CAPÍTULO XVI
La luz de la mañana entraba suave por las cortinas entreabiertas, bañando la habitación con un tono dorado y tranquilo.
Clara abrió los ojos lentamente, estirándose con pereza entre las sábanas.
Se sentía ligera, renovada, como si el cuerpo le hubiera agradecido la noche anterior.
No había resabios de tensión. Solo una sensación agradable de saciedad.
Se incorporó sin prisa, descalza sobre la alfombra, y caminó hasta la ventana para abrir un poco más las cortinas. Luego se volvió hacia la cama.
Victoria seguía allí, pero no dormía. Estaba incorporada apenas contra los cojines, las sábanas apretadas contra el pecho. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en Clara con una expresión de desconcierto profundo, casi de pánico contenido. Parecía una mujer que había sido desarmada por completo.
Clara la observó un momento y sonrió. Una sonrisa calmada, casi divertida.
—Te ves como si te hubieran atropellado —dijo con naturalidad, acercándose a la cama.
Victoria tragó saliva. Su voz, cuando habló, salió baja y quebrada:
—No estaba preparada para… esto —murmuró—. No sabía que se podía llegar tan lejos. Que se pudiera sentir… tanto.
Victoria no respondió de inmediato. Seguía incorporada contra los cojines, las sábanas apretadas contra el pecho con fuerza excesiva, como si necesitara aferrarse a algo real.
Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, estaban demasiado abiertos, perdidos en algún punto de la habitación.
Respiraba de forma irregular, como si aún no hubiera recuperado el control de su propio cuerpo.
Clara la observó un momento en silencio. Luego se sentó con calma en el borde de la cama, completamente desnuda, sin ninguna prisa ni vergüenza. Le pasó una mano por el cabello a Victoria, apartándole un mechón de la frente con una delicadeza casi tierna.
Victoria se tensó apenas al contacto. Solo cerró los ojos por un segundo, como si ese gesto sencillo fuera demasiado para ella en ese momento.
Clara inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola con curiosidad.
—Pues ahora ya lo sabes —dijo en voz baja, casi dulce—.
El silencio se extendió un instante, pesado, casi reverente.
Clara ladeó la cabeza, divertida, caminó de vuelta con ligereza, como si no cargara con nada. Se dejó caer de rodillas en el colchón y, con gesto burlón y cariñoso a la vez, estiró un mechón rebelde del cabello de Victoria.
—¿De verdad? —preguntó, con esa voz entre inocente y traviesa—. ¿La gran Victoria sorprendida?
Victoria no respondió. No podía. Su mirada estaba fija en ella, incapaz de reconciliar lo que sentía con la mujer que creía ser: una sacerdotisa del poder, fría, indomable… y ahora, desarmada, expuesta como nunca.
Clara sonrió otra vez, fresca como una niña después de un juego. Se tumbó boca arriba junto a ella, los brazos abiertos, riendo bajito sin razón aparente. Había algo en esa risa, en esa calma radiante, que multiplicaba el desconcierto de Victoria.
Victoria apartó la mirada y cerró los ojos, temblando aún bajo las sábanas, incapaz de ponerle nombre a lo que ardía en su interior.
Pero Victoria no podía dejar de mirarla.
Era como si Clara irradiara una luz imposible, una frescura demasiado pura para pertenecer al mismo mundo en que ella habitaba.
Cada curva, cada sombra en su piel, cada movimiento despreocupado era un golpe de belleza que la dejaba sin aire.
Había tenido mujeres, había poseído cuerpos, había jugado con almas.
Pero jamás, jamás, había presenciado algo que la arrancara de sí misma con esa violencia dulce.
Quiso decir algo, pero de pronto, rio. Una risa nerviosa, casi incrédula, como la de una adolescente sorprendida por su propio corazón.
Y un segundo después, su mirada se apagó; se quedó en blanco, suspendida, como si un vacío se abriera en su pecho y no encontrara palabras para llenarlo.
Clara, fresca como el amanecer, ni siquiera notó la grieta. Se inclinó con ligereza hacia la fuente de frutas al borde de la cama, tomó una uva y la mordió con placer perezoso. Luego, con un guiño descarado, dijo:
—¿Vamos a comer algo? O… ¿nos da tiempo para un rapidín?
Victoria se quebró. El contraste fue insoportable. El llanto le brotó de golpe, desbordado, incontrolable. No lágrimas discretas: sollozos profundos, violentos, de una mujer que por primera vez no podía ocultar lo que llevaba dentro.
Clara la miró con desconcierto, la uva todavía entre los dientes, sin saber qué hacer. La contemplaba como un niño que observa a un insecto retorcerse en el suelo: con curiosidad limpia, sin maldad, sin comprender el dolor que está presenciando.
Victoria se cubrió el rostro con ambas manos, temblando, hasta que poco a poco fue respirando de nuevo. Se obligó a bajar las manos, a recomponer el gesto, a enhebrar una sonrisa mínima, apenas una sombra de lo que solía ser.
—Tomaremos el desayuno en un momento… —murmuró con voz quebrada— si así lo deseas.
Clara asintió distraída, todavía sin entender. Victoria, en cambio, sabía que no había regreso posible: el mundo que había construido con su frialdad y sus máscaras se había derrumbado en una noche. Todo por la belleza luminosa que tenía frente a los ojos, aún inasible, aún imposible de dominar.