CAPÍTULO XVIII
Victoria había estado siete días en París, siete noches repletas de compromisos, cenas con diseñadores, reuniones interminables en los talleres de alta costura, brindis con champán bajo candelabros de cristal.
Todo era impecable, todo calculado. La élite del mundo de la moda la reverenciaba con los besos de rigor, los fotógrafos perseguían su sombra, los modistos desplegaban sus secretos como si fueran confesiones íntimas.
Pero mientras sonreía ante los flashes y escuchaba adulaciones huecas, un pensamiento insistente se filtraba dentro de sí: Clara.
Esa criatura indomable que no soportaba el tedio de los backstages, ni las sonrisas fingidas de las modelos, ni las horas muertas entre pasarelas.
A su regreso a Nueva York se dirigió directamente a su penthouse.
Al llegar lo primero que notó fue el olor: una mezcla de tabaco, alcohol rancio, sudor, perfume barato y algo dulzón como miel quemada.
La puerta aún estaba entornada, como si nadie hubiese tenido el ánimo de cerrarla.
Entró con el bolso colgado de su brazo, su andar firme, acostumbrado al peso de diamantes y secretos.
El salón era las ruinas de un campo de batalla.
Sofás de diseño italiano, desgarrados como si manos salvajes hubieran arrancado la piel a tirones.
Botellas de vodka, de champagne, de tequila, volcadas en el suelo, formando charcos pegajosos entre las colillas aplastadas.
El piso de madera estaba cubierto por un mapa irregular de cera derretida, esperma de velas que habían ardido hasta consumirse, dejando manchas negras en la superficie. Toda la sala olía a humedad y a sexo.
Victoria caminó despacio, con una paciencia casi ritual.
No había furia en su gesto, sólo una resignación elegante, la costumbre de quien había aprendido que amar a Clara era, también, recoger ruinas.
Al pasar por el pasillo, empezó a recogerlos.
Primero un sostén de encaje rojo, arrugado como una flor marchita.
Después una diminuta tanga de seda verde.
Luego un corset de satén violeta. Cada prenda iba cayendo en el cesto de basura que llevaba en la otra mano, con la frialdad de quien dobla papeles usados.
—Seda, encaje, satén… —murmuró con ironía, como si enumerara los ingredientes de una receta trivial.
Cuando encontró los primeros condones usados, arrugados como serpentinas de carnaval, sacó una pinza metálica del bolsillo de su bolso y, sin cambiar el ritmo de su respiración, comenzó a recogerlos uno a uno, arrojándolos al cesto.
Su rostro no mostraba asco ni sorpresa: la rutina de Clara era ya un lenguaje aprendido.
—¿Serán quince? ¿Veinte? —se preguntó con media sonrisa—. Quería saber si rompió su récord, pero ya perdí la cuenta.
El eco de su voz se detuvo para intentar percibir un ruido apagado que provenía de alguna habitación.
Al pasar por una de ellas, su instinto la hizo detenerse, retroceder un par de pasos.
Abrió la puerta. Dentro, en la penumbra, tres cuerpos desnudos dormían enredados en sábanas sudadas.
Uno de ellos, un joven atlético con el torso marcado; los otros, dos muchachas con piel de leche, sus cabellos revueltos como la maraña de una orgía.
Apenas Victoria hizo sonar un gesto seco con los dedos, dos de las chicas despertaron con un sobresalto.
Sin mirarla a los ojos, recogieron sus cosas al vuelo y salieron casi corriendo por el pasillo, descalzas y con la ropa a medio poner.
El chico quedó tirado en la cama, inmóvil, respirando hondo, perdido en un sueño demasiado pesado para despertar.
Victoria cerró la puerta con cuidado y sin alterarse. Sabía que el peso de su calma era más intimidante que cualquier grito. Pero siguió caminando.
En la cocina, encontró otra escena surreal: una de las encimeras estaba ocupada por dos cuerpos femeninos desnudos, dormidos entre migajas y restos de copas.
Tardó un segundo en reconocer los rostros: eran dos de las cocineras, con las manos aún impregnadas de harina y azúcar.
Victoria entrecerró los ojos, como evaluando si debía expulsarlas también.
Pero luego recordó el sabor de los éclairs que solían preparar, suaves y húmedos, con un relleno de vainilla que rozaba la perfección.
—Bueno… —dijo apenas, girando sobre sus talones—. Los éclairs son en verdad deliciosos.
Dejó que durmieran. Mientras se preparaba una bebida.
Subió las escaleras, guiada por un ruido constante, un golpe metálico y regular que atravesaba el silencio de la mañana como el latido de una máquina.
El sonido provenía del gimnasio privado.
Al empujar la puerta, la encontró: corriendo en la cinta eléctrica, el sudor perlando su piel como diamantes líquidos, su melena recogida en una cola alta que latigueaba con cada zancada.
El monitor marcaba una velocidad brutal, casi inhumana.
Victoria se detuvo a un lado, sin decir nada.
Observó la precisión con que se apoyaba cada pie, la furia contenida en su respiración.
