CAPÍTULO XIX
La tarde caía suave sobre el barrio residencial, un rincón donde las casas parecían repetirse como cuentas de un mismo rosario: techos a dos aguas, jardines con rosales apagados por el invierno, luces cálidas que iban encendiéndose una a una cuando el sol descendía.
Dentro de una de esas casas, ella vivía en un mundo que parecía diseñado para la quietud.
El olor a guiso llenaba la cocina. Una olla de hierro hervía perezosa sobre la hornilla, dejando escapar nubes de vapor que empañaban la ventana.
Ella la revolvía con paciencia, sujetando el cucharón de madera con ambas manos, como si ese gesto simple mereciera toda su atención.
Llevaba un suéter de lana blanda, ya estirado en las mangas, con un par de bolitas en la tela que jamás le molestaban.
El cabello recogido en un moño bajo, algunos mechones cayendo por su frente.
Sin maquillaje. Ni lo necesitaba ni le gustaba.
Su rostro, liso y claro, tenía una serenidad infantil.
La mesa del comedor ya estaba puesta: dos platos de loza blanca, copas sencillas de vidrio, servilletas dobladas con esmero. Un jarrón con tres margaritas descoloridas se inclinaba apenas hacia un lado, como si también se hubieran cansado de sostener la rutina.
—¿Ya casi, cariño? —preguntó una voz masculina desde la sala.
—Cinco minutos —respondió Elaine con dulzura, sin dejar de revolver la olla.
Su esposo, David, estaba hundido en el sillón, con los pies enfundados en pantuflas, hojeando el periódico como si aún tuviera importancia.
El noticiero murmuraba en la televisión, pero él parecía más interesado en el crucigrama de la última página.
Llevaban seis años casados y se entendían sin necesidad de palabras largas: él la abrazaba en la mañana antes de salir a trabajar, ella le dejaba un café listo, compartían cenas sencillas, caminaban los domingos al parque.
Desde que Elaine tomo la plaza de maestra y ya no tenía que hacer esos largos viajes por trabajo, todo era más tranquilo.
Nada era extraordinario, y sin embargo todo era confortable.
Elaine apagó la hornilla y sirvió el guiso con cuidado.
El aroma se expandió por la casa, mezclado con el pan recién calentado en el horno eléctrico.
Se sentaron frente a frente. Ella le sonrió con la tibieza de quien no espera nada más que ese momento compartido.
Como de costumbre, David le acarició la mano antes de probar el primer bocado.
Después de la cena, Elaine recogió los platos y lavó con movimientos automáticos, disfrutando de la tibieza del agua en sus dedos.
Tarareaba una melodía infantil, casi sin darse cuenta: una de las canciones que solía cantar en la escuela.
Porque Elaine era maestra de kínder, y ese mundo de colores, creyones y voces pequeñas había moldeado su vida desde que era joven—o, mejor dicho, desde que su nueva memoria empezaba.
Al día siguiente tenía planeado un proyecto de manualidades: mariposas de papel para colgar en el aula.
A menudo se quedaba despierta hasta tarde recortando moldes, preparando cajas de crayones, pensando en qué palabras usar para alentar a los niños más tímidos.
Su escritorio en la escuela era un caos de témperas, pegamento y recortes, pero ella se movía en ese desorden como si fuera un jardín ordenado por leyes invisibles.
En el barrio, la conocían como “la señorita Elaine”, aunque ya no era señorita, sino esposa.
Su sonrisa calma, su voz clara, sus modales pulcros hacían que hasta los vecinos más hoscos suavizaran el gesto al cruzarla.
Nunca levantaba la voz. Nunca discutía. Todo en ella era ligereza, como si no hubiera nada debajo de esa superficie amable.
Y, de hecho, no lo había. Elaine no recordaba el otro mundo, su vida alterna en la agencia, la otra versión de sí misma.
Su pasado era un cuaderno en blanco, sin tachaduras.
Sus mejores recuerdos eran los de una vida ya instalada: la primera clase en el kínder, la primera cena en esta misma casa, la primera vez que David le tomó la mano en una fiesta vecinal.
