CAPÍTULO XX #2
Elaine cerró los ojos con fuerza. Quiso pensar en algo bello. En el calor del sol en su piel, en el perfume del café por la mañana. Pero la memoria se deshacía como niebla ante la sombra aplastante de su realidad.
—¿Por qué…? —murmuró una vez más, apenas audible.
Nadie respondió.
Solo un zumbido como venido de una maquinaria vieja… y el eco hueco de su propia desesperación.
Hora 2
Cuando la luz se apagó de repente, un pánico más profundo la inundó.
Oscuridad total.
El zumbido de fondo creció, llenando la celda como una niebla invisible, envolviéndola.
Primero fue la luz.
Un resplandor súbito desgarró la penumbra.
Un leve zumbido, casi imperceptible, se filtró en el silencio de la celda.
Elaine levantó la cabeza, confundida. Al principio pensó que eran alucinaciones.
De repente, una luz intensa y blanca se encendió de golpe frente a ella, tan brillante que le hizo entrecerrar los ojos con fuerza y apartar la cara.
Parpadeó varias veces, con el corazón latiéndole con violencia.
Cuando por fin pudo mirar, imágenes borrosas comenzaron a formarse en la pared.
Rostros sin rasgos definidos. Cuerpos encorvados en posturas antinaturales.
Muñecas con las manos rotas. Flores que se marchitaban a una velocidad imposible, pudriéndose ante sus ojos.
Elaine se tensó contra la pared, respirando agitada. Por un momento creyó que estaba perdiendo la razón. Pero entonces lo comprendió: no eran visiones. Alguien estaba proyectando imágenes frente a ella. Y esas imágenes no eran inocentes.
Elaine pestañeó. El estómago se le revolvió.
Frente a ella, la pared desnuda se convirtió en un lienzo maldito. No hubo anuncio. No hubo sonido. Solo la aparición fantasmal de una proyección muda que comenzó a parpadear, convulsa, como una pesadilla sacada de lo más enfermo del subconsciente.
Elaine abrió los ojos apenas, y el mundo se fracturó.
Una ráfaga de imágenes comenzó a fluir, violentas, superpuestas, sin lógica ni piedad.
Rostros borrosos aparecían uno tras otro: rostros femeninos, con la piel tensada en muecas de sufrimiento o éxtasis—no podía distinguir cuál.
Algunos lloraban. Otros solo miraban al vacío, con ojos apagados.
Otros gritaban sin sonido, la boca abierta en un silencio aún más terrible que el grito.
Cuerpos encorvados surgían en flashes breves, contorsionados en posiciones antinaturales.
Las muñecas, siempre las muñecas, se mostraban rotas en ángulos exagerados, colgando como si hubieran sido despojadas no solo de huesos, sino de voluntad.
Flores marchitas aparecían entre cada secuencia, aceleradas en su agonía, cerrándose sobre sí mismas, ennegrecidas, disueltas en polvo que luego parecía formar nuevos rostros.
Elaine pestañeó, y el estómago se le retorció como si algo vivo intentara salir de él. La visión era una colmena de caos visual, diseñada para quebrarla. Para demostrarle que no había lógica aquí, solo un arte cruel de deformar la belleza hasta convertirla en castigo.
Elaine no podía respirar.
Hora 8
Las imágenes seguían fluyendo, una tras otra, en un bucle infernal.
La pared era una herida abierta que vomitaba visiones imposibles.
La proyección no se detenía; no tenía final.
Los rostros borrosos volvían. Las muñecas quebradas.
Las flores que morían y volvían a nacer solo para marchitarse otra vez, más deprisa y con mayor crueldad.
Todo repetido, como una ceremonia demente de símbolos sin sentido.
El estupor la tomó primero, como un golpe seco en el pecho. Su mente, aún tambaleante por el encierro, no podía entender lo que veía. El mundo tenía reglas, ¿no? El dolor tenía causa. El horror debía tener explicación. Pero esto…
Esto no era de este mundo.
Quiso apartar la vista, pero los ojos se le abrieron solos.
El cuerpo, paralizado por el grillete, no le obedecía.
Cada nueva imagen se incrustaba como un clavo ardiente en la corteza de su conciencia.
Perplejidad. Eso sintió. Una incapacidad absoluta de comprender por qué alguien, quien fuera, había creado semejante desfile de aberraciones.
Pero luego llegó el miedo. Crudo, antiguo. Ese miedo animal que no razona ni pregunta. El tipo de miedo que te dice: esto no es humano, y tú no deberías estar viendo esto.
—No… —susurró, la palabra temblando, más un vómito emocional que lenguaje.
El rechazo surgió entonces, visceral, un grito mudo dentro de su pecho. Cerró los ojos. Las lágrimas fluían sin permiso. Pero era inútil. Las imágenes seguían ahí, bajo sus párpados. Pegadas como una piel nueva, una membrana de pesadillas entre ella y la realidad.
Los pensamientos de Elaine comenzaron a fragmentarse.
Esto no es real. No puede ser real. ¿Por qué me están haciendo esto?
¿Qué quieren de mí? ¿Qué quieren que vea?
Las imágenes no paraban.
Y en algún momento, Elaine ya no supo si las veía… o si las era.
