Convertida en Deseo CAPÍTULO XX
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CAPÍTULO XX

La celda era pequeña. Apenas un cubo de concreto desnudo, sin ventanas, sin detalles. Una única lámpara pendía del techo, parpadeando a intervalos erráticos. El piso, de losa fría, devolvía el eco de cada uno de sus movimientos.

Despertó con un sacudón seco, como si alguien la hubiera arrojado desde el sueño hasta un vacío helado.

Su respiración salió entrecortada, irregular, y lo primero que sintió fue el frío.

No un frío abstracto, sino una mordida directa, subiendo desde la piedra bajo sus pies hasta trepar por la columna vertebral, metiéndose entre sus músculos como un cuchillo invisible.

Abrió los ojos despacio, y la luz la hirió.

Una lámpara solitaria colgaba del techo con un cable torcido, parpadeando como un ojo enfermo.

Cada destello trazaba sombras que se deformaban en las paredes, haciendo que el espacio pareciera más grande y más pequeño al mismo tiempo.

Intentó moverse, y el ruido de metal contra piel la detuvo.

Sus muñecas no respondieron; al bajar la mirada vio correas ásperas, correas que se hundían en su carne.

Trató de levantar un pie, y lo mismo: tobillos amarrados, como si la hubiesen anclado a la silla.

El golpe de realidad le llegó cuando notó la tensión en la garganta.

Un grillete, frío, apretado contra su cuello, la obligaba a mantener la espalda recta, rígida, erguida como si fuera una estatua de carne.

Trató de liberarse, o al menos doblarse aunque fuera un poco, pero el acero respondió con un tirón brutal que la devolvió a la postura impuesta. Estaba inmovilizada.

El siguiente descubrimiento fue peor. Parpadeó, buscó su ropa, algún resto, un jirón…

nada. Estaba desnuda por completo, bajo aquella luz que no iluminaba del todo pero tampoco perdonaba nada.

Su cuerpo temblaba, no solo por el frío, sino por la humillación de saberse observada, aunque no viera a nadie.

Se abrazó con la mirada, intentando cubrirse, pero no podía mover los brazos.

Un calor vergonzoso le subió a la cara, mezclado con un temblor que le recorrió las piernas.

Alzó la vista, buscando un resquicio, una salida, algo que le diera sentido.

Solo encontró muros. Paredes de concreto húmedo, sin ventanas, sin grietas, como si hubiesen sido fundidas de una sola pieza.

El techo era bajo, opresivo, y el suelo reflejaba destellos de la lámpara como un espejo sucio, devolviéndole la imagen distorsionada de su propia desnudez.

El olor era sofocante: humedad vieja, hierro oxidado, y algo más tenue, indefinible, que se le metía en la garganta como un recuerdo de miedo antiguo.

No recordaba cómo había llegado allí. Ese vacío en la memoria era lo más cruel. Intentó rescatar imágenes, pero solo hallaba fragmentos: un pasillo, una voz, quizá un golpe. El resto era negrura. Y ahora, aquí. Atada, forzada, encerrada en un cubo sin salida.

El pánico subió despacio, primero como un hormigueo en el estómago, luego como una ola que le apretó el pecho.

Se revolvió contra las ataduras, solo para sentir cómo la correa se hundía más y más en sus muñecas.

El eco de sus jadeos rebotaba en las paredes, devolviéndole un sonido ajeno, como si alguien más respirara con ella.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que no cayeron. Las contuvo como quien guarda un secreto, porque sabía —instintivamente— que aquí llorar no serviría. Giró la cabeza con torpeza, buscando algo, cualquier cosa que le diera sentido. Entonces lo vio.

En un rincón, al borde de la sombra, yacían jirones. Su ropa, desgarrada, abandonada como la piel de un animal cazado. Estaba cortada de forma irregular, como con tijeras o quizás un cuchillo. No había cuidado, no había respeto. Solo urgencia.

—¿Qué es esto? —jadeó, la voz apenas un susurro tembloroso.

No hubo respuesta.

La celda era un mundo encerrado en sí mismo, sin tiempo, sin esperanza.

Elaine jadeó otra vez, y el sonido de su aliento se estrelló contra los muros, como un animal ciego buscando la salida.

Las lágrimas caían sin elegancia, sin contención, dejando un rastro salado que se mezclaba con el sudor frío que le cubría la piel.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Minutos.

Horas. ¿Días, quizá? El hambre no era aún punzante, pero su cuerpo, al descubierto y expuesto, comenzaba a doler como si el mismo aire la castigara por estar viva.

El grillete en su cuello era pesado, metálico, cruel.

La obligaba a mantener una postura que, con cada segundo, se volvía más insoportable.

Las correas en sus muñecas que la mantenían con los brazos sobre los apoyabrazos de la silla, la hacían escocer la carne con cada espasmo involuntario.

Se sentía inmunda, despojada de todo, incluso del derecho a encogerse en sí misma.

—¿Por qué…? —sollozó, con la garganta rota, la voz ya una sombra de lo que fue—. ¿Qué quieren de mí?

