, con el torso vendado y la piel pálida brillando bajo la luz del fuego. Los tatuajes de escarcha en sus brazos se movían lentamente, hipnóticos. Era...hermoso. De una forma salvaje y antigua que me enfurecía.
—Mañana será la primera noche del solsticio —dije con voz dura—. Mi cumpleaños, y el día que más odio del año. Así que perdóname si no confío en el dragón que cayó del cielo justo antes.
Él me miró con una paciencia que me ponía los nervios de punta.
—Lo sé —respondió—. Puedo sentir el solsticio acercándose. La magia está más fuerte. Por eso Vorath atacó justo ahora. Quiere el Corazón de Escarcha para desequilibrar todo el invierno. Si lo consigue... ni tu corte ni mi pueblo estaremos a salvo.
Me crucé de brazos, intentando ignorar cómo las luces decorativas del solsticio lejanas se filtraban por la ventana. Lysara probablemente seguía preparando la fiesta. Luces, música, el anuncio de mi ascenso a Generala...
—No es mi problema —mentí.
Rorik sonrió débilmente
—¿Segura? Porque mientras me curabas, sentí tu magia. Eres noble. Guerrera. Y algo dentro de ti no me dejó morir en la nieve.
LIORA
Quise gritarle otra vez. Quise echarle. Pero tenía razón. Esa maldita chispa cálida seguía ahí, impidiéndome actuar con la cabeza fría.
Me levanté bruscamente y empecé a preparar un té de hierbas curativas. Cualquier cosa con tal de no mirar su estúpido rostro perfecto.
—Solo te estoy curando porque no quiero problemas con la Corte —dije—. En cuanto estés mejor, te vas. No quiero regalos, ni fiestas, ni compañeros predestinados. Solo quiero que el solsticio termine cuanto antes.
RORIK
La observé moverse por la cabaña. Sus movimientos eran precisos, elegantes, pero cargados de rabia contenida.
El lazo me mostraba destellos de lo que podría ser: ella riendo bajo la nieve, nosotros volando juntos, el calor de un vínculo completo.
Pero la maldición era como una sombra negra sobre su corazón.
—No te pido que confíes en mí todavía —dije en voz baja—. Solo... déjame mostrarte algo antes de que me eches.
Me incorporé con esfuerzo y extendí la mano. Una pequeña esfera de luz helada apareció sobre mi palma: un copo de nieve perfecto que brillaba con colores suaves, como una miniatura de aurora boreal. Un regalo simple. Un trozo de mi magia.
—Es solo nieve —dije—. Sin trampas. Sin obligaciones.
LIORA
Me quedé mirando el copo de nieve flotante. Era precioso. Malditamente precioso. Por un segundo, algo dentro de mí quiso aceptarlo. Quiso recordar cómo era disfrutar del Solsticio.
Luego recordé la sangre sobre la nieve. Los cuerpos de mis padres. La risa de la Dragona Negra.
Golpeé la mano de Rorik con fuerza. El copo se deshizo en el aire.
—No quiero tus regalos navideños —escupí—. No quiero nada de ti.
Me di la vuelta y me dirigí a la puerta, necesitaba aire fresco. La nieve caía más fuerte ahora. Mañana sería la Primera noche del Solsticio. Mañana cumpliría 100 años y el mismísimo Eldin, Señor de todo el Bosque Fei, regalaría unos minutos para nombrarme Generala delante de toda la Corte.
Y yo tenía un dragón en mi cama.
Antes de salir escuché su voz una última vez:
—No tienes que enfrentarte sola a lo que viene, Liora.
Cerré la puerta con fuerza, pero sus palabras se quedaron flotando en el aire frío de la noche.
Por primera vez en décadas, la idea de estar sola la Primera noche del Solsticio no me parecía tan reconfortante.