Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1)
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CAPÍTULO 1
RORIK
El viento cortaba como cuchillas de obsidiana mientras batía mis alas contra la tormenta. Cada aleteo enviaba una descarga de dolor a través de mi ala derecha, donde las garras envenenadas del maldito dragón rojo, Vorath, habían rasgado escamas y carne.
La sangre, caliente y brillante contra la nieve que caía, dejaba un rastro que cualquier cazador podría seguir.
No podía caer. Todavía no.
Mi nombre es Rorik, Guardián del Hielo Eterno, señor de las Montañas Veladas.
Hace solo tres noches custodiaba un gran tesoro que no solo contenía oro y gemas antiguas, sino el Corazón de Escarcha: el artefacto que mantenía el equilibrio del solsticio en estas tierras.
Ahora era un fugitivo herido, perseguido por Vorath, el que había quemado mi hogar y se había apoderado de él.
El bosque que se extendía debajo de mí brillaba con una magia diferente. No era el hielo puro y salvaje de mis montañas. Era algo más antiguo, más vivo. El Bosque de las Hadas Invernales. Las lindes del bosque. Un territorio que pocos dragones se atrevían a cruzar sin permiso.
Pero esa noche no tenía elección.
entonces sentí el tirón.
Fue como si el Corazón de Escarcha que había perdido hubiera encontrado un nuevo lugar donde latir. Dentro de mi pecho, mi propio corazón —el verdadero— se despertó con violencia. Un calor imposible en medio del frío eterno. Un reconocimiento del alma, que hizo que mis alas fallaran por un segundo.
Mi compañera.
Allí abajo, moviéndose entre los árboles como una sombra plateada, había una hada. Alta, guerrera, con el cabello del color de la nieve bajo la luna y ojos que parecían contener todas las tormentas del invierno.
Portaba una lanza de cristal que brillaba con runas. Su postura era de pura amenaza contenida.
Era ella, Liora, su nombre vino a mí.
Pero era joven aún. Joven aún para reconocer plenamente el lazo. Su cuerpo y su magia todavía no habían madurado lo suficiente para sentir lo que yo sentía con tanta fuerza. Ni siquiera podía saber que existía un vínculo entre nosotros.
Y, sin embargo, algo más parecía estar... mal. Una sombra oscura enredada en su esencia. No era solo juventud. pero el dolor de mis heridas no me dejaba pensar con claridad.
El veneno del fuego negro de Vorath ardía en mis venas. Mis alas fallaron. El cambio de forma fue forzado y doloroso: huesos rompiéndose, escamas convirtiéndose en piel humana, alas plegándose en marcas de escarcha sobre mi espalda. Caí los últimos metros como un peso muerto.
Choqué contra la nieve blanda a pocos pasos de ella. La sangre tiñó el blanco. Intenté incorporarme, pero mis piernas cedieron. El mundo se inclinó violentamente.
La vi acercarse, cautelosa, con la lanza apuntando directamente a mi corazón. Sus ojos eran fríos como el invierno más profundo, llenos de desconfianza y un dolor antiguo que reconocí al instante.
Mi compañera estaba rota.
Intenté hablar, pero la sangre subió por mi garganta. Solo conseguí mirarla, dejando que el lazo gritara en silencio lo que mis palabras no podían.
Eres mía, aunque tú aún no puedas saberlo.
El mundo se oscureció en los bordes. Mi cuerpo humano, más frágil en comparación con mi forma verdadera, empezaba a fallar. La última imagen que tuve antes de perder el conocimiento fue su rostro inclinándose sobre mí, el ceño fruncido, la duda en sus ojos.
Y algo más. Una chispa. Pequeña, casi invisible.
Tal vez, solo tal vez, una parte de ella no quería dejarme morir.