No hubo respuesta. El silencio era total, excepto por el zumbido monótono y grave de algo oculto, como si el lugar entero respirara con una vida ajena a la suya.

Pensó en David. Su esposo. Su ancla en el mundo real. Su sonrisa torpe cada mañana, la manera en que murmuraba su nombre medio dormido. La memoria fue una daga girando lento en su pecho. ¿Lo habría visto por última vez? Nunca más. Nunca más.

El pánico le cortó el aire.

Quiso gritar, pero ya lo había hecho antes. Gritó hasta que sus cuerdas vocales sangraron en silencio. La celda no devolvía ni siquiera un eco amable. Era como gritarle al abismo: sin retorno, sin sentido. Solo ella… y la presencia invisible de quien la había traído allí.

Elaine cerró los ojos con fuerza y respiró hondo, obligándose a calmar el terror que le subía por la garganta.

Tenía que recordar. Tenía que reconstruir lo que había pasado.

Su mente estaba dispersa, como si alguien hubiera roto los recuerdos en pedazos.

Hizo un esfuerzo sobrehumano por ordenarlos.

Poco a poco, imágenes sueltas comenzaron a aparecer: la calle cerca de su casa, el sonido de unos pasos detrás de ella, una voz amable que le hablaba…

una mujer. La convenció de algo. La hizo acercarse a un auto.

Después… oscuridad. El olor a goma y metal.

El maletero. La habían metido en el maletero.

Y entonces, como un destello frío y nítido, apareció el nombre.

Clara.

No sabía de dónde salía esa certeza. No recordaba haberla visto antes, ni tener ninguna relación con ella. Pero estaba segura. La mujer que la había engañado, la que la había metido en ese auto y la había traído hasta aquí… se llamaba Clara.

Ese nombre era un cuchillo helado en su mente. ¿Quién era esa mujer? No se conocían. Una conversación corta, una sonrisa que ahora parecía mentira. ¿Había algo detrás? ¿Celos, venganza, locura? ¿Qué podía justificar este horror?

La pregunta ardía, pero la respuesta no llegaba. Solo las paredes, sordas. Solo el frío. Solo el miedo.

Elaine bajó la cabeza tanto como el grillete le permitía, y se meció apenas, como si el movimiento la protegiera de la realidad. El cuerpo temblaba. La mente comenzaba a fragmentarse, a deslizarse entre imágenes —su hogar, la luz del sol, la piel cálida de David— y la brutalidad de este encierro.

No era solo miedo. Era algo más profundo, más primitivo: el saber, sin lugar a dudas, que nadie vendría a salvarla.

Y que el propósito de todo esto… aún no había comenzado.

Hora 1

Al principio, el miedo era puro. Luego vino el dolor.

Elaine jaló contra sus ataduras, una y otra vez, hasta que sus muñecas ardieron bajo el roce áspero del cuero.

Cada movimiento era una súplica instintiva, una batalla perdida antes de empezar.

No había holgura. No había error. El cuero era grueso, curtido para resistir más que simple fuerza humana, y los nudos…

eran obra de alguien que sabía muy bien cómo doblegar cuerpos rebeldes.

—¡Oigan! —gritó, con la garganta hecha polvo—. ¡Déjenme salir! ¡No tienen derecho!

Su voz rebotó en las paredes, flaca, quebrada, sin más poder que el susurro de una vela a punto de extinguirse. Gritó otra vez. Y otra. Hasta que ya no quedó nada. Solo el jadeo rasposo de una garganta lacerada por el terror y la impotencia.

Entonces vino el ardor en la espalda.

La posición a la que estaba forzada —la espalda erguida, los hombros tensos hacia atrás, el cuello estirado por el grillete— comenzaba a clavarse como cuchillas invisibles en su carne.

El dolor empezó como una presión, luego se volvió punzante, espasmódico.

Cada músculo se tensaba en un intento inútil por ajustarse.

No había cómo relajarse. No había apoyo.

El cuello le dolía como si llevara horas colgando de una soga invisible, y la espalda… horas cociéndose a fuego lento.

Pero fue el abdomen lo que la hizo llorar en silencio.

El dolor ahí era más íntimo, más injusto.

Como si algo se desgarrara por dentro con cada respiración contenida, con cada contracción involuntaria de su cuerpo encadenado.

No sabía si era por la tensión o por algo más profundo, más oscuro.

Algo que aún no comprendía, pero que su cuerpo empezaba a sentir… a anticipar.

Las lágrimas volvieron, calientes, inútiles. Se deslizaron por su rostro, cayeron sobre su pecho desnudo y desaparecieron en el suelo sucio. El frío ya no era solo físico, sino existencial. Estaba sola. Sola y vulnerable. Y, lo peor, quedaba dispuesta y a la vista de quien la hubiera traído aquí.

Un susurro de paranoia la rozó: ¿la estaban observando ahora? ¿Desde una rendija, una cámara, un rincón que no podía ver?

Su respiración se volvió errática. El grillete le tiraba de la garganta cada vez que intentaba moverse, como si la castigara por desobedecer la quietud. Como si el dolor fuera una instrucción.