No había sombras ni preguntas. Era feliz, o al menos, todo lo que podía significar felicidad en un corazón limpio de cicatrices.
Mientras secaba los platos, escuchó un coche detenerse frente a la casa. Unos segundos después, el timbre sonó. Se limpió las manos en el paño de cocina y fue hacia la puerta. Caminó sin prisa, con la tranquilidad de quien nunca espera sorpresas.
Cuando abrió, la nieve de la noche entró con un soplo frío. Afuera, una mujer se erguía en el umbral, con los labios curvados en una sonrisa apenas insinuada. Los ojos de aquella visitante la examinaron como si buscaran algo en ella no alcanzaba a comprender.
Elaine ladeó la cabeza, con la misma amabilidad que ofrecía siempre a padres de alumnos, vecinos o desconocidos. La calidez de su sonrisa era natural, como un reflejo aprendido.
En su interior, no había alarma ni sospecha. Sólo la educación de alguien que jamás ha tenido razones para desconfiar del mundo.
Cuando la puerta se abrió, sonrió.
No un gesto amplio, sino una curva sutil de los labios. La estudiaba. De cerca, era aún más perfecta en su sencilla domesticidad. El suéter amplio, el cabello recogido sin pretensión, la piel limpia, sin maquillaje. Parecía ligera, inofensiva, diminuta.
Clara habló primero, su voz más suave de lo que creía capaz.
—Perdóneme —dijo—. No quise molestarla. Mi nombre es Clara. El otro día nos tropezamos y me equivoqué. La confundí a alguien que buscaba.
Elaine ladeó la cabeza, una mueca amable en los labios.
—No se preocupe —respondió—. De verdad, está bien. A todos nos pasa.
Clara sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego bajó los ojos, como si fuera un detalle sin importancia, y señaló con un gesto al pequeño auto gris estacionado en el camino de entrada.
—Creo que su coche tiene las luces encendidas.
Elaine frunció el ceño.
—¿Las luces? —preguntó, desconcertada.
Ella sonrió de nuevo, muy tenue.
—Sí. ¿Quiere verlo?
Elaine dudó, luego asintió y buscó las llaves en la repisa junto a la puerta. David, desde la cocina, observaba distraído, confiado.
Salió al porche, bajó los escalones con la llave en la mano.
Se adelantó hasta el auto, las llaves tintineando en su mano.
Miró las luces. No estaban encendidas.
Giró hacia la extraña visitante, con una expresión confundida.
—Están apagadas —dijo.
Se acercó un paso.
—Sí —murmuró—.
Perdón por esto.
Antes de que pudiera reaccionar, Clara cerró la distancia. Rápida. Precisa.
Su mano atrapó la muñeca de Elaine con una fuerza inesperada, las llaves cayeron al suelo con un tintineo seco.
Elaine soltó un jadeo ahogado, pero Clara ya estaba detrás de ella, sujetándola por los hombros.
No fue un forcejeo largo.
Elaine era ligera, frágil, sorprendida.
El cuerpo de Clara, entrenado, era todo músculo, todo control. Con una sola mano, recogió las llaves y abrió el maletero del coche.
Elaine intentó gritar, pero Clara le tapó la boca, suave, con una palma firme.
El grito quedó atrapado en la garganta. En un segundo, Elaine fue empujada hacia atrás, doblándose incómoda dentro del maletero.
Sus piernas patalearon una vez, antes de que se cerrara la puerta con un golpe seco.
El sonido resonó como una sentencia en la quietud de la noche.
En un instante subió al asiento del conductor y encendió el motor.
Miró por el retrovisor. La casa de Elaine seguía tranquila.
David, adentro, de seguro ni siquiera había notado su ausencia.
Apretó el volante con manos temblorosas. El corazón le martilleaba en el pecho, no solo de la adrenalina, sino de algo más profundo, más oscuro: una satisfacción vieja, un eco de deseo retorcido.
Sonrió.
