CAPÍTULO XIII #3
Cuando todo terminó, ella se levantó, su cuerpo brillante de sudor, sus grandes senos subiendo y bajando con cada respiración entrecortada.
Miró a los dos guardias, que la observaban con una mezcla de satisfacción y asombro.
Con una sonrisa de triunfo, se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás a los dos hombres que habían sido sus instrumentos de placer.
Pero su deseo no estaba saciado; al contrario, ahora se sentía más hambrienta que nunca. Decidió continuar con su juego, llevándolos al límite y más allá.
Se acercó de nuevo a ellos, su cuerpo moviéndose con una gracia felina, sus senos balanceándose en tentación.
El joven, aun recuperándose, abrió los ojos y la miró con una mezcla de asombro y deseo.
Ella le sonrió y, sin previo aviso, lo montó, tomando su miembro aún duro y posicionándolo en la entrada de su coño húmedo y palpitante.
Con un movimiento lento y deliberado, se dejó caer sobre él, llenándose por completo.
El joven gimió, sus manos agarrando sus caderas con fuerza, mientras Clara comenzaba a moverse, sus caderas rotando y meciéndose en un ritmo hipnótico.
El veterano, viendo la escena, se incorporó, su miembro endureciéndose de nuevo ante tamaña visión.
Clara, aun sintiéndose repleta, no quito la vista del miembro erguido y varonil del corpulento guardia.
Sus labios, sin emitir sonido, le hicieron para que se acercara.
El veterano, obedeciendo, se arrastró hacia la pareja, ahora posicionándose detrás de ella.
Con una mano, guio su miembro hacia su ano, lubricándolo con los fluidos de Clara y su propia saliva.
Ella cerro los ojos y con la cabeza echada hacia atrás, ronroneó de placer cuando el veterano comenzó a entrar en ella.
La sensación de estar llena por ambos lados era abrumadora, un placer intenso y que la llevaba al límite.
Comenzó a moverse más rápido, sus caderas subiendo y bajando, tomando a ambos hombres con una ferocidad que los dejaba sin aliento.
Clara, perdida en el placer, gemía fuera de sí.
Un hilo de baba se escapó de la comisura de su boca, corriendo hasta sus grandes senos, que se balanceaban con cada embestida de los guardias.
Los pezones, duros y sensibles, rozaban el pecho del joven, enviando chispas de placer por todo su cuerpo.
El olor a sexo, a sudor, a deseo, llenaba el aire, creando una atmósfera densa y cargada de electricidad.
Su clímax de nuevo estaba cerca, y lo buscaba sin apresurarlo.
Con un grito ahogado, se dejó llevar, su cuerpo tenso y convulsionando, mientras otro orgasmo la recorría como un rayo que bajaba por su vientre hasta sus piernas y extremidades.
Ella tenía la piel enrojecida como un tizón encendido, en su pecho y sus mejillas.
Los dos hombres, sintiendo sus contracciones, aumentaron el ritmo, llegando al clímax justo después de ella, colmándola casi al mismo tiempo en sus dos cavidades.
Pero Clara no se detuvo. Con los ojos cerrados, continuó moviéndose, sacando hasta la última gota de placer de ambos hombres. El joven, agotado, fue el primero en caer, sus ojos cerrándose mientras su cuerpo se dejaba caer en el mundo de los sueños.
El veterano, con más resistencia, aguantó un poco más, pero, con un gemido final, se rindió, su cuerpo cayendo al suelo, exhausto. Clara, triunfante, se levantó, su cuerpo cubierto de sudor, sus grandes senos subiendo y bajando con cada respiración entrecortada.
Al mirar a los dos guardias, ahora noqueados y fuera de servicio, una sonrisa de satisfacción se dejó ver en su rostro.
Se había asegurado de que ninguno de los dos pudiera moverse, dejando sus cuerpos agotados, exhaustos, reducidos a un jadeo irregular.
Para ella solo habían sido meros instrumentos para su placer.
Clara, en cambio, se sentía renovada.
Saciada.