Su cuerpo se movía con la gracia de una pantera encadenada que se niega a ceder un ápice de su energía.
Minutos pasaron. Clara no la miró, no redujo la velocidad, no mostró el menor signo de cansancio.
—Así que… esto era el ruido —dijo por fin Victoria, con voz profunda y calmada y en su mano un whisky on the rocks.
Clara no contestó de inmediato. Sus ojos, fijos en la pantalla frente a ella, parecían mirar más allá de la pared, hacia un horizonte invisible. Sólo después de varios minutos, redujo la velocidad hasta llevarla a una caminata tranquila. Se inclinó hacia adelante y entonces sí, giró hacia Victoria.
—¿Ya volviste? —preguntó con una media sonrisa, sin la menor disculpa por el estado del penthouse.
Victoria la miró en silencio. Sus ojos grises descendieron del rostro brillante de Clara a su cuello húmedo, a sus hombros, a las gotas que resbalaban hasta perderse en el escote de su top deportivo.
—Sí —dijo al fin—. Volví a casa. Si es que esto todavía puede llamarse casa.
Clara se echó a reír, una risa corta, sin arrepentimiento. Tomó el vaso que tenía Victoria en la mano, bebió a grandes sorbos mientras seguía su caminata, todavía con la respiración agitada.
—¿Qué esperabas?, ¿Encontrarme aburrida? —dijo, plantándose frente a Victoria, con el cuerpo aún palpitante por el esfuerzo—. Sabes que no me quedo quieta. Nunca.
—Sabes que en realidad no necesitas hacer ejercicio —dijo, con un dejo de ironía—. Tu metabolismo es un maldito milagro, puedes comer como un cosaco y no vas a aumentar ni un gramo.
Secó su cuello con la toalla, sin apartar los ojos chispeantes de Victoria. Una sonrisa lenta, de esas que mordían más que acariciaban, se dibujó en sus labios.
—No lo hago por eso —respondió, con tono bajo pero firme—. Lo hago porque me trae recuerdos. Buenos recuerdos.
La confesión cayó pesada en el aire. Victoria ladeó la cabeza, sus dedos jugueteando con un mechón suelto de su cabello. El brillo en sus ojos se endureció, como si hubiera anticipado esa respuesta y aun así no estuviera dispuesta a dejarla pasar.
—Recuerdos… —repitió, casi murmurando. Luego dejó escapar una leve carcajada seca, sin humor—. Si lo que quieres es eso, podría arreglarlo para ti. Que vayas a la agencia, que trabajes como entrenadora. Con tu físico, con tu carisma… podrías destrozar a cualquiera en ese sitio en cuestión de días.
Clara, que hasta ese instante había mantenido un aire de juego, detuvo de golpe la caminadora. El silencio del motor muerto se volvió más fuerte que cualquier ruido. Sus ojos, hasta entonces brillantes, se oscurecieron con un fuego inesperado.
—Jamás —dijo, cortando la palabra como un látigo—. Nunca volveré a pisar esa agencia.
Victoria se enderezó, sorprendida por la ferocidad en la voz de Clara.
—¿Ni siquiera como entrenadora? —insistió, con calma gélida—. No tendrías que competir, ni verte envuelta en…
Clara la interrumpió, dando un paso al frente, tan cerca que el sudor aún caliente de su piel impregnó el perfume caro de Victoria.
—Y mucho menos para ocupar el lugar de Elaine.
El nombre quedó suspendido en el aire, vibrante como una campana que se ha golpeado con fuerza. Victoria apretó los labios, dejando que un silencio pesado siguiera a esa declaración. En el rostro de Clara había rabia, pero también dolor. Y un gran filo de orgullo herido.
Victoria levantó una mano y tomó su barbilla, obligándola a mirarla de frente, con esa frialdad que era más poderosa que un grito.
—Entonces dime —susurró—, ¿por qué corres como si quisieras matarte? ¿Por qué conviertes mi casa en un lupanar cada vez que cierro los ojos?
Ella no se apartó. Sus labios temblaron apenas, no de miedo, sino de rabia contenida.
—Porque no sé vivir de otra forma —respondió al fin, ronca, casi jadeante—. Porque si no siento que estoy ardiendo, me muero.
Victoria apoyó la frente contra la suya, en un gesto de posesión tanto como de rendición.
—No espero que te quedes quieta —murmuró—.
Clara rio, una risa breve, ronca, con sabor a desafío.
—Entonces tendrás que seguirme el paso. O quedarte atrás.
Victoria la sostuvo más fuerte de la barbilla, sus ojos ardiendo con ese acero glacial.
—No estoy hecha para quedarme atrás.
La tensión entre ambas era un relámpago sin descarga, una hojilla sostenida sobre la piel.
Afuera, la ciudad seguía latiendo como un animal insomne, indiferente a la guerra íntima que se libraba dentro de aquel penthouse.
Adentro, las dos mujeres respiraban como si fueran cazadoras que se habían encontrado en medio de la misma presa: ellas mismas.