CAPÍTULO XII
La ciudad se había quedado en silencio. Solo quedaban las luces tenues de algunos postes y el zumbido lejano de algún auto que pasaba de vez en cuando. El aire estaba frío y cargado de humedad, y las calles brillaban ligeramente por la fina capa de neblina que empezaba a formarse.
En un callejón estrecho, casi invisible entre las sombras, Clara esperaba.
Llevaba casi una hora allí, recostada sobre su Harley con el motor apagado. No se movía. No consultaba el reloj ni miraba el celular. Solo observaba el edificio de la agencia con una paciencia tranquila y sostenida. Su respiración era lenta y constante. El frío no parecía afectarla.
Cuando la puerta principal se abrió y Migi salió del edificio, Clara no parpadeó.
Siguió cada movimiento con atención tranquila: la chaqueta oscura, el andar seguro, el sedán negro que esperaba como un animal paciente.
Esperó hasta que los faros se encendieron y el auto comenzó a alejarse por la calle.
Solo entonces giró la llave. El motor rugió bajo y contenido. Clara esperó unos segundos más, dejando que la distancia aumentara, y luego salió detrás de ella. No aceleró. No dudó. Simplemente condujo, manteniendo la distancia justa, como si llevara haciendo esto toda la vida.
La siguió sin prisa, sin miedo.
La ciudad quedó atrás en cuestión de minutos, y las luces fueron reemplazadas por la oscuridad, interrumpida apenas por faroles solitarios. Llegaron a los suburbios, donde las casas se erguían distantes, cada una con su propio jardín, sus cercas altas, sus fachadas orgullosas.
Migi giró en un camino privado y el portón de hierro de la entrada se abrió con discreción. Clara no se acercó más. Detuvo su moto a una distancia segura. Observó cómo Migi entraba en su mansión: una casona de ladrillo antiguo y ventanas altas, rodeada de árboles y sombras.
Después de casi dos horas, hasta que cuando todo estuvo en calma, se acercó.
Cruzó la calle caminando. Su cuerpo, cubierto solo por la sudadera y la falda corta, se escurría grácil entre las sombras. Alcanzó la cerca y, sin esfuerzo visible, la escaló y saltó silenciosa al otro lado.
Toda la casa dormía.
Excepto Migi.
Clara vio una luz encendida en una habitación del segundo piso.
Subió por la estructura del costado, como un gato, hasta alcanzar un pequeño balcón. La puerta estaba cerrada, pero las cerraduras eran insignificantes para alguien como ella ahora.
Forzó la puerta. Entró.
Migi estaba de espaldas, ya en pijama, quitándose los pendientes frente al espejo de su tocador. No oyó nada hasta que una mano firme le tapó la boca.
El espejo captó el reflejo: los ojos de Migi se abrieron como platos, su cuerpo se tensó en un espasmo de puro terror.
—No grites —susurró en su oído, con una voz baja, casi dulce—. Si gritas, lo lamentarás mucho.
Migi respiraba con dificultad, sus hombros temblaban. Intentó mover las manos, pero Clara era demasiado rápida; sujetó sus muñecas con una sola mano, inmovilizándola con una fuerza que parecía desproporcionada a su tamaño.
Migi, astuta como siempre, no luchó. Sabía leer la violencia cuando la sentía.
Asintió despacio bajo la presión de la mano de Clara.
La joven soltó su boca, pero mantuvo las muñecas atrapadas.
—Quiero información —murmuró con su la voz temblando, de algo que no era miedo—. Quiero saber dónde está Elaine.
Migi no contestó al instante. Medía. Calculaba. Sabía que no había espacio para mentir, pero también sabía que podía ganar tiempo.
—Cooperaré —dijo al fin, su tono suave, conciliador—. Suéltame. Déjame buscar lo que pides.
Clara negó con un leve movimiento de cabeza, sin aflojar el agarre.
—No confío en ti —susurró—. Dame una razón para no romperte ahora.
Migi sonrió apenas, un gesto tenso y nervioso.
—Si me matas, no encontrarás nada. Yo sé cómo puedes llegar a ella.
Clara apretó un poco más.
Migi jadeó, pero no protestó.
—Déjame mostrarte —dijo con voz apaciguadora—. No haré nada estúpido.
Reflexionó un instante. Sus ojos no se apartaban de Migi, fríos y precisos como hojas de acero.
Luego, despacio, aflojó el agarre.
Migi dio un paso hacia el escritorio, con movimientos lentos, mostrando las manos vacías, como un mago preparando un truco.
Migi llegó al escritorio. Su andar era lento, demasiado lento para alguien que fingía no tener intenciones ocultas.
Vestía una bata de seda, que resbalaba con cada movimiento, y no fue casualidad que el lazo flojo cediera un poco más, permitiendo que la tela se abriera justo lo suficiente.
Clara, con los ojos duros, no apartaba la vista, pero por dentro el calor comenzaba a bullirle en el bajo vientre, un latido entre las piernas que no podía ignorar.
