Convertida en Deseo CAPÍTULO XV
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CAPÍTULO XV

Llegó a la Agencia cuando la noche ya pesaba sobre la ciudad como un secreto mal guardado. El edificio, coloso de cristal y acero, parecía otro bajo la penumbra. Silencioso, expectante, como si contuviera la respiración. No era el mismo lugar de siempre. O quizás, pensó ella, nunca lo había sido.

Caminó con paso lento, cargado, como si el suelo la atrajera hacia abajo. Los pasillos, vacíos, se extendían ante ella con una quietud casi obscena. El eco de sus pisadas marcaba un compás irregular, demasiado consciente de sí misma. De su cuerpo. De su sombra alargándose frente a ella.

Nunca había tenido motivos para acercarse a la zona VIP. Ni invitación. Ni permiso. Esa parte del edificio era un mundo aparte, sus puertas siempre cerradas, sus luces apagadas, su nombre apenas susurrado. Un territorio sellado por el deseo, el poder... y algo más turbio.

Pero esta noche, una luz seguía encendida al fondo del pasillo. Cálida, fija, descarada. Un rectángulo dorado en la penumbra, como una lengua de fuego llamándola por dentro. Algo en su pecho se contrajo, duro. No por miedo. O quizás sí. No lo sabría decir.

La alfombra amortiguaba sus pasos, pero no la tensión. Sentía el calor subirle por la nuca, lento, como un aliento familiar que no debería extrañar. Sus manos le temblaban de forma imperceptible, escondidas en los bolsillos de la chaqueta. No quería pensar en ella. Pero todo su cuerpo la recordaba.

Se detuvo frente a la puerta. No tocó. No anunció su llegada. Solo esperó, sin saber por qué, sin saber para quién. Y desde dentro, como si la noche misma la hubiera estado espiando, la cerradura automática se abrió con un clic suave. Invitación o sentencia.

La puerta giró sola, despacio.

Y Clara entró.

Avanzó, casi a ciegas. El corazón martillándole en el pecho.

Una sala amplia, con un ascensor de cristal que subía hacia las alturas prohibidas: la suite presidencial. Ella nunca había estado ahí. Nadie que conociera había estado.

En la entrada, una nota con caligrafía primorosa: Sube.

Clara tragó en seco. Respiró hondo. Y obedeció.

El ascensor se cerró con un susurro metálico, como si sellara un pacto no dicho.

Subió en silencio, veloz, dejándola suspendida entre el vértigo y la expectativa.

Cuando se detuvo, las puertas se abrieron sin estruendo, revelando un espacio que no parecía pertenecer al mismo edificio, ni al mismo mundo.

La suite la recibió como una boca abierta, tibia y perfumada.

Luces tenues se derramaban desde lámparas de diseño imposible, colgadas como joyas del techo.

Había velas encendidas —docenas— dispuestas con una precisión casi ceremonial, como si cada llama marcara un punto cardinal en un mapa secreto.

El aire estaba impregnado de un perfume oscuro y profundo: incienso con vetas de sándalo, ámbar húmedo y un dejo de algo más...

más humano, más íntimo. No era solo fragancia: era atmósfera. Presencia.

Clara avanzó con cautela. El suelo, de mármol negro pulido, reflejaba su silueta como un espejo líquido.

Las paredes, lisas, sin marcos, estaban cubiertas por paneles inteligentes que emitían un brillo sutil desde dentro, como si algo vivo latiera tras ellos.

No había cuadros, solo esculturas suaves, abstractas, hechas de vidrio y metal.

Formas femeninas sin rostro, sin tiempo.

El salón se abría majestuoso, con techos altos cubiertos en molduras de oro pálido.

En el centro, un sofá curvo, tapizado en seda color marfil, invitaba con descaro, rodeado por mesas bajas de ónice blanco y cristal tallado.

Sobre una de ellas, una bandeja con dos copas de cristal, un vino oscuro ya servido.

Una pantalla transparente, tan delgada como el aire, flotaba en una esquina, mostrando líneas de datos que se disipaban al menor movimiento.

Desde el techo descendía, como una cascada de vidrio líquido, un panel de sonido que emitía una música envolvente, apenas audible, como una canción olvidada entre las sábanas.

Al fondo, el ventanal ocupaba toda la pared. Sin marcos. Sin cortinas. Solo vidrio del piso al techo, dejaba ver la ciudad desde las alturas. Los rascacielos brillaban abajo como circuitos encendidos. El mundo estaba lejos. Muy lejos. Y aquí, todo estaba contenido. Diseñado para satisfacer.

Esto no era solo un apartamento. Era una jaula de lujo para los sentidos.

Detrás, una puerta se abrió.

Victoria.

Apareció envuelta en una bata de seda oscura, su cabello suelto, brillando en la penumbra como una promesa y una amenaza. Una visión precisa, devastadora.

—Bienvenida, Clara —dijo, suave.

Su cuerpo —delgado, firme, impecable— se ocultaba y revelaba bajo la seda negra que se pegaba apenas a su piel.

La tela resbalaba como un susurro, dejando adivinar los contornos de su pecho alto, de su cintura angosta, de sus caderas tensas y plenas.

