CAPÍTULO XIII #2
Primero a sus muslos cruzados, lisos y dorados bajo la luz dura. Luego a su pecho, adivinándose firme, los pezones tensos empujando contra la tela fina. Y más abajo, la línea de su cintura, el inicio de sus muslos, donde la falda apenas lograba mantener la modestia.
El joven, el de la coleta, parecía el más afectado. Rudo, dominante, su cuerpo era todo tensión: puños cerrados, mandíbula apretada, una energía contenida que parecía a punto de estallar.
Ella le sonrió.
Bajó apenas la cabeza, dejando que su cabello dorado cayera sobre su mejilla en una pose estudiada de falsa sumisión.
—¿Sabes? —murmuró, su voz un susurro cargado de miel—. Las esposas me gustan.
El joven tragó saliva. Duro, impaciente. Pero aún aguantaba.
Clara inclinó su torso hacia él, acercándose como quien comparte un secreto prohibido. Su voz bajó una octava, ronroneante.
—Pero las has apretado demasiado...
El guardia dudó con el ceño fruncido. Sabía que era una trampa. Todo en esa mujer gritaba peligro. Pero Clara también olía su debilidad. Era la misma que ella sentía: ese tirón primitivo, ese deseo de dominar o ser dominada, de vencer o rendirse, el choque brutal de cuerpos y voluntades.
Ella jugó su carta.
—Si me las aflojas un poco... —susurró— te lo agradecería. Mucho.
La respiración del guardia se volvió pesada. Ella vio cómo sus pupilas se dilataban, cómo el sudor empezaba a perlar su frente. Vio también al corpulento, firme y grave, apretando los dientes, luchando por no mirar, pero incapaz de resistirse del todo.
Todo era su cuerpo.
El calor que emanaba su piel.
El roce sugerente de su ropa mínima.
El guardia corpulento negaba con la cabeza en silencio, mientras que el joven sacó la llave, la deslizó en la cerradura de las esposas, giró.
Click.
Clara estiró los brazos con un movimiento lento, casi felino. El roce de la tela contra su piel desnuda sonó como un suspiro. Liberada.
Ella lo sabía.
Sentía sus miradas recorriéndola como dedos invisibles.
Su delgada sudadera les regalaba la visión de sus pezones endurecidos como dos pequeñas protuberancias que no necesitaban presentación. No llevaba sostén, y el roce de la tela áspera contra su piel sensible era como un roce continuo de caricias.
Su vientre, plano, se insinuaba apenas bajo la tela caída; las caderas, amplias y redondeadas, la falda subiendo con cada leve movimiento. Un suspiro más de tela, un error mínimo, y el misterio quedaría al descubierto.
Ladeó la cabeza, sonriendo apenas.
Sabía lo que veía en los ojos de ellos. Deseo puro y duro. Deseo cargado de poder.
Ellos sabían que le podían hacer lo que quisieran. Ella, esposada o no, era suya.
Clara dio un paso adelante.
El más joven no se movió; el veterano tampoco. Ambos rígidos, tensos, como al borde de un abismo.
Ella dejó que su cuerpo hablara.
Dejó que el pecho se arqueara con ligereza, empujando los pezones contra la tela. Dejó que sus muslos se rozaran apenas al caminar, una fricción lenta, provocativa.
Cuando llegó a ellos, el aire estaba espeso, cargado de electricidad.
—¿No quieren su recompensa? —susurró.
El joven extendió una mano.
Temblaba.
Sus dedos rozaron la cadera desnuda que asomaba entre la falda y la sudadera.
Clara cerró los ojos un instante, conteniendo un estremecimiento. El tacto era cálido, áspero, peligroso. No debería. No tenía tiempo.
Pero el placer, ese placer oscuro que ahora la dominaba, ardía en su sangre como una droga vieja.
Cuando abrió los ojos, la sonrisa seguía ahí.
El guardia veterano dio un paso más.
Colocó una mano grande, callosa, en su cuello, como quien prueba el calor de una presa.
Clara tembló.
El roce de su pulgar bajó, lento, trazando el contorno de su clavícula, bajando apenas por el escote invisible, como midiendo su paciencia.
La voz del guardia fue baja, grave:
—Juegas un juego peligroso, muñeca.
Ella sonrió, ladeando la cabeza.
—¿Y tú no?
El veterano soltó una risa seca.
El joven tragó saliva, incapaz de apartar los ojos del borde de su falda, del destello de piel más allá, del latido tenso en el cuello expuesto.
Clara alzó las manos, como en un gesto de rendición, y tiró de la sudadera hacia arriba, apenas. El movimiento fue lento, controlado. La tela subió, revelando más piel. El inicio de su vientre, liso, firme.
El borde inferior de la sudadera rozó el borde de sus pechos endurecidos. No más. Solo una promesa.
Los guardias estaban hechizados.
Podía sentir la tensión en sus cuerpos: el joven, con el pantalón apretado, la respiración agitada; el veterano, más controlado, pero con los ojos ardiendo de hambre.