Migi lo notó. Por supuesto que lo notó.
Con una sonrisa ladeada y sucia, una sonrisa de mujer experimentada que conocía bien el juego del cuerpo, dejó que la bata cayera aún más, revelando la curva generosa de sus pechos, pesados y apenas cubiertos por la gasa.
La piel blanca, madura, brillaba bajo la luz tenue, las sombras se hundían en los pliegues suaves de su cintura, en la hendidura profunda de su escote.
—Sabes... —su voz era ronca, cargada de algo bajo y vulgar—. Hay cosas que las niñas como tú aún no entienden.
Se volvió, de frente ahora, mostrando la tela traslúcida que apenas ocultaba su sexo. No llevaba ropa interior.
No había pudor. No había vergüenza.
Migi sonrió, con mirada lasciva, acercándose a ella con las caderas ondulando.
—Una mujer como yo... —prosiguió, su voz descendiendo hasta convertirse en un murmullo grave— también tiene hambre. Hambre de verdad.
Clara tragó saliva.
El calor entre sus muslos se intensificó, espeso, líquido, abrasador. El deseo le ardía, le escocía en la carne viva.
Un deseo que no era de mente ni de alma: era animal.
Era un llamado desde dentro, crudo y urgente.
Migi llegó hasta ella, tan cerca que el perfume cálido y amaderado de su piel le llenó la nariz, sofocante, embriagador. Se inclinó, dejando que el roce de sus pechos contra la sudadera de Clara fuera deliberado.
—No has dejado de mirarme desde que entré —susurró—. No importa lo que digas con esa cara de hielo. Tu cuerpo me grita.
Ella apretó los dientes, pero el temblor en sus muslos era delatador. Su sudadera parecía pegársele al cuerpo, sofocante; la humedad entre sus piernas era imposible de ignorar. La boca se le secó de la necesidad.
El hambre que Migi había despertado no tenía vuelta atrás.
Migi bajó una mano, lenta, vulgarmente lenta, dejando que sus dedos rozaran su propia piel expuesta bajo la bata.
—Siempre has querido esto —dijo, la voz ronca de lujuria—. Siempre quisiste saber cómo sabe una mujer de verdad.
Clara cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había control. Solo necesidad. Solo el incendio entre sus piernas, demandando alivio.
De un movimiento brusco, brutal, agarró a Migi por las muñecas, la empujó contra el escritorio. Migi soltó una carcajada grave, sucia, sin resistencia, dejando caer los brazos a los lados en un gesto de entrega descarada.
—Así me gusta —susurró—. No finjas que no lo deseabas.
Clara no fingió. La besó.
Un beso violento, aplastado, lleno de dientes y saliva, sin ternura. Un beso que era más un asalto que un cariño.
Migi respondió con igual hambre, devorándola, gimiendo bajo su boca. Clara la sintió estremecerse, la sintió vibrar contra ella, y ese estremecimiento alimentó su propio incendio, haciendo que el calor le subiera como una llamarada por toda la columna vertebral.
Bajó los labios por su cuello, por esa piel con arrugas finas y cálidas, saboreándola como algo prohibido, y cada roce, cada olor, cada jadeo de Migi la emborrachaba más.
Clara cayó de rodillas frente a ella, sumida en el instinto. Sus manos viajaban por los muslos de Migi, descubriendo piel madura, viva, palpitante. Migi arqueó la espalda, echando la cabeza hacia atrás, murmurando palabras sucias entre dientes.
Sonidos rotos, frases inconexas que se mezclaban con jadeos perdida ya en la necesidad.
Y mientras se hundía en ese calor, en ese sabor amargo y dulce, en esa humedad inevitable, Clara olvidó el mundo. Olvidó por qué había venido. Olvidó todo, salvo el incendio que ahora se extendía, que le estallaba en los nervios, en los músculos, en cada fibra.
Con una sonrisa lujuriosa, separó las piernas de Migi con sus manos ansiosas, exponiendo ese coño peludo y maduro que ahora sabía que siempre había deseado.
Los vellos rizados y oscuros formaban un nido tentador, y en el centro, los labios carnosos y rojos brillaban, hinchados y palpitantes, pidiendo a gritos ser devorados.
Clara se relamió, saboreando de antemano ese manjar prohibido.
Con un gruñido hambriento, enterró su cara entre las piernas de Migi, inhalando a fondo el aroma espeso y feroz de la mujer madura.
Su lengua salió disparada, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris, saboreando cada gota de los jugos que ya comenzaban a fluir.
Migi gimió. Un sonido gutural y primitivo que resonó en toda la habitación, excitando aún más a Clara.
Chupó el clítoris de Migi como si fuera una golosina prohibida, sorbiendo y mordiendo, haciendo que Migi se retorciera y gritara de placer.
Sus dedos se clavaron en las nalgas de Migi, mientras su lengua exploraba cada rincón de ese coño delicioso.
