CAPÍTULO XVII
El amanecer en Manhattan era una lámina dorada reflejada en los cristales infinitos de los rascacielos, un escenario creado para dos figuras que parecían no pertenecer al mundo de los mortales.
Victoria se había asegurado de que todo estuviera dispuesto al milímetro: el Aman New York era sólo el preludio de un día que debía quedar grabado como un tributo al poder, a la belleza y a la extravagancia más desmedida.
El Rolls-Royce Phantom esperaba como un animal oscuro y elegante a la entrada, con el chofer —un joven de rostro afilado y cuerpo de atleta— abriendo la puerta con movimientos casi coreografiados.
Clara descendió las escalinatas del lobby con una gracia insolente, como si llevara una corona invisible sobre su melena rubia.
Sus pasos eran un espectáculo en sí mismos: la forma en que la tela de su vestido corto se pegaba a sus muslos, el ritmo lento de sus caderas, el desdén con que miraba de reojo a los hombres petrificados en la entrada.
Y no sólo hombres: mujeres también quedaban detenidas, hipnotizadas, como si la presencia de Clara les hubiese arrancado de pronto la respiración.
Algunos fingían revisar sus teléfonos, otros apenas lograban parpadear.
Un susurro colectivo parecía recorrer la avenida: ¿quién es ella?
Victoria lo observaba todo con una calma cargada de veneno. Ese era el efecto que deseaba: Clara como su trofeo viviente, un sol imposible de ignorar, y Nueva York entera postrada bajo esa luz.
El Phantom las deslizó hacia Madison Avenue, donde Dior los esperaba.
El salón privado parecía una catedral de terciopelo y perlas grises.
La Cristal burbujeaba en copas delgadas, macarons se alineaban como pequeñas obras de arte, y los representantes de la maison se inclinaron con sonrisas nerviosas.
Clara se sentó en un sillón con la pereza de una pantera recién alimentada, estirando sus piernas cruzadas, dejando que la mirada de los asistentes se enredara en la curva de su cuello y el destello de sus labios húmedos.
Uno de los asesores presentó un vestido blanco de seda bordado en oro, pieza única, de precio insultante.
Ella lo miró un segundo, luego bostezó con descaro, levantando apenas la mano para taparse la boca.
Victoria no giró la mirada hacia ella, sino hacia los vendedores, a quienes atravesó con sus ojos grises como dagas.
—¿Eso es todo lo que tienen? —preguntó con voz glacial—. Si mi acompañante se aburre, la culpa no es de ella.
Los asesores temblaron. Uno de ellos casi tropezó al apresurarse a sacar el abrigo de cachemira negra con perlas de Tahití, el bolso de cocodrilo blanco, el collar con zafiro azul Kashmir que podría haber comprado un país entero.
En ese instante Clara sonrió de lado, disfrutando del espectáculo de hombres desesperados por complacerla, como si fueran bufones obligados a danzar frente a una diosa caprichosa.
Los destellos de las joyas competían con la luz de su piel, y cada mirada furtiva del personal revelaba lo mismo: la atracción absoluta, incontrolable, hacia esa mujer que no pedía permiso para fascinar.
Más tarde, en el showroom secreto de Marc Bouwer, la escena alcanzó un tono casi cinematográfico.
Las luces bajas, las cortinas pesadas, el perfume de Clara mezclado con el terciopelo del ambiente: todo conspiraba para que ella fuera la única figura viva en la habitación.
Bouwer en persona desplegó los vestidos: la columna plateada, la capa roja con cola interminable, el transparente bordado con oro líquido.
La joven se probó este último, avanzando hacia el espejo, y cuando la tela se pegó a su cuerpo, la respiración del propio diseñador se quebró.
La prenda no la vestía: parecía haber nacido de su piel.
—Mírame, Victoria —dijo con un dejo de impaciencia, girando sobre sus pies—. Dime que no me quedaré corta con esto.
Victoria apretó los labios, incapaz de negar lo evidente: ningún vestido, por provocador que fuese, podía competir con el aura de Clara. Era un espectáculo obsceno y sublime a la vez, y todos los presentes quedaron atrapados en él.
Al final del día, en el penthouse del Upper East Side donde la diseñadora Susan Foster desplegaba joyas imposibles, Clara caminaba con un collar de diamantes rosas de 50 quilates como si fuera un simple accesorio comprado en un mercado callejero.
Al asomarse al ventanal, con el Central Park como telón de fondo, parecía una constelación viva.
Los asistentes, el staff, hasta la propia Foster, no podían ocultar el hechizo: más que una mujer, era un mito con tacones.
La compra total ascendió a varios millones. Victoria firmó como quien firma un recuerdo, indiferente al número, atenta sólo a la sonrisa satisfecha de su amante.
Cuando el día concluyó y regresaron al jet privado, Clara desapareció un instante.
Victoria conversaba animada con Bouwer, sellando detalles de futuros diseños exclusivos, cuando notó la ausencia.
El aire a su alrededor se tensó. Su mirada recorrió el hangar, y apenas unos minutos después, apareció de nuevo.
Su cabello estaba más revuelto, sus labios húmedos, sus mejillas encendidas. El joven chofer entró segundos después, abrochándose con prisa la chaqueta, evitando cruzar los ojos con Victoria.
—¿Dónde estabas? —preguntó Victoria, su voz cargada de reproche contenido, aunque no era celos lo que la dominaba, sino la necesidad de reafirmar su control.
Clara se recostó contra el marco de la puerta, sonriendo con descaro, esa sonrisa que era un látigo y un beso al mismo tiempo.
—No te preocupes, mi amor. Estaba dándome un revolcón con tu chofer. Tenía que liberar un poco de tensión.
Victoria la observó por unos segundos, la mandíbula tensa. Luego, como si una sombra de alivio se dibujara en sus labios, exhaló despacio.
—Así que ha sido útil… —murmuró, acercándose a la hermosa mujer, tomando su rostro con ambas manos—. Habrá que agradecerle. No todos soportan tu ritmo, y tú necesitas… expresarte.
Clara rio, ronca, y su carcajada resonó como un reto dentro de la cabina del jet.
Se dejó caer sobre el asiento de cuero, con las piernas extendidas, satisfecha como una fiera después de la cacería.
Victoria, en cambio, tomó el teléfono de su amante y descubrió la pantalla encendida: mostraba una foto de Elaine, la maestra, en su aula.
El silencio que siguió fue distinto. Victoria se acercó, sus ojos helados, y habló sin dureza, sino con esa serenidad distante que sólo aparecía cuando algo la hería de verdad.
—No te crítico. Pero no es sano que te tortures así.
Clara giró la pantalla hacia sí, sus dedos acariciando el cristal como si tocara a Elaine. Su sonrisa fue lenta, peligrosa.
—No es tortura, amor. Es mi manera de sentir más. Tú me das el mundo, pero ella… ella me recuerda lo que me falta.
El rugido suave de las turbinas envolvía la conversación. Victoria no dijo más. Se inclinó hacia Clara, apoyó la frente contra la suya y susurró con la voz más baja, la que usaba cuando hablaba consigo misma más que con ella:
—Entonces debo aprender a seguirte. Hasta el último abismo.
Clara sonrió, cerrando los ojos, mientras la noche sobrevolada de Nueva York se abría bajo ellas como un mar negro sembrado de estrellas.