Convertida en Deseo CAPÍTULO XIV #2
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CAPÍTULO XIV #2

La carretera vacía se estiraba frente a ella como un filo interminable.

Se aferró al manillar con fuerza, las manos entumecidas.

El dolor físico era el único consuelo aceptable.

Cuando el asfalto comenzó a curvarse en una traicionera S, apenas reaccionó.

El instinto —más que la voluntad— frenó de golpe.

La moto patinó, los neumáticos chirriaron, su cuerpo se inclinó a punto de rozar el pavimento, y por un instante pensó que no iba a detenerse.

Pero sí lo hizo.

El vehículo se detuvo al borde de un paraje solitario, un claro de tierra seca y matorrales deformados por el viento. Clara bajó el pie, apagó el motor. El silencio fue brutal. La quietud, insoportable.

Se quedó sentada, con la respiración entrecortada, las lágrimas rodando silenciosas por su rostro, empapando el cuello de la chaqueta, escurriéndose por debajo, mojando la camisa hasta pegarse a su piel.

El pecho le dolía, como si una mano invisible lo apretara sin piedad.

Sentía que el destino le jugaba una broma cruel. Como un viajante perdido en el desierto que, al encontrar agua, se da cuenta con dolor que es solo es un espejismo. Un sollozo seco escapó de su garganta. Apoyó la frente contra el manillar, los ojos cerrados, tratando de apagar el mundo.

El celular, dentro del bolsillo interior de su chaqueta, vibró de repente.

Un zumbido que, en medio del silencio, fue como un latigazo. Clara no reaccionó al instante. Pero la vibración insistía, pertinaz, urgente. Sacó el teléfono con dedos temblorosos, sin esperar nada más que otra punzada de dolor. La pantalla iluminada le devolvió un nombre que le arrancó el aliento.

Victoria.

El corazón le dio un vuelco brutal, un latido sordo que la dejó sin aire. El nombre brillaba con una indiferencia cruel en la pantalla. Clara sintió la boca seca, mientras sus manos se cerraban alrededor del teléfono, como si pudiera aplastarlo.

Victoria.

Parpadeó, aturdida. El zumbido continuaba.

El silencio en el claro era denso, espeso, casi sólido.

Sujetaba el teléfono con fuerza con los nudillos blancos por la presión.

El nombre iluminado en la pantalla —Victoria— parpadeaba como una vieja advertencia.

Dudó un segundo más, respirando hondo. Con un gesto torpe, deslizó el dedo por la pantalla y contestó.

—¿Clara? —la voz al otro lado era suave, melodiosa y familiar. —¿Dónde estás?

Clara apretó los dientes.

—Dime por qué —susurró, con la voz rota por la rabia contenida—. ¿Qué le hicieron?

Victoria soltó una risa ligera, burlona, como si la súplica le resultara entretenida.

—¿Qué le hicimos? —repitió, disfrutando del juego—. Oh, cariño... hicimos lo necesario. No esperabas que dejáramos suelto un recuerdo tan inconveniente, ¿verdad?

—No te burles —gruñó Clara, la rabia afilándose bajo su piel.

¡Respóndeme!

Victoria soltó un suspiro, largo, indulgente.

—Está limpia —dijo, la voz suave como el terciopelo más afilado—. La Agencia se encargó de todo.

Jamás recordará quién fue.

Jamás… te recordará.

Cerró los ojos, apretando el teléfono contra la oreja como si pudiera estrangular la voz que la desgarraba desde dentro.

—Eres una basura —escupió.

Victoria rio, divertida, un sonido tibio y cruel.

—Oh, Clara... no seas dramática. ¿De verdad crees que es amor lo que sientes?

Abrió la boca para replicar, pero las palabras se ahogaron en su garganta.

Victoria continuó, en el tono más incisivo:

—Tú no sabes amar. No puedes.

Yo te hice. Yo diseñé cada célula de tu placer, de tu deseo.

Te fabriqué para esto.

Clara negó con la cabeza, furiosa, aunque Victoria no podía verla.

—¡Mentira! —exclamó.

—¿Mentira? Vamos… Lo que tuviste con Elaine no fue amor.

Fue necesidad.

Fiebre.

Lujuria.

Clara sintió que le apretaban el pecho.

—No... Yo la amaba. —Su voz sonaba hueca, frágil. Vacía de certeza.

—¿La amabas? —Victoria disminuyo aún más el tono, hablándole como una amante que conocía cada pliegue de su alma. No, Clarita. Tú necesitabas lo que ella te daba.

—Te llevó a umbrales que ni sabías que podías cruzar.

Te hizo gemir como un animal.

Te hizo rogar.

Y lo que tú llamas amor… es solo eso: la necesidad desesperada de volver a ser invadida. Humillada.

