Convertida en Deseo CAPÍTULO XIV
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CAPÍTULO XIV

La calle frente al jardín de infantes olía a tierra caliente y a risas, a polvo flotando bajo el sol, a historias infantiles suspendidas en el aire fresco de la mañana.

Clara apagó el motor de la moto y se quedó sentada un momento, observando en silencio desde el otro lado de la calle, el casco apoyado en su rodilla, las gafas oscuras ocultando unos ojos que no parpadeaban.

Durante días había superado las pruebas más crueles con tal de llegar a su anhelado destino. Siempre detrás de una sombra esquiva que parecía desvanecerse justo cuando creía poder tocarla con sus dedos. Pero ahora, al fin estaba a su alcance.

Allí, a tan solo unos pasos, sentada en el suelo de césped artificial, con un sencillo jean claro y un suéter amarillo gastado, el cabello recogido en una cola de caballo sin pretensiones, estaba Elaine.

No había sofisticación en su aspecto. Ni rastros de la mujer que Clara había imaginado cada noche, moldeada con ansias y rabia.

No. Elaine parecía simple, ligera, transparente como el vidrio.

Leía un cuento en voz alta a un pequeño círculo de niños atentos, pasando las páginas con gestos suaves, sonriendo de forma abierta y tranquila, como si no tuviera secretos, como si su vida entera cupiera en esa escena diminuta y apacible.

Cerró los ojos un momento y respiró hondo.

Una oleada brutal de alegría, tan pura y desbordante que casi dolía, le llenó el pecho.

Había temido no encontrarla jamás, había imaginado todos los finales posibles, pero ninguno como este: Elaine viva, tangible, ahí, al alcance de sus manos.

El alivio fue tan intenso que las piernas le temblaron por debajo de su ropa de cuero.

Se obligó a contener el impulso de cruzar corriendo el jardín, de gritar su nombre, de arrancarla de ese decorado ridículo y devolverla al sitio que le pertenecía por derecho.

Observó.

Los niños se reían, atrapados por la narración de Elaine.

Ella sonreía, sus labios curvándose apenas, los ojos negros encendiendo destellos dorados bajo el sol de la tarde.

El suéter amarillo, demasiado grande, colgaba suelto sobre su cuerpo, escondiendo las curvas que recordaba o imaginaba con una precisión que dolía.

Los jeans gastados delineaban unas piernas largas, relajadas en el suelo.

No había maquillaje en su rostro, ni joyas, ni señales de vanidad.

Sólo esa serenidad casi vulgar, esa perfección absurda que la hacía pasar inadvertida a todos menos a Clara.

Cuando terminó la lectura, Elaine cerró el libro con delicadeza y comenzó a recoger las cosas mientras los padres llegaban uno a uno.

Se inclinaba para ayudar a un niño a ajustar su mochila, entregaba chaquetas olvidadas, respondía a preguntas banales con paciencia y esmero profesional.

Clara, desde su escondite, no perdía detalle.

Cada movimiento era observado, cada sonrisa, cada palabra.

Cuando el último niño se marchó, se dirigió a un pequeño auto gris aparcado frente al jardín de niños.

El coche era modesto, un modelo viejo, de esos que se ven relegados a las esquinas olvidadas de los estacionamientos.

Elaine abrió la puerta, colocó sus cosas en el asiento del acompañante, ajustó el espejo retrovisor y encendió el motor con una calma exasperante.

Clara puso en marcha su moto con un rugido controlado y la siguió.

El recorrido fue corto, pero cada semáforo, cada cruce, era una nueva forma de tortura.

Conducía sin prisa, como si no tuviera urgencia de llegar a su destino, ajena a la figura oscura que la seguía a distancia prudente.

Se detuvo frente a una casa pequeña, una estructura sencilla con pintura descascarada y un pequeño jardín frontal repleto de pequeñas flores amarillas.

De la puerta salió un joven, vestido con ropa de casa, que sonrió al verla llegar.

Elaine apagó el auto, salió, se acercó al joven, lo besó con cariño y tras un breve intercambio de palabras que no pudo oír, cruzaron juntos el umbral.

Su corazón latía como un tambor en su pecho. La frustración era ácida en su garganta, pero más poderosa era la necesidad. Ya no podía esperar más.

Aparcó la moto a unos metros. Caminó hasta la casa con prisa, con la decisión grabada en cada paso. Llegó a la puerta, respiró profundo, y tocó el timbre.

Unos segundos después, Elaine abrió.

Estaba tan cerca que pudo ver todo con detalle: la suavidad desmaquillada de su rostro, las pestañas morenas y discretas, sus labios generosos.

El suéter amarillo tenía una mancha apenas visible de témpera azul, y sus jeans estaban deshilachados en los bordes.

Los pies, calzados en sencillas zapatillas de lona, reposaban tranquilos sobre el umbral.

Sonrió, sin reconocerla.

—¿Sí? —preguntó.

Clara la miró en silencio. No dijo nada. No sonrió.

Elaine ladeó apenas la cabeza, un gesto inconsciente, inquisitivo, pero no hostil. Esperaba una respuesta como quien espera la pregunta de un desconocido perdido o un vendedor ambulante.