Con una última mirada, giró sobre sus talones, recogió las llaves que colgaban aún del cinturón del guardia más joven y desapareció por el pasillo desierto, dejándolos atrás.
La sala que buscaba contenía los servidores centrales de la agencia.
Era un búnker de metal y cables, iluminado apenas por la luz azulada de las pantallas.
Al llegar, conectó el llavero al terminal, mientras su corazón martillaba en su pecho.
Tenía que moverse rápido. Había gastado demasiado tiempo y las alarmas silenciosas debían estar corriendo ya en alguna parte.
Navegó por las capas de archivos, los dedos bailando sobre el teclado con urgencia. Tras varios intentos y desvíos frustrantes, al fin encontró lo que buscaba.
Proyecto Fénix.
Un nombre anodino, pero que resonaba como un trueno en su mente.
Tecleó la clave que había arrancado a Migi: velvet noir.
La pantalla parpadeó y, por fin, se abrió.
Carpetas, fechas, nombres, imágenes. Su corazón dio un vuelco cuando encontró el sistema con los datos privados de todas las modelos de la agencia. Buscó rápidamente el archivo de Elaine. Entre todo el caos de información, una línea clave destaco entre todo lo demás.
Ubicación actual: 223 New Cave Road.
Clara la memorizó de un vistazo. Esto era todo lo que necesitaba.
Antes de salir, su mirada se desvió hacia un pequeño panel en el llavero de seguridad. Acceso total. Incluido a los almacenes. Una oportunidad que no pensaba desperdiciar.
El almacén olía a cuero, metal, y control.
Un vestuario para la élite oscura de la Agencia.
Racks de ropa, cajas etiquetadas con letras negras.
Uniformes de combate, disfraces de infiltración, atuendos diseñados no sólo para resistir... sino para seducir.
Caminó sigilosa por los pasillos, su mano recorriendo las telas colgadas, hasta que encontró lo que buscaba: algo que fuera ella.
Algo que hablara el idioma de su cuerpo.
Lo sacó del perchero.
Un pantalón de cuero negro, ceñido como una segunda piel, sin costuras visibles, el material tan brillante que captaba la luz y delineaba cada músculo de sus piernas largas y tensas.
Era bajo de tiro, abrazando sus caderas con precisión quirúrgica, dejando el vientre plano apenas cubierto, invitando la mirada hacia abajo, hacia el corazón palpitante de su deseo encapsulado en cuero.
Tomó también una chaqueta corta, de cuero a juego, diseñada para abrirse por debajo de los pechos, dejando ver la piel desnuda del torso entre un cruce de cremalleras metálicas.
El escote era profundo, una V atrevida que insinuaba más de lo que mostraba, suficiente para arrancar la imaginación de cualquiera que osara mirarla.
Debajo, nada.
Nada que estorbara el contacto del cuero frío contra su piel caliente.
Se vistió rápido, deslizando el cuero sobre su cuerpo con un suspiro involuntario.
La prenda se amoldó a su silueta con una perfección obscena, resaltando la curva arrogante de sus caderas, el minúsculo vello rubio debajo de su ombligo, el talle estrecho, los pechos firmes empujados por el corte atrevido.
Se miró un instante en el reflejo opaco de una puerta metálica.
Pura provocación.
Los muslos largos, forrados de cuero brillante, el vientre expuesto entre el talle bajo y la chaqueta, los pechos elevados, visibles entre los cierres de metal.
Tomo un juego de botas altas
Sonrió y las tomó. Ajustó las botas negras de cuero hasta la rodilla, rápidas, ágiles, cada pisada un golpe mudo contra el suelo.
Recogió su cabello en una coleta alta, dejando el cuello expuesto, la piel tensa y brillante de sudor contenido.
Se sentía invencible.
Peligrosa.
Con un último vistazo al archivo cerrado, empujó la puerta de salida.
La noche la tragó.
Clara desapareció entre las sombras, el cuero reluciendo bajo la luz mortecina.
El 223 de New Cave Road la esperaba.
Y esta vez, no pensaba pedir permiso.