—Tal vez... —susurró ella, acercándose aún más—. Puedan divertirse un poco antes de que llegue alguien.
El veterano soltó una risa ronca.
Y ella...
Ella quería.
—Dinos qué quieres, muñeca.
Clara tragó saliva, su cuerpo gritando de necesidad. Sabía que debía escapar, pero el deseo era demasiado fuerte. Con un susurro tembloroso, respondió:
—Lo mismo que ustedes quieran.
El joven, con una mezcla de timidez y deseo, subió aún más su mano, rozando el interior de sus muslos.
Ella jadeó, sin darse cuenta como sus caderas se frotaban contra la mano del joven.
El veterano, al ver su reacción, sonrió con una malicia que prometía placer y dominio.
Sus manos bajaron, desabrochando el botón de sus pantalones, liberando su erección dura y palpitante.
Con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sintió el roce de la barba del veterano contra su cuello, seguido de un mordisco suave pero firme.
Gimió, sus manos buscando apoyo en los hombros del joven, quien ahora tenía ambas manos en sus muslos, retirando su falda como quien abre el telón de un teatro, revelando la gloria de su vientre.
El veterano, sin prisa, frotó su miembro contra el cuerpo de Clara, provocando en ella un gemido de anticipación.
Con una mirada seria y penetrante, bajó los pantalones del hombre, revelando su miembro.
Con una mano, lo acarició a conciencia, palpando su dureza y su calor.
Con la otra mano, tomó la del joven y la guio hacia atrás, hasta que sus dedos rozaron su culo.
El joven, ya más confiado, introdujo dos dedos en su ano sin vacilar.
Clara jadeó con fuerza, arqueando la espalda mientras sentía cómo la penetraba por detrás.
El veterano, de frente, la observaba con una sonrisa lasciva. Tomó el rostro de Clara entre sus manos y la besó con fuerza, su lengua explorando cada rincón de su boca. Ella, perdida en el placer, movía sus caderas contra la mano del joven, buscando más fricción, más profundidad.
El veterano, sin dejar de besarla, la levantó con fuerza, para posicionarse en la entrada de su coño.
Con un movimiento lento y firme, entró en ella, llenándola por completo.
Clara gritó de placer, sus uñas clavándose en la espalda del veterano.
El joven, detrás de ella, no dejaba de mover los dedos dentro de su ano, abriéndola más con cada movimiento, mientras el veterano la follaba sin descanso por delante.
Clara jadeaba sin control, sintiéndose completamente llena, atravesada por ambos al mismo tiempo.
Cada embestida del veterano la empujaba contra los dedos del joven, y cada movimiento de estos la hacía gemir más fuerte.
Su cuerpo ya no sabía a qué responder primero.
Clara estaba en el paraíso, atrapada entre los dos cuerpos duros y calientes de los guardias, jadeando sin control.
El veterano la follaba con fuerza por delante mientras el joven, detrás de ella, escupió en su polla y la frotó con rapidez.
Agarrándola con fuerza por las caderas, empujó sin contemplaciones.
Al principio su polla no entraba. El ano de Clara estaba demasiado apretado, pero el joven no se detuvo. Empujó con más violencia hasta que finalmente logró hundirse de golpe hasta el fondo.
—Qué puta más entregada eres… —gruñó el joven cerca de su oído, con la voz ronca y baja—. Me encanta que te dejes estás hacer lo que queramos contigo.
Una vez dentro, el joven ya no se contuvo.
Comenzó a follarla con embestidas duras y profundas, golpeando sus caderas contra su culo con fuerza, mientras el veterano la penetraba por delante sin descanso.
Clara se sentía destrozada entre ambos, completamente llena y usada, perdida entre las dos pollas que la atravesaban al mismo tiempo.
El olor a sexo, a sudor y a deseo llenaba el aire, creando una atmósfera densa y cargada de electricidad.
Clara, con la boca entreabierta y los ojos cerrados, se dejó llevar por las sensaciones, su cuerpo convulsionando con cada embestida.
El clímax estaba cerca, y ella lo sabía.
Con un grito ahogado, se dejó llevar, su cuerpo tenso y convulsionando, mientras el orgasmo la recorría como un rayo.
El veterano, sintiendo sus contracciones, aumentó el ritmo, llegando al clímax justo después de ella, llenándola con su semen caliente.
El joven, excitado y distraído por la escena y con las embestidas del veterano, su polla se había salido por completo.
Clara, con una sonrisa peligrosa, se giró ligeramente y miró al joven por encima del hombro.
Sin dejar que el veterano la sacara de su ritmo, extendió una mano hacia atrás, agarró la polla del joven y la alineó de nuevo contra su ano.
Luego empujó hacia atrás con decisión, volviendo a hundírsela dentro.
El joven soltó un gruñido gutural cuando sintió cómo su polla volvía a quedar completamente envuelta por el culo apretado de Clara.
Apenas había retomado el ritmo cuando su respiración se volvió más agitada.
Con un gemido ronco, se corrió poco después, enterrándose hasta el fondo y llenando su ano con chorros calientes de semen.