Convertida en Deseo CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII

La motocicleta cortaba la noche como un cuchillo caliente a través de mantequilla.

El rugido grave del motor Harley reverberaba en la autopista vacía, y Clara, inclinada sobre el manillar, era una figura de peligro y deseo, un misil humano sobre el pavimento.

Su falda corta se arremolinaba por la velocidad, mostrando destellos de sus muslos tersos bajo la luz intermitente de los postes.

El viento le arrancaba el aliento y hacía latir sus venas con un pulso salvaje, mientras sus labios, curvados en una sonrisa decidida, mordían apenas la excitación de la inminente confrontación.

Su cabello rubio ondeaba como una bandera dorada a su paso. Era la imagen misma de una fantasía peligrosa: botas hasta la mitad de la pierna, la tela abrazando sus curvas con la precisión de una segunda piel, y ese halo de urgencia vibrante, casi sexual, que emanaba de cada maniobra.

Cuando el edificio de la Agencia surgió en el horizonte como un monstruo de concreto, Clara apenas redujo la velocidad. No podía darse el lujo de perder un segundo. Sabía que los refuerzos vendrían pronto, cerrando su única ventana de oportunidad para encontrar a Elaine. Era ahora o nunca.

A escasos metros del estacionamiento trasero, pisó el freno de disco con fuerza.

La Harley respondió con un rugido gutural mientras la rueda trasera resbalaba, dejando una marca negra y humeante sobre el asfalto agrietado.

El derrape fue perfecto, una danza precisa de caos controlado.

La máquina se detuvo en seco, temblando bajo ella como una bestia impaciente.

Con un giro de muñeca, Clara apagó la moto y desmontó con fluidez, como una amazona que baja de su corcel tras la batalla.

El viento nocturno levantó el dobladillo de su falda, revelando más de la piel satinada de sus muslos, iluminados por un instante por el faro aún encendido.

Las botas de cuero crujieron al tocar el suelo. Impecable. Letal.

No había pasado un minuto cuando dos figuras emergieron de las sombras, como depredadores atraídos por el olor de sangre fresca.

Guardias.

Pero no eran simples peones uniformados. No. Estos dos tenían presencia.

El primero era un tipo alto, con el cabello oscuro recogido en una coleta baja, rostro anguloso y barba incipiente que no ocultaba una sonrisa sardónica.

Se movía como un lobo, seguro, lento, calculador.

Sus ojos la desnudaban sin prisa, recorriéndola como quien evalúa un trofeo demasiado valioso para apresurarse.

El segundo era más corpulento, piel morena, brazos cruzados sobre un pecho ancho que tensaba la camisa ajustada del uniforme.

Sus tatuajes asomaban por el cuello y las mangas cortas: símbolos de guerras antiguas y batallas ganadas.

La mirada que le dirigió a Clara era diferente, más directa, más hambrienta. Como un toro viendo la capa roja.

Ella les dedicó una sonrisa ladeada, afilada como una navaja.

—Clara Morales —dijo el de la coleta, en tono grave. —No creí que te arriesgarías tanto.

—¿Arriesgarme? —preguntó, dando un paso hacia ellos. —¿Quién dijo que no me gustan los juegos peligrosos?

Antes de que pudiera decir algo más, el grandote la atrapó, sujetándola por las muñecas a su espalda. Ella soltó un jadeo breve, como de sorpresa. Pero entonces, en vez de resistirse, dejó caer su peso contra el pecho del guardia.

De repente ya no era la amazona rebelde de hace segundos.

Sus caderas se movieron en un vaivén provocativo, y soltó un pequeño puchero, inflando sus mejillas como una niña traviesa atrapada en medio de su broma favorita.

—¡Ups! —chilló, arrastrando el tono. —¡Me atraparon! ¿Ahora qué me harán? —pestañeó, con sus ojos grandes rebozando pura picardía.

El corpulento resopló una risa, apretando sus muñecas con más firmeza. El de la coleta frunció los labios en una sonrisa divertida.

—¿Así que buscas problemas, mocosa? —gruñó el grandote.

—¡No! —rio, meneando la cabeza y sacudiendo su cabello rubio. —Los problemas me encuentran solita... —Su voz era un hilo juguetón mientras retorcía su cuerpo contra el guardia, rozándolo de formas que para nada eran casuales.

—¿Crees que esto es un juego, niña? —El de la coleta deslizó su dedo índice por el borde de su mejilla, bajo la mandíbula, siguiendo luego la curva de su cuello descubierto.

Clara soltó una risita ahogada, como si el toque la hiciera cosquillas.

—A lo mejor sí... —susurró, girando la cabeza de lado con coquetería, empinándose de puntitas y frotándose con descaro contra el torso de su captor—. ¿Van a darme un castigo? Porque he sido muy, muy mala...

El corpulento soltó un gruñido bajo, sus dedos apretándole los muslos expuestos mientras la mantenía quieta.

—No vas a salirte con la tuya tan fácil, preciosa —murmuró el de la coleta, muy cerca de su rostro. Clara se mordió el labio inferior, encorvando la espalda hacia ellos, fingiendo una rendición dulce pero llena de insolencia.