No había ni una chispa de memoria en su mirada.

Sintió que el mundo se contraía a un solo punto: a los ojos claros de Elaine, a su voz suave, a esa existencia banal que ahora ocupaba el cuerpo que tanto había buscado. La realidad tembló.

Fue un instante, un latido brutal.

El cuerpo de Clara reaccionó primero que su mente, sin permiso ni freno.

Su corazón bombeó un torrente caliente que le sacudió el pecho, un golpe eléctrico que la dejó sin aliento.

Los pezones se endurecieron bajo la tela áspera de su camiseta, rozando el cuero interior de la chaqueta con una sensibilidad dolorosa.

El vientre se contrajo con violencia, y un calor líquido y espeso estalló entre sus piernas, empapándola con una humedad primitiva que no había sentido desde despertó a su nuevo ser.

Podía percibirla en el aroma que flotaba en el aire: no el perfume barato ni el jabón de glicerina que lo acompañaba, sino su esencia misma, su piel, su aliento tibio, su fortaleza intoxicante.

Tragó saliva, sintiendo el temblor en sus muslos, el hambre ácida reptando bajo su piel. Casi podía saborearla.

Elaine la miraba con esa amabilidad anodina, sin reconocerla, sin entender el cataclismo que había desatado.

Cuando Clara por fin habló, su voz fue apenas un susurro ronco, cargado de una pasión peligrosa:

—Soy yo —dijo.

Elaine parpadeó, desconcertada.

—¿Perdón?

Clara dio un paso adelante, invadiendo el umbral de la puerta, más cerca de lo que la cortesía permitía.

—No puede ser que no me reconozcas —susurró, sonriendo con una mezcla de incredulidad y deseo—. Soy yo... Soy Clara.

Elaine frunció el ceño.

—Creo que se equivoca... —dijo, con educación, pero retrocediendo apenas—. No la conozco.

Clara avanzó otro centímetro, atrapándola con la mirada.

—Claro que me conoces —insistió, su voz más baja, más íntima, cargada de esa necesidad que crepitaba en el aire entre ambas—. ¿No lo sientes?

¿No sientes lo que hay aquí?

Tomo su mano y la llevó a su pecho, a la piel que latía bajo la chaqueta abierta.

Elaine tragó saliva. Se movió incómoda. La sonrisa amable se desdibujó en una línea de desconfianza.

—De verdad... creo que se está confundiendo. —dijo mientras retiraba su mano.

Clara rio apenas, quebrada.

Una risa sin alegría.

—Mírame —ordenó, pero sin violencia, como quien suplica sin dignidad—. Mírame bien.

—Soy yo.

Elaine la miró, en silencio.

Y no hubo nada.

Ninguna chispa. Ningún recuerdo oculto. Solo la cortesía vacía de una mujer que enfrenta a una desconocida.

Sintió cómo algo dentro de ella se desmoronaba. Un quiebre seco, íntimo.

—¿No me recuerdas? —preguntó, en un susurro trémulo.

Elaine negó con la cabeza, con una sombra de incomodidad cruzándole la mirada.

—No —dijo.

No. Una palabra tan pequeña. Tan devastadora.

Clara retrocedió un paso.

Luego otro.

Una ola de vértigo la golpeó. La respiración se le escapaba en pequeños espasmos contenidos. El calor húmedo entre sus piernas seguía allí, intacto, cruel, convertido ahora en dolor.

Elaine frunció el ceño, ladeando un poco la cabeza, con un gesto casi maternal, preocupada ahora.

—¿Se encuentra bien? —preguntó.

Clara negó con un leve movimiento de cabeza.

No. Nada estaba bien.

Sus dedos cerraron el cierre de la chaqueta de cuero con torpeza.

El mundo era un borrón húmedo detrás de los ojos empañados.

Giró sobre los talones sin responder y caminó hacia su moto, la cabeza baja, los puños cerrados a los costados.

Subió.

Se quedó sentada, respirando hondo, las lágrimas ardientes rodando en silencio por sus mejillas.

Durante tanto tiempo había perseguido un fantasma, una sombra que la había sostenido cuando nada más podía hacerlo. Y ahora, aquí estaba: real, tangible, frente a ella... vacía. Alguien que llevaba la cara, el cuerpo, la piel que amaba, pero sin memoria.

Sin ella.

Clara encendió el motor. El rugido seco de la máquina cortó el aire quieto de la calle, y sin mirar atrás —sin poder hacerlo—, apretó el acelerador con una furia ciega.

Salió disparada, la rueda trasera chirriaba sobre el asfalto caliente.

En segundos, el paisaje comenzó a desdibujarse.

Las casas, los árboles, los autos: todo desaparecía detrás de ella como si el mundo se derritiera en su estela.

Cien kilómetros por hora.

Ciento cincuenta.

Ciento noventa.

El viento le azotaba el rostro, arrancándole lágrimas que se mezclaban con las que ya brotaban, calientes y amargas, desde el fondo mismo de su pecho.

No pensaba. No podía pensar.

La única certeza era el vértigo, el rugido constante en los oídos, el temblor de sus piernas mientras la moto devoraba kilómetros como una bestia hambrienta.

La velocidad era su única anestesia. Apretó los dientes.