CAPÍTULO XVIII #2
Mas tarde, ya pasada la medianoche, la tormenta invernal había estallado sobre la ciudad como una maldición blanca.
Los copos de nieve golpeaban los ventanales del penthouse con la furia de miles de agujas, y el rugido del viento se colaba entre las rendijas con un gemido que parecía humano.
Victoria dormía bajo las sábanas de lino pesado, acostumbrada a que el mundo entero obedeciera a su voluntad, pero esa noche algo la arrancó del sueño: una brisa helada sobre su piel.
Abrió los ojos y descubrió la mitad de la cama vacía y las sábanas frías como mármol.
Se levantó con un sobresalto elegante, como si incluso en la urgencia no pudiera perder la dignidad de sus movimientos.
Caminó primero al baño: vacío, sólo el goteo de una llave mal cerrada.
El estudio: apenas la luz roja de la computadora en reposo, libros abiertos, ningún rastro.
Las habitaciones de huéspedes: sábanas arrugadas, el eco del desorden reciente de fiestas y cuerpos, pero ninguna señal de Clara.
Entonces lo vio: la puerta de la terraza abierta, un rectángulo negro que dejaba entrar la helada ventisca como un ejército invasor. El corazón de Victoria golpeó, no por miedo al frío, sino por la imagen imposible que la esperaba.
Clara, estaba allí, sentada en la soledad de la terraza, desnuda por completo.
Su espalda erguida se recortaba contra la noche cerrada y los cabellos azotados por el viento helado le daban un aura casi irreal.
Su piel blanca parecía esculpida en hielo y, al mismo tiempo, irradiaba un calor invisible, una vibración salvaje que desafiaba a la tormenta misma.
Por un segundo, Victoria sintió pánico: verla así, frágil en apariencia, expuesta a la nieve y el viento helado.
Pero de inmediato recordó. Recordó las bromas de los genetistas de la agencia, cuando años atrás reían celebrando sus logros en el laboratorio, seguros de poder crear una criatura imposible.
“Temperaturas de -25 grados no la afectarán —decían con sorna— será demasiado caliente para sentirlas.” Y Victoria, recordó quien era en aquel entonces, como reía con un brillo en los ojos, una chispa que anunciaba un futuro glorioso, de sueños alcanzados.
Era feliz, cuando todo parecía posible, cuando la palabra “límite” no existía.
Victoria suspiró. A veces —lo sabía ahora, con un dolor silencioso— es mejor no soñar tan alto.
Tomó un abrigo de cachemira que descansaba en el respaldo de una silla, se lo colocó sobre los hombros y salió a la nevada.
El viento la golpeó de inmediato, cortándole las mejillas, haciéndole lagrimear los ojos.
Se sentó a un lado de Clara, frotándose las manos con una torpeza poco habitual en ella.
La diferencia entre ambas era brutal: Victoria encogida, buscando calor; Clara inmóvil, la frente fruncida, los ojos fijos en la profundidad negra de la tormenta, como si allí hubiera algo que los demás no podían ver.
El silencio entre ambas fue denso, sagrado, roto sólo por el rugir del viento y el golpeteo de la nieve contra la baranda metálica.
Victoria giró apenas la cabeza y la observó.
El cuerpo de Clara, desnudo, parecía indiferente al frío, como una estatua antigua abandonada en un templo abierto al invierno.
Pero sus cejas fruncidas, la dureza de su mandíbula, decían otra cosa: algo ardía dentro de ella, algo que ninguna nevada podía apagar.
Victoria, temblando bajo el abrigo, se acomodó un poco más cerca, como si al rozar apenas el muslo desnudo de Clara pudiera absorber aunque fuera una chispa de ese calor imposible.
Esperó, con la paciencia de quien sabe que un volcán no se apura. Luego, al fin, habló.
Sus palabras sonaban distantes, como si fueran arrancadas por la tormenta y lanzadas al vacío de la noche. Su voz grave, iba cargada de una tristeza que no admitía consuelo:
—Una diría… que la persona que nos ama no puede olvidarnos. Ni aunque le laven el cerebro con lejía, ni aunque le borren los recuerdos uno por uno. Pero parece que no es así, y ni siquiera sabemos por qué. Sabemos tanto, pero al final no podemos explicar qué es lo que nos hace seguir vivos.
Victoria, encogida bajo el abrigo, la miraba con el corazón apretado. El frío le mordía las manos y los labios, y aun así lo único insoportable era la dureza en el rostro de Clara, esa mirada fija en el horizonte de nieve.
—Por favor, regresemos adentro —pidió Victoria con voz más suave que nunca, casi como un ruego disfrazado.
Pero ella no la oyó, o no quiso hacerlo. Continuó, con una mirada cada vez más profunda, como si describiera algo que había visto en sueños y no podía sacudirse:
—Que unos ojos de fuego te miren una vez, te roben todo lo que eres y después… nada. Ni una chispa. Ni siquiera cenizas. Nada.
El viento sopló con más fuerza, sacudiendo el cabello suelto de Clara contra su rostro. Victoria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el invierno. Se humedeció los labios antes de hablar.
—¿La has visto de nuevo?
El rostro de Clara giró con rapidez. Su mirada era tan frágil como dura, un golpe seco de contradicción.
—Nunca más… —susurró, la voz quebrada—. No soy tan fuerte.
Victoria se quedó muda. Ella, que siempre había sabido controlar cada escenario, cada negocio, cada amante, cada detalle del mundo que construía… y nunca había podido gobernar lo que se agitaba en ella. Y en ese momento, esa impotencia la atravesó como un cuchillo helado.
Pasaron minutos en silencio, sólo el rugido del viento llenando el espacio entre ellas. Victoria alzó los ojos hacia el cielo ennegrecido, y cuando habló su voz parecía salir de lo más hondo de su pecho:
—Sabes que no hay forma de volver atrás.
Clara bajó la vista, los labios curvados en un gesto de niña rota.
—¿Nunca volverá a ser quien fue?
—Nunca volverá a recordar —dijo Victoria, con una frialdad que era apenas máscara del dolor.
Clara se inclinó y, sin mediar palabra, arrancó con un gesto rápido el abrigo de cachemira que protegía a Victoria.
Lo dejó caer sobre sus propios hombros desnudos y, sin mirar atrás, corrió de regreso al interior del penthouse.
Victoria, ahora expuesta al frío, apretó los dientes y dio pequeños saltos torpes sobre el piso helado de la terraza antes de seguirla, con la dignidad hecha trizas por el ridículo de su cuerpo tiritando.