—¿Prometido...? —musitó, pestañeando en falso, en un tono casi infantil.

Empezó a revolverse, pero sin verdadera intención de huir. Más bien frotándose de forma provocativa, con movimientos demasiado juguetones para ser creíbles.

Los guardias intercambiaron una mirada breve, cargada de complicidad. Se había acabado el juego.

El corpulento le inmovilizó las muñecas con una sola mano mientras el de la coleta sacaba unas esposas metálicas. Clara, viéndolas, abrió los ojos con un asombro fingido que parecía recién salido de un teatro.

—¡¿Esposas?! —gimoteó, exagerando su sorpresa. —¡Eso es trampa!

El chasquido metálico de las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas resonó en medio de la noche. Ella tiró apenas de las muñecas encadenadas, soltando un falso quejido.

—¡Oh, no! —se quejó en tono cantarín, girándose apenas para mirarlos por encima del hombro, una sonrisa perversa en los labios brillantes. —Ahora soy su prisionera...

El guardia de la coleta le sostuvo el mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Sí, muñeca. Nuestra prisionera. —Su tono prometía mucho más de lo que las palabras decían.

Clara soltó una última risita, como una niña que sabe que va a recibir su merecido y no puede escapar.

Entre los dos la llevaron, esposada, al interior del edificio hacia la zona de seguridad. Ella caminaba sin ofrecer resistencia, sus botas resonando en el concreto, y sus caderas moviéndose en un vaivén coqueto y descarado.

El de la coleta, más joven, caminaba a su lado, mirándola de reojo con una mezcla de diversión e incredulidad.

—Es increíble... —comentó, sacudiendo la cabeza con una risa incrédula—. Venías a doscientos en esa Harley y aun así tu cabello luce como para salir de baile.

Ella le sonrió, ladeando la cabeza con ese gesto encantador e infantil que parecía innato en ella.

—¿Qué te puedo decir? —se encogió de hombros, haciendo tintinear las esposas—. Tengo buena genética.

El guardia soltó una carcajada mientras la puerta de la zona de seguridad se cerraba detrás de ellos, tragándose la escena en la penumbra.

El verdadero juego, apenas comenzaba.

Y ahora Clara estaba justo donde quería estar.

La condujeron por un pasillo angosto, sus botas resonaban en el silencio opresivo.

Clara caminaba entre ellos con una calma calculada.

Esposada. Sus caderas iban dibujando un vaivén insolente a cada paso.

El guardia corpulento iba detrás de ella, vigilándola como un perro de presa, mientras el más joven, el de la coleta, caminaba a su lado, reacomodándose el cinturón con nerviosismo apenas disimulado.

Empezaron a bajar una estrecha escalera de cemento, y allí Clara sintió el cambio.

En las alturas, ellos eran soldados de manual, rígidos y firmes.

Pero bajando, con el vaivén de su falda y la proximidad obligada, las miradas empezaron a resbalarse.

Primero a sus muslos, bronceados y tensos bajo la tela breve; luego a la insinuación de su pecho, libre bajo la sudadera blanca, donde los pezones rozaban el tejido con cada paso, endurecidos por el frío.

Más abajo, a la línea de su vientre plano y las caderas estrechas donde la falda apenas lograba cubrir lo necesario.

El hombre corpulento gruñó apenas, y el de la coleta desvió los ojos, aunque sus pupilas dilatadas lo delataban.

Clara los sentía luchar. No con ella. Con ellos mismos.

El olor a sudor, cuero y virilidad los envolvía. No era un aroma fuerte: era el calor denso de cuerpos curtidos, la piel impregnada de testosterona después de horas de guardia. Un aroma masculino, crudo, sin artificios.

Y, maldita sea, a ella le gustaba.

No era el momento. No debía dejarse arrastrar por esas sensaciones primitivas. Elaine. Recordó el objetivo. Pero su cuerpo, rebelde, respondía a la presencia imponente de esos dos hombres como la gasolina a una chispa.

Al llegar al final de las escaleras, giraron hacia una puerta metálica. El más joven pasó una tarjeta por el lector. Un pitido seco, y la puerta se abrió.

Entraron.

La sala de seguridad era fría y funcional: una habitación de paredes grises, iluminada por un par de tubos fluorescentes mortecinos.

Una mesa central metálica, un par de sillas desordenadas, estanterías con cajas etiquetadas, un perchero vacío.

Y al fondo, un escritorio desbordado de cables y un monitor encendido, parpadeando.

Clara escaneó toda la habitación en segundos.

Lo que le llamó la atención fue el letrero de luz roja que titilaba insistente sobre la consola: Llamando. Un aviso silencioso y desesperado.

Cuando los hombres la empujaron al centro de la sala, Clara fue dócil. Se sentó de inmediato en el borde de la consola, dejándose caer con esa gracia casi felina que parecía accidental. La sudadera se deslizó hacia arriba, y su falda, demasiado corta, dejó expuesto más de lo que cubría.

Al sentarse, su trasero tapó de lleno la luz roja parpadeante.

Perfecto.

Los guardias trataron de recordar el protocolo, la amenaza, las órdenes.

Pero notaba cómo sus ojos se desviaban.