Una mujer de cabellos oscuros —¿ella? — se arqueaba en la pantalla, atada, rota. Luego la escena cambiaba, y estaba dentro del campo de flores muertas, con los pétalos pegándose a su piel como lenguas marchitas. Sentía su tacto. El polvo de la descomposición entraba en su boca. Parpadeó… ¿o soñó?
Estoy soñando. Tiene que ser eso. Una pesadilla. Una demasiado vívida, demasiado precisa. Pero… ¿cuándo empezó? ¿Acaso había dormido alguna vez?
Los párpados le pesaban, pero ya no sabía si estaban abiertos o cerrados.
El mundo oscilaba entre la oscuridad y la luz artificial con una cadencia que no podía seguir.
Había perdido el ritmo de su respiración, el conteo de sus pensamientos.
Por momentos, el dolor desaparecía. Por momentos, era solo una presencia lejana, como si habitara otro cuerpo.
Y luego volvía.
Como una oleada de fuego líquido, la realidad regresaba: las ataduras. El collar. El frío. La inmovilidad. El sabor a óxido en la lengua. Y con eso, la imagen de la mujer. Alta. Rubia.
Clara.
Su silueta volvía a surgir en fragmentos. Un perfume que no debía recordar. Una risa suave, de fondo. Unos ojos que miraban demasiado profundo. ¿La conocía? No… sí… algo había. Algo que evitaba tocar, como una herida que aún supura.
Elaine la odiaba.
Con una fuerza nueva, con un impulso que nacía del centro de su pecho como un alarido sin voz. No por lo que le hacía ahora, sino por lo que le había quitado, aunque no pudiera nombrarlo aún. El odio era lo único firme, lo único real.
Pero todo volvía a disolverse. A perder contorno.
¿Estaba viendo aún la pantalla? ¿O ahora estaba dentro de ella, atrapada en esa secuencia infinita de símbolos y cuerpos, de flores y huesos? El tiempo ya no tenía sentido. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Un día entero?
Y entonces, por un instante, Elaine se vio a sí misma desde fuera.
Una figura encorvada en una silla metálica, desnuda, temblorosa. Una criatura rota que aún intentaba respirar.
—Despierta… por favor —musitó con los labios partidos, aunque no sabía si hablaba con ella… o con el recuerdo de sí misma.
Hora 14
Y entonces comenzaron los audios.
Susurros femeninos, uno tras otro, superpuestos, en un círculo creciente que parecía no venir de una dirección específica, sino de todas. Voces que se metían por los oídos y se anidaban en la mente como larvas. Algunas dulces. Otras rotas. Todas venenosas.
“Obedece.”
“No eres nada.”
“Resistencia es dolor.”
Las palabras la rodeaban como moscas. No, no solo rodeaban… reptaban, se deslizaban dentro de ella. Como si cada frase fuera una orden hipnótica, un dictado ancestral que no podía rechazar.
Elaine apretó los dientes con fuerza. Cerró los ojos como una niña que cree que si no ve el monstruo, este desaparecerá.
“Obedece.”
“No eres nada.”
“Resistencia es dolor.”
—No escuches… no mires… —musitó, más para sí que como súplica a alguna divinidad ausente.
Pero era inútil.
Incluso con los ojos cerrados, las imágenes persistían.
Parpadeaban como estigmas tras sus párpados.
Veía a una mujer con la cara cosida en cruz.
A otra que se cortaba el cabello en bucles que lloraban sangre.
Un campo de mariposas negras descomponiéndose en el aire.
Y en medio de todo, la silueta de una figura: alta, serena, inmóvil.
¿Era Clara?
Las voces insistieron, ahora más cerca, más íntimas:
“Resistencia es dolor.”
Elaine sintió que su mente resbalaba hacia un abismo que no comprendía. No estaba siendo interrogada. Estaba siendo reconfigurada.
Y ni siquiera sabía… para qué.
Las voces no cesaban.
No hablaban, rezaban. Como un coro de miles de sombras susurrando al oído del mundo. Siempre femeninas. Siempre iguales. Cambiaban de tono, de ritmo, a veces sollozantes, otras imperiosas, pero siempre con las mismas palabras. Las mismas frases. Una y otra vez. Una y otra vez.
“Obedece.”
“No eres nada.”
“Resistencia… es dolor.”
A veces sonaban suaves, como el canto de una madre.
Otras, eran cuchillos. Cuchillos dulces que cortaban despacio.
Elaine no podía escapar de ellas. No provenían de un solo punto; estaban dentro de su cráneo, vibraban en su pecho.
Las sentía como si fueran su propio pensamiento que había olvidado que alguna vez le perteneció.
“Obedece.”
“No eres nada.”
“Resistencia es dolor.”
Basta… basta… pensó, pero su mente ya no tenía fuerza para oponerse. Intentó taparse los oídos, pero sus manos estaban amarradas. Intentó desconectarse, volar lejos, convertirse en humo… pero ni siquiera eso era suyo.
Las voces eran constantes. Cíclicas. Como si intentaran lavarla por dentro, borrarle lo que era. Cada palabra se repetía siempre igual, pero más profunda. Más íntima. A veces con su propia voz.
“Obedece…”
“Obedece…”
“Obedece…”
La palabra se deformó. Perdió sentido y se convirtió en sensación. En calor. En picor bajo la piel. Como si obedecer fuera la única manera de detener el ardor del alma que no sabía cómo mantenerse unida.
Y luego venía el desprecio.
“No eres nada.”
“Nada.”
“Nada…”