Su cabello caía como un velo oscuro sobre sus hombros.

Los ojos, de un brillo líquido, la devoraban en silencio.

Victoria se acercó despacio, sin apurar el paso, como si tuviera toda la eternidad. La sonrisa que curvaba sus labios era paciente, indulgente. Y tal vez demasiado íntima.

—Estás tensa —susurró, rozándole el cuello con los dedos. La invitó a sentarse y, sin esperar respuesta, la guio con firmeza.

Se quedó quieta, a la defensiva. No sabía qué juego era ese. No sabía si golpearla o dejarse caer.

Victoria, paciente, empezó a masajearle los hombros, sabiendo de antemano dónde presionar, cómo aflojar las resistencias. Le quitó las botas con delicadeza.

Clara apretó los labios.

—¿Qué es esto? —le espetó, con rabia contenida—. ¿No vas a tomar lo que quieres? ¿No vinimos para eso?

—Hoy no tienes que hacer nada —susurró—. No estás obligada a nada.

Clara la miró, desconfiada.

Victoria ladeó la cabeza, con ese brillo en los ojos que podía devorar mundos.

—Tengo la solución perfecta para tu tensión.

Se levantó, la tomó de la mano —tan segura, tan íntima—, y la condujo a los baños.

El cuarto de baño era amplio, fastuoso. Barroco, casi excesivo. Velas por doquier, vapores dulces llenando el aire. En el centro, una gran tina de mármol, rebosante de agua humeante, salpicada de flores y frutas flotantes.

Se quedó sin palabras.

Victoria cerró la llave del agua con un gesto lento.

—Lo preparé para ti —dijo—. Tómate tu tiempo.

Victoria se giró, dándole la espalda, respetando un pudor que parecía ajeno a su naturaleza.

Clara no entendía nada, pero siguió el juego.

Bajó el cierre de su ropa de cuero, una pieza tras otra, hasta quedar desnuda.

El aire frío le erizó la piel. Se deslizó en la tina, bajando los escalones de piedra. El agua cálida la abrazó de inmediato.

Suspiró, por un instante vulnerable.

Cerró los ojos unos segundos. Pero las imágenes de Elaine, su rostro vacío, volvieron con violencia, apuñalándole el pecho.

Un movimiento. Victoria se acercó. No decía nada, solo estaba ahí. Se agachó junto a la tina, sin tocarla, en voz baja, acariciante.

—No tienes que cargar con eso sola —murmuró, como si conociera cada grieta en su corazón.

Tomó una esponja y empezó a recorrerle la espalda, lenta, minuciosa. Como si leyera en su piel un mapa secreto. Clara se estremeció.

Victoria continúo tallando con delicadeza la espalda perfecta. Con actitud ceremonial, tomo una primorosa jarra de cristal, y empezó a verter el contenido tibio y blanquecino sobre los hombros de su invitada. El líquido bajó en hilos espesos, envolviéndola, impregnándola.

—Leche de cabra traída de Egipto —dijo—. Como la que usaba Cleopatra.

Sumergió la esponja en la leche tibia y la deslizó por la piel tersa, con una paciencia casi devocional.

Cada palabra era una caricia.

Cada roce, una promesa.

Clara apretó los labios.

—¿Por qué? —preguntó Clara, en voz baja—. ¿Por qué destruiste a Elaine?

Victoria no respondió. Luego, muy despacio, le rozó los labios con un dedo, sellándolos.

—Para ser libres, debemos dejar el pasado —dijo en voz baja—Y tú naciste para ser libre.

El silencio entre ellas se tensó, vibrante.

Victoria se acercó más. La miró, pidiendo algo, sin palabras. Entonces, inclinándose, le besó la boca. Un beso leve, apenas un roce. No una toma de poder, sino un ofrecimiento.

Un perdón. Una rendición íntima.

Ella no respondió, pero no se apartó.

Victoria bajó la mirada, tímida. Y luego, con movimientos fluidos, dejó caer su bata de seda. La tela susurró al deslizarse sobre su piel.

Entonces la miró. La perfección que era Victoria se reveló ante ella: el cuerpo largo, de curvas sutiles y marcadas, la piel tersa, como porcelana caliente.

Los pechos plenos, altos, perfectos; el vientre plano; las caderas delicadas, la línea de sus muslos alargándose hacia un sexo oculto por sombras y vapor.

Victoria bajó a la tina, detrás el agua abrazándola, y se acercó. Tomó otra jarra —esta vez de miel— y dejó que cayera lenta sobre la piel de Clara.

Los dedos de Victoria extendieron la miel con una paciencia casi dolorosa. Sus labios buscaron su garganta, un beso húmedo, caliente, y provocador.

Clara cerró los ojos.

Su cuerpo empezaba a traicionarla. La tensión se derretía en el calor de ese baño, en el tacto experto, en el aroma embriagador.

No era poder lo que Victoria buscaba. Era algo más profundo. Lo sentía en cada roce, en cada caricia sutil, en cada beso que no exigía, sino que ofrecía.

Y supo, con una certeza oscura y dulce, que estaba cayendo. No porque Victoria se lo ordenara.

Sino porque quizá ella misma lo deseaba.