Sometida.

Clara apretó sus ojos con fuerza. Las lágrimas calientes le bajaban por las mejillas. Pero entre sus muslos, la humedad crecía. Densa. Inevitable.

—Tu cuerpo tiene hambre, Clara. —dijo Victoria. No de cariño. Sino de leche tibia chorreándote entre las piernas. De lengua. De castigo.

De una mujer encima tuyo, pidiéndote que te abras más, que no pares de temblar.

Clara jadeó. Su espalda se arqueó apenas. Un escalofrío sucio le recorrió la columna. La imagen de Elaine —el olor de su piel, la forma en que la tomaba, cómo la hacía rendirse sin un solo grito— la golpeó como una descarga.

Victoria sonrió a través del teléfono, sabiendo.

—Dime… ¿qué es lo que más extrañas? ¿Su alma ... o su lengua adentro de ti?

—¿Su ternura? ¿O cómo te hacía gritar de placer, con la cara enterrada entre tus muslos mientras te rompías por dentro?

Clara no respondió.

Porque la respuesta ya se deslizaba, tibia y desesperada, entre sus piernas.

Y Victoria la olía.

La sentía.

Ya casi era suya.

—Te odio —susurró Clara, temblando.

—No —corrigió Victoria, con calma—. Me deseas.

Apretó aún más el teléfono, clavándose las uñas en su palma.

Victoria bajó la voz, haciendo cada palabra más íntima:

—¿O acaso no recuerdas cómo te hice mía por primera vez? Cuando eras tímida, inocente...

Cuando apenas sabías lo que tu cuerpo podía llegar a sentir.

Cerró sus ojos, pero las imágenes acudieron igual: el primer contacto, los labios de Victoria deslizándose por su piel, la humedad, el temblor, sus gemidos ahogados.

—No... —susurró, con un sollozo atrapado en su garganta.

Victoria sonrió al otro lado de la línea.

—¿No recuerdas cómo llorabas? ¿Cómo llorabas mientras probaba tus jugos por primera vez?

¿Cómo gritabas entre el placer y la vergüenza?

Clara jadeó, el cuerpo sacudido por un estremecimiento confuso.

—Eres una perra rastrera —escupió, mientras más lágrimas resbalaban por su rostro.

—Tal vez —concedió Victoria, divertida—. Pero soy la perra que te conoce mejor que nadie. La que sabe lo que eres en realidad.

Hubo una pausa. El silencio se llenó de la respiración pesada.

Victoria bajó más la voz, a apenas un susurro íntimo:

—Dime, Clara. Sé honesta.

¿Estás mojada ahora mismo?

Clara apretó los labios.

La humedad entre sus piernas era un latido cálido, insistente, que la traicionaba.

—No —mintió, la voz quebrada.

Victoria rio, con esa risa de quien ya sabe la respuesta.

—Claro que sí —dijo, satisfecha—. ¿Sientes el sabor salado de tus lágrimas? ¿No te recuerda la primera vez, cuando te di a probar de mi elixir en tu boca?

Clara sollozó, en silencio.

El cuerpo no le respondía. La traicionaba en cada fibra.

Victoria habló más despacio, saboreando cada palabra.

—Sabes que te derrites por esto —susurró—.

—No importa cuánto mientas. Siempre sabré lo que eres.

Clara odió el calor traidor entre sus piernas, extendiéndose lento, húmedo.

Victoria sonreía por dentro, su voz pegajosa, íntima:

—Vuelve conmigo.

En la Agencia tendrás lo que en verdad anhelas. No tendrás que fingir ser otra cosa.

Ella no respondió.

Recordó a Elaine, vestida con jeans y el sweater amarillo. En el hueco devastador que había sentido al verla vacía, perdida para siempre.

El dolor era insoportable. Pero también estaba ese otro fuego, más sucio, más viejo.

Victoria sintió que ya era suya.

—Ríndete, Clara —susurró—. Ven. Déjame mostrarte que nada ha cambiado.

Su cuerpo de temblaba, traicionándola.

Era tan fácil. Si tan solo pudiera decir que no.

—Clara respiró hondo, exhalo y tomo de nuevo aire.

Con la voz apenas un hilo, dijo: —Espera por mí.

Victoria respondió con una risa baja y oscura.

La llamada terminó.

Quedó sola largo rato en el claro, con el teléfono aún en la mano, la respiración pesada, las últimas lágrimas bajando por sus mejillas.

Encendió la moto, los dedos firmes en el manillar.

El motor rugió, feroz.

Clara avanzó sin mirar atrás, sintiendo en su rostro el viento firme, salvaje. Fue lo único que tuvo para secar sus lágrimas y alejarse del dolor que la consumía.