Convertida en Deseo CAPÍTULO XVIII #3
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CAPÍTULO XVIII #3

En la sala se dejó caer sobre el sofá con el abrigo abierto, dejando ver aún la humedad de la nieve sobre su piel brillante. Su voz llegó grave, casi burlona, pero cargada de verdad:

—Pero no es lo mismo. Dime, ¿cuál es la diferencia?

Victoria cerró la puerta del balcón, conteniendo el temblor en sus manos.

—Es muy complicado… no lo vas a entender.

Clara se incorporó, la tomó con fuerza por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos. Había un fuego desesperado en su mirada, una súplica no muy lejana de la rabia.

—Explícamelo como a una niña de cinco años.

Victoria se liberó con una medida parsimonia de ese agarre.

Después caminó hacia la chimenea eléctrica y la encendió.

El resplandor anaranjado llenó la sala con un calor artificial, insuficiente para derretir la tensión que flotaba entre ambas.

Se sentó en el sillón frente a la chimenea, inclinó la cabeza hacia atrás y miro hacia arriba por un instante, como buscando en lo alto del techo palabras que no quisieran venir.

El silencio era espeso. Las llamas falsas crepitaban como si fueran reales, y en el rostro de Victoria se dibujaba una duda que rara vez se le veía: la duda de alguien que sabe demasiado y que, por primera vez, no tiene claro qué debería decir.

La sala estaba bañada en el resplandor anaranjado. Todo el penthouse, en medio de la tormenta, parecía flotar en un silencio irreal, como si toda la ciudad hubiese desaparecido bajo la nieve. Victoria habló con voz grave, ronca, como si cada palabra le desgarrara el pecho.

—Ella no tiene forma de volver a ser quien fue. Ni de recuperar sus recuerdos, ni su personalidad. Todo fue borrado de sus neuronas. Elaine nunca volverá a ser la guerrera, la cazadora que sometía a todas, la que te hacía arder sólo con una mirada. Eso se acabó.

Esa sentencia, descrita en ese tono, fue como un cuchillo directo al corazón. Clara la escuchó en silencio, inmóvil, cubierta apenas por el abrigo de cachemira de Victoria. Se encogió un poco en el sofá, con los ojos fijos en el fuego falso de la chimenea, antes de responder.

—Nunca volvería a ser mi dominante. Pero… ¿y si pudiera aprender?

Victoria se revolvió en el sofá, el gesto contenido, incómodo, como si esa pregunta fuese demasiado peligrosa para permitirse siquiera imaginarla.

—No, Clara. No lo entiendes. Elaine no puede aprender a ser lo que fue.

Le borraron la estructura, la experiencia.

No tiene el andamiaje, ni las cicatrices, ni el peso de la historia que se necesita para forjar a una dominante.

Para mí… —hizo una pausa, la voz quebrándose un instante— para mí, ella está en un valle del que no podrá salir nunca.

Clara giró el rostro, y sus ojos ardían con una furia contenida, con esa chispa que la hacía insoportable y a la vez irresistible.

—Pero yo sí puedo dominar —dijo, casi desafiante—. Me gusta. Me gusta ponerme mi arnés y obligarte a tragártelo hasta que lloras de placer.

Victoria cerró los ojos, herida por la precisión de esa imagen, y habló con un cansancio pesado.

—Eso no es lo mismo. Eso pasa porque yo lo permito. Pero Elaine… ella ya no es dominante.

Se quedó en silencio unos segundos. Victoria creyó que había cedido, que al fin dejaría morir esa obsesión. Pero entonces Clara habló otra vez, más lenta, más peligrosa:

—Entonces puede aprender a ser sumisa. Puede humillarse, puede entregarse. Podría ser como yo. Porque el amo es un esclavo y el esclavo es un amo. Ese es el principio de Sade-Masoch.

Victoria la miró, sorprendida por la lucidez feroz de esa lógica. Ella siempre había mostrado un talento nato para los conceptos sexuales, para girarlos, desgarrarlos y exponerlos como verdades irrefutables.

—Sí, brillante—admitió, con la voz rasgada—. Pero hacer de ella una auténtica sumisa… no. Una curiosa, o una mujer que juega a someterse por morbo, te lo acepto. Pero una auténtica sumisa que lo sienta en cada fibra, que lo desee con hambre… es casi imposible, si se empieza desde cero.

Clara sonrió despacio, como si abriera de a poco una salida que creía clausurada.

—Casi imposible. Dijiste casi. No es lo mismo que imposible.

Victoria se derrumbó sobre el sofá, derrotada, con los ojos clavados en el exquisito cuerpo cubierto apenas por la cachemira.

En ese instante comprendió que lo había perdido todo.

Había perdido a Clara —porque, aunque seguía allí, cálida, voraz, suya en cuerpo y deseo—, ya había perdido la guerra contra el fantasma de Elaine.

Al final, la voz se Victoria se quebró, con lágrimas bajando a borbotones:

—Me va a doler en el estómago no tenerte en mi cama mañana.

Clara no se movió.

Victoria respiró hondo, con la otrora dureza de su perfil iluminada por el reflejo del fuego falso.

—Pídele a Migi lo que necesites —añadió, resignada—. Si vas a intentar esto con Elaine, si de verdad piensas moldearla, te va a tomar mucho esfuerzo.

El silencio que siguió fue absoluto. Victoria, que en su vida había controlado imperios, amantes, fortunas y destinos, comprendió que allí, en esa sala, acababa de rendirse en lo único que jamás quiso soltar.

Y esa entrega, silenciosa y devastadora, fue su derrota más grandiosa.