Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

LIORA

La nieve caía suave sobre los balcones del Palacio de Cristal Eterno, tiñendo todo de un blanco que, para mí, solo sabía a cenizas.

Estaba de pie junto a una de las columnas talladas con runas antiguas, observando cómo las hadas de la corte colgaban guirnaldas luminosas que flotaban solas y cantaban villancicos en voz baja.

El aroma a pino fresco, canela e hidromiel caliente llenaba el aire.

Todo el palacio se preparaba para la gran fiesta de inicio del Solsticio.

Mi noche favorita del año...¡JA! sino fuese porque es la más odiada.

— Liora —la voz de Lysara sonó suave a mi espalda, como siempre. Mi mejor amiga. Mi princesa. La única persona en todo el reino que toleraba mi mal humor constante—. ¿Este año por fin vendrás a la fiesta?

No me giré. Seguí mirando la nieve caer.

—Ya sabes la respuesta, Lysara.

La escuché suspirar. Se acercó y se colocó a mi lado, con su vestido plateado que brillaba como la aurora. Siempre había sido hermosa, llena de luz. Todo lo que yo no era.

— Liora... vas a cumplir cien años exactamente esa noche. Cien. Es un hito. El Señor del Bosque Fei, Eldin, vendrá para nombrarte Generala del Ejército del Bosque Invernal. Es tu derecho por sangre y por méritos. Has sido la mejor guerrera durante décadas.

Mantuve la mandíbula apretada. La lanza que llevaba a la espalda parecía pesar más de lo normal.

— Y quién sabe —continuó ella, con esa esperanza irritante que nunca perdía—. Tal vez esa noche conozcas a tu pareja. El lazo se manifiesta al cumplir los 100 años.

Algo dentro de mí se rompió.

Me giré con violencia, los ojos ardiendo de furia contenida durante décadas.

—¡He dicho que NO! —grité. Varias hadas cercanas se dieron la vuelta asustadas, pero no me importó—. ¡No quiero tu fiesta, ni tu título, ni tu maldito lazo, ni nada que tenga que ver con Nochebuena! ¡Voy a hacer la patrulla, princesa!

Dije la última palabra con todo el veneno que pude. Me di la vuelta y salí corriendo por los pasillos de cristal, ignorando cómo Lysara me llamaba. Mis botas resonaban contra el suelo mientras atravesaba las puertas principales y me adentraba en el bosque.

El frío me golpeó como un viejo amigo. Aquí afuera, lejos de las luces y las canciones, podía respirar.

La nieve crujía bajo mis pasos. Mi aliento formaba nubes blancas.

Patrullar las lindes era lo único que me mantenía cuerda.

Aquí no había decoraciones. Aquí solo había peligro, silencio y la posibilidad de clavar mi lanza en algo que lo mereciera.

Caminé durante casi una hora, revisando las runas protectoras de los límites del Bosque Invernal. Todo estaba en calma. Demasiada calma.

El Solsticio se acercaba y la magia del aire se sentía más densa, más...expectante. Odiaba esa sensación. Me recordaba demasiado a aquella noche.

Estaba a punto de dar la vuelta cuando lo sentí.

Un peso enorme cayendo del cielo.

Levanté la lanza al instante, el corazón latiendo con fuerza.

Una figura cayó entre los árboles y golpeó la nieve a solo unos metros de mí.

Un hombre. Alto, de cabello oscuro con mechones plateados, piel pálida marcada por tatuajes de escarcha que brillaban débilmente.

Sangraba profusamente por el costado y el hombro.

Su ropa estaba rota y quemada en algunos lugares.

Un intruso. Posiblemente peligroso.

Me acerqué con cautela, la punta de la lanza a centímetros de su pecho. Sus ojos se abrieron un instante —de un azul glacial intenso— y me miraron con una intensidad que me desestabilizó.

Había algo en esa mirada... algo que tiraba de mí de una forma que no entendía y que, por tanto, me enfurecía aún más.

—¿Quién eres y qué haces en mis lindes? —exigí, con voz fría.

Intentó hablar, pero solo consiguió toser sangre. Sus ojos no se apartaron de los míos ni un segundo. Luego, su cuerpo se relajó y perdió el conocimiento.

Me quedé allí, con la lanza aún en alto, mirando al desconocido que había caído literalmente del cielo frente a mí. Era absurdamente guapo, incluso herido y cubierto de sangre. Eso solo me cabreó más.

No es mi problema.

Di un paso atrás, dispuesta a dejarlo allí. Que la nieve se lo llevara. Que el bosque decidiera su destino.

Pero algo me detuvo.

Una chispa estúpida, cálida y molesta en el centro del pecho. Como si el maldito espíritu del solsticio que tanto odiaba estuviera susurrándome al oído.

— Maldición —gruñí entre dientes.

Bajé la lanza, me agaché y, con un esfuerzo considerable, cargué al desconocido sobre mi hombro. Pesaba como una maldita losa de hielo macizo.

— Solo esta vez —me dije a mí misma mientras empezaba a caminar de vuelta a mi cabaña en los límites del bosque—. Solo porque no quiero tener que explicar un cadáver fei en mi territorio.

Pero mientras lo llevaba, con su sangre manchando mi capa, no pude ignorar que, por primera vez en muchas décadas, algo dentro de mí se había... movido.

Y eso me aterrorizaba más que cualquier dragón.