Los jugos de Migi fluían sin control, mientras ella bebía con avidez, sintiendo cómo su propia excitación crecía con cada trago.
—Mira qué zorra eres —murmuró, lamiéndola con avidez—. Qué rico… —repitió casi sin poder creerlo.
Migi solo podía gemir y mover sus caderas, buscando más fricción, más profundidad.
Clara le dio lo que quería, introduciendo su lengua lo más profundo que pudo, saboreando esos jugos internos que para ella eran como ambrosía.
Con cada embestida de su lengua, Migi se deshacía más, sus músculos internos palpitaban y apretaban alrededor de la lengua invasora.
—Vamos, córrete en mi puta boca —ordenó Clara, su voz dura y exigente—. Quiero beberme todos tus jugos.
Y con esas palabras, Migi explotó, su orgasmo sacudiendo todo su cuerpo mientras Clara la chupaba y mordisqueaba sin piedad. Migi gritó, un sonido primal y liberador, mientras ella la llevaba a las alturas del placer, dominada por completo por esa boca hambrienta.
Un estremecimiento la recorrió, violento, paralizante.
Un orgasmo que la dejó sin aliento, sin fuerza.
Migi se derrumbó sobre el suelo, incapaz de sostenerse por el temblor de sus piernas y el orgasmo que aún le recorría el cuerpo. Clara se levantó con tranquilidad, el rostro húmedo y brillante por los jugos de Migi, y esbozó una sonrisa satisfecha.
Migi, jadeando aún, pudo notar un el cambio en el aire.
Pasos lejanos, amortiguados pero constantes, subían por las escaleras.
No faltaba mucho tiempo más para que sus guardias llegaran a la habitación.
La alarma silenciosa que había activado había funcionado.
Sus hombres llegarían pronto, esperaba que a tiempo para detener a Clara.
Ella era demasiado rápida, demasiado peligrosa si se daba cuenta.
—Maldita sea, lo siento pero no podía perderme la delicia de tus labios —susurró Migi, aun jadeando, su voz gruesa y cargada de un deseo humillante—. Valió cada minuto.
Clara no respondió.
El eco de pasos resonó en el pasillo, sordo, pero acercándose. Ella entonces lo entendió: Migi la había usado, había vendido el momento para ganar tiempo. Traición envuelta en placer.
Sin una palabra, Clara se arrodilló otra vez frente a ella.
No hubo ternura ni promesas, sólo dominio.
Le abrió las piernas de un tirón, exponiéndola sin piedad.
Migi, vulnerable, apenas alcanzó a soltar un gemido sofocado antes de que le hundiera dos dedos de golpe en su interior, hasta el fondo, con una brutalidad que le arrancó un espasmo.
—¿Dónde está Elaine? —demandó, su voz un filo en la oreja de Migi—. No quiero tu placer, quiero respuestas. Habla, puta.
El cuerpo de Migi respondió como un traidor dócil: estremeciéndose, mojándose aún más al contacto rudo, indecente.
Clara la penetraba sin piedad, moviendo los dedos en embestidas rápidas, certeras, crueles, rozando y presionando con maestría inhumana hasta arrancarle jadeos, hasta obligarla a gemir con la boca abierta y el rostro vencido por el placer forzado.
La humedad crecía, los gemidos de Migi se volvían más desesperados.
No podía sostenerse, su cuerpo la traicionaba, rendido bajo aquella agresión torpe y meticulosa.
—Dímelo o paro—insistió, esta vez en un murmullo dulce, casi cantarín.
Migi gimió, su cuerpo roto entre la sumisión y el orgasmo inminente. Quiso resistir, quiso callar, pero los dedos de Clara la destruían por dentro, la llevaban a un clímax irrefrenable y sucio.
——La computadora... —jadeó, rota—. En la agencia. La clave es… velvet noir.
Justo cuando los pasos de los guardias se acercaban, Se inclinó y le dio a Migi un último beso de lengua, explorando su boca con una intensidad feroz. Migi, aún en medio de su éxtasis, respondió con igual pasión, enredando su lengua en un baile salvaje y desesperado.
—Tampoco podía perder esta oportunidad —murmuró Clara contra los labios de Migi. Su voz era un susurro de satisfacción y dominio.
Clara se separó, sus labios brillando con los jugos de Migi, y se puso de pie con un salto. Con una última mirada lasciva, escapó justo antes de que los guardias irrumpieran en la habitación. Dejó a Migi en el suelo, saciada y con una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Clara aún jadeaba, con la respiración entrecortada, mientras huía en la moto. El viento le azotaba la cara y el pulso le martilleaba en las sienes. Fue entonces cuando lo oyó: el sonido lejano pero inconfundible de varios vehículos llegando por la grava. Movimientos. Refuerzos.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. Se lamió los dedos, saboreando aún el rastro de Migi, y murmuró con voz baja pero firme:
—Ahora sí, amigas… vamos a jugar en serio.