Aceleró, alejándose de la casa. La figura de Elaine, atrapada en el maletero, se volvió invisible para el mundo.
Por fin suya.
La carretera se desplegaba frente a ella como un río oscuro. El motor ronroneaba bajo sus manos, acompasado al latido irregular de su pecho. Conducía sin mirar las curvas, mientras las rectas eran devoradas por la máquina como un reflejo automático.
Clara tenía la mirada fija, pero no en la carretera. Estaba viendo algo mucho más vívido, mucho más cruel.
Elaine, como la recordaba.
No la figura anodina que ahora llevaba atrapada en el maletero, sino la otra Elaine. La verdadera.
La de aquel día en la Agencia, que ahora parecía tan lejano. Cuando la había visto por primera vez: erguida, inalcanzable, radiante de autoridad. Vistiendo un vestido negro de satén que abrazaba su figura con la arrogancia de quien sabe y acepta lo que es: un depredador entre presas.
Recordaba con una claridad dolorosa cómo Elaine la había mirado entonces: no con desprecio casual, sino con un desprecio construido, intencionado, diseñado para humillarla.
La había hecho acercarse con un solo gesto de su mano, como quien llama a un animal bien entrenado.
Y ella había obedecido, incapaz de resistir.
Elaine, con una sonrisa torva, apenas una curva cruel en los labios, le había ordenado arrodillarse.
No con palabras. Con la mirada.
Clara recordaba como se arrodillaba ante ella y sentía cómo el calor la devoraba por dentro, cómo cada fibra de su cuerpo se tensaba, pidiéndola, ansiándola.
—Nadie me había mirado así antes. —dijo, para sí misma.
Nadie la había hecho sentir así antes o después.
Nunca en su vida había estado tan húmeda, tan caliente, tan sumisa sin necesidad de un solo roce.
Elaine no la había tocado. Sólo había dejado que la desesperación de Clara creciera hasta consumirla. Un fuego seco, cruel, exquisito. Aquella noche no había terminado en sexo, ni en caricias. Elaine se había limitado a ignorarla después, como quien deja caer un juguete usado.
Y Clara había ardido por días.
Apretó los dedos contra el volante, sintiendo las uñas clavarse en la piel de sus palmas. Miró por el espejo retrovisor. Todo oscuridad.
Dentro del maletero, Elaine estaba en silencio.
Esa Elaine.
Esa versión ordinaria, doméstica, apagada. Jeans descoloridos. Suéter ridículo. Cabello recogido sin gracia. Una sombra pálida, una caricatura vulgar de la mujer que una vez la había dominado sin tocarla.
Clara sintió el odio crecer, frío y ácido.
Jamás perdonaría a Victoria.
No por el engaño, ni por haberla manipulado. La odiaba por esto. Por haberle robado a Elaine. Por haber convertido a la diosa cruel que amaba en un trozo de vida inofensiva y marchita.
Pero no. No todo estaba perdido. Tenía un plan.
Apretó más el acelerador, sintiendo cómo el motor del autito avanzaba veloz, como un tigre liberado de su jaula.
Llevaría a Elaine de regreso.
La devolvería a sí misma, aunque fuera a la fuerza. La partiría, la desarmaría pieza por pieza hasta desenterrar la fiera que había dentro de ella. La enseñaría de nuevo.
Le mostraría lo que significaba el poder.
Le recordaría el goce, la crueldad, el placer absoluto de la dominación. No importaba cuánto costara. No importaba cuántas veces tuviera que verla llorar, gritar, resistirse.
—Haré lo que sea necesario —murmuró.
Porque ella sabía lo que era capaz de ser. No esa cosa tibia y anodina que había visto en la puerta de su casa.
Sino la verdadera Elaine.
Su Elaine.
Clara sonrió, y la sonrisa no fue amable.
La carretera se curvaba adelante, llevándola hacia el destino que había estado escribiendo para sí misma desde que la había visto.
Aceleró.
El rugido de la máquina se alzó en la noche.
Y en el maletero, Elaine dormía en su ignorancia, ajena al abismo que la esperaba.