CAPÍTULO 3
LIORA
La cabaña estaba helada cuando llegué, pero al menos era mía. Empujé la puerta con el hombro mientras cargaba al desconocido como un saco de patatas. Su sangre goteaba sobre el suelo de madera y manchaba la alfombra que había tejido hacía años para no recordar tanto la nieve roja.
Lo tiré sin demasiada delicadeza sobre mi cama. El colchón protestó bajo su peso. Era grande. Demasiado grande para mi espacio pequeño y austero. No había guirnaldas aquí. Ni luces flotantes. Ni siquiera una rama de acebo. Solo lo necesario para sobrevivir.
— Idiota —murmuré mientras encendía el fuego con un gesto de la mano. Las llamas azules de magia invernal cobraron vida—. ¿Por qué no te dejé allí?
Me quité la capa manchada de sangre y empecé a curarlo.
Limpié las heridas con un frasco de agua encantada del Río de Plata, apliqué ungüentos de escarcha curativa y cosí las más profundas con aguja e hilo.
Mis manos temblaban ligeramente. No por debilidad.
Por esa maldita sensación en el pecho que no se iba.
La magia curativa brotó de mí, alimentada por mi propia sangre, me debilitaba, pero comiendo y bebiendo se me pasaría pronto.
Estaba terminando de vendarle el torso cuando sus ojos se abrieron.
RORIK
El dolor seguía allí, pero era más soportable. Una calidez extraña me rodeaba. Abrí los ojos y la vi.
Liora estaba inclinada sobre mí, concentrada en mi herida. Su cabello rubio platino caía como una cascada sobre su hombro. Olía a nieve fresca y a... furia contenida.
Mi compañera.
Tan cerca que el lazo rugía dentro de mí.
— Gracias... —dije con voz ronca.
Ella se tensó como un arco a punto de disparar.
LIORA
Su voz era grave, profunda, como el viento entre montañas lejanas. Levanté la mirada y me encontré con esos ojos glaciales que parecían verme por dentro.
— No me des las gracias —respondí cortante—. En cuanto puedas caminar, te vas de mi bosque.
Intentó incorporarse, pero hizo una mueca de dolor.
Fue entonces cuando lo noté. En su espalda, donde la camisa rota dejaba ver la piel, había marcas.
Tatuajes de escarcha que se movían ligeramente, como si tuvieran vida propia.
Y en su hombro... escamas. Pequeñas, iridiscentes, que aparecían y desaparecían según su respiración.
Mi sangre se congeló.
Di un salto hacia atrás, derribando el frasco de agua encantada. La lanza voló a mi mano en un segundo.
—¡Eres un dragón! —grité. Mi voz resonó en la cabaña como un trueno—. ¡Un maldito dragón!
RORIK
El grito de Liora fue puro invierno desatado. Sus ojos, antes fríos, ardían ahora de rabia y algo mucho más profundo: dolor.
— Liora, espera...
— ¡No te atrevas a decir mi nombre! —rugió, apuntándome con la lanza. Su mano temblaba, pero no de miedo. De furia—. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a terminar lo que empezó esa bruja negra hace décadas?
Intenté sentarme, ingnorando el dolor. El lazo me gritaba que la calmara, que le explicara, pero ella estaba en modo guerrera pura.
— No vengo a hacerte daño. Vorath, el Dragón Rojo, destruyó mi hogar. Soy el guardián del Corazón de Escarcha y me lo robó. Estoy huyendo de él. Caí aquí por casualidad... y por destino.
Ella soltó una risa amarga que me dolió más que las heridas.
— ¿Destino? ¡No me hables de destino, dragón! —Dijo dando un paso adelante, la punta de la lanza contra mi pecho—. Una de los tuyos mató a mis padres una Nochebuena. Me maldijo. ¡Y ahora apareces tú, sangrando en mi cama, justo antes de mi centésimo cumpleaños! ¿Crees que voy a creerme tu historia?
LIORA
El corazón me latía con tanta fuerza que creía que se me rompería el pecho.
Un dragón.
En mi casa. En mi cama. Después de todo lo que había pasado.
Quería clavarle la lanza. Quería echarlo a patadas a la nieve. Pero mis pies no se movían. Esa maldita chispa cálida seguía ahí, tirando de mí, susurrándome que no lo hiciera.
— Vete —dije con la voz temblorosa de rabia—. Vete antes de que decida que vale la pena mancharme las manos.
El dragón me miró con una calma que me enfureció aún más. Como si entendiera mi dolor. Como si lo esperara.
— No puedo irme todavía —respondió con suavidad—. Estoy demasiado débil. Y tú... tú tampoco quieres que me vaya. Aunque aún no sepas por qué.
Di un paso atrás, horrorizada. ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo se atrevía?
La noche fuera de la cabaña era cada vez más oscura. Mañana sería la Primera noche del Solsticio. Mi cumpleaños. El día del año que más odiaba.
Y ahora tenía un dragón herido en mi casa.
El espíritu del solsticio debía estar riéndose de mí.
RORIK
La vi luchar contra sí misma. El lazo era fuerte, incluso si la edad le impedía reconocerlo. Podía sentir su conflicto interno. Su odio. Su atracción involuntaria.
— Deja que me quede esta noche —le pedí en voz baja—. Mañana, si aún quieres que me vaya, lo haré.
Ella no respondió. Solo clavó la lanza en el suelo de madera con fuerza, se dio la vuelta y se sentó frente al fuego, dándome la espalda.
Pero no me echó.
Y eso, por el momento, era suficiente.