Convertida en Deseo CAPÍTULO XI #3
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CAPÍTULO XI #3

Clara se abrió para él. Sus piernas envolvieron su cintura, invitándolo a entrar. El hombre entró en ella de una sola estocada, haciendo que ambos gimieran de placer.

Lo sintió en toda su fuerza, sus caderas se agitaban en un ritmo frenético, sus tetas saltaban con cada embestida. El hombre la sujetó por el culo, ayudándola a moverse, mientras sus dedos se hundían como garras en su carne suave.

—Coño, qué rica estás —gruñó, su voz llena de lujuria.

Ella sonrió, clavándole sus unas en su espalda, marcándolo como suyo.

—Más fuerte —suplicó—. Fóllame más fuerte.

El hombre obedeció, sus embestidas se volvieron rápidas y profundas, su polla llenándola por completo. Clara gritaba de placer, y su cuerpo temblaba con cada golpe. El orgasmo llegó como una ola, barriéndolos a ambos, haciendo que gritaran y temblaran de éxtasis.

Clara se dejó caer sobre él, su cuerpo sudoroso y saciado. Sonrió, besando su cuello a manera de despedida.

—Gracias —dijo Clara—. Ha sido increíble.

Se incorporó sin esfuerzo, su cuerpo desnudo brillaba bajo las luces parpadeantes de la estación desierta.

Caminó con calma hacia un pequeño estante de exhibición con una colección de lentes de sol.

Sus dedos, ágiles y seguros, eligieron un par de lentes de marco grueso y oscuro.

Se los puso con un gesto coqueto y se detuvo un instante frente al amplio vidrio de la estación, admirándose.

Su reflejo la mostraba tal como era: libre, salvaje, con el cabello revuelto cayéndole sobre los hombros y el cuerpo desnudo, aún húmedo de sudor.

Sonrió de lado, inclinando un poco la cadera, evaluándose con descaro.

Luego, con paso resuelto, tomó la sudadera blanca del mostrador.

Era ajustada, de una talla menor a la suya, y al ponérsela, sus pechos se comprimieron contra la tela, marcándose de manera provocadora bajo el tejido fino.

El borde inferior no llegaba a cubrir todo su abdomen, estirándose con cada inhalación.

Buscó con la mirada algún pantalón, pero no encontró nada.

Solo había más sudaderas. Sin dudarlo, tomó una blanca de manga larga, y se agachó.

La metió por sus piernas, pasando el cuello de la prenda hasta la altura de su cintura, dejando las mangas colgando.

Tiró de ellas hacia atrás y las anudó en un moño improvisado justo sobre sus caderas.

La tela colgaba sobre sus muslos como una falda corta y tosca, que apenas cubría lo esencial.

Se movió, dejando que la falda-sudadera se ajustara sin barreras, insinuando sus muslos torneados y el destello de su piel desnuda.

Sus ojos, siempre atentos, captaron un estante polvoriento de calzado al fondo.

Se acercó, descalza, dejando huellas ligeras en el polvo del suelo.

Tras un breve examen, eligió un par de botas negras de cuero, con tacón moderado y cordones largos.

Eran rudas, masculinas, pensadas para resistir carretera y tormenta.

Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y con deliberada calma deslizó sus pies desnudos en las botas, apretando los cordones hasta que quedaron ceñidas a sus tobillos.

Cuando se levantó, la imagen era provocativa en extremo: las botas endurecían su andar, otorgándole un aire salvaje y desafiante que contrastaba con la sudadera corta y la improvisada minifalda.

Cada paso hacía que la tela se alzara, provocando vislumbres sugerentes de su cuerpo cubierto apenas por lo indispensable.

Luego de revisar su imagen frente al espejo, caminó de nuevo hasta el encargado, que aún yacía en el piso, atónito y exhausto. Clara vio un llavero caído junto al hombre y lo recogió, girándolo entre sus dedos.

—¿Son de tu auto? —preguntó, agitando las llaves frente a él.

El hombre, jadeando, negó con la cabeza.

—De mi Harley… —alcanzó a decir con la voz ronca.

Ella le sonrió satisfecha, con cierto destello malicioso en su expresión.

—¿Me la regalas? —dijo con una sonrisa encantadora, ladeando la cabeza, su cabello cayéndole como una cortina sedosa.

Él no dudó. Asintió moviendo su cabeza en silencio, derrotado y hechizado a la vez.

Con una sonrisa satisfecha, Clara guardó las llaves en el bolsillo delantero de la sudadera que usaba como falda.

Se dio media vuelta y, sin mirar atrás, se encaminó hacia la salida, con sus botas resonando contra el piso vacío y sus caderas balanceándose en un vaivén hipnótico bajo su improvisado atuendo.

—Hasta la próxima —dijo, guiñándole un ojo antes de salir de la estación, dejándolo solo con sus pensamientos y su polla de nuevo dura.

El viento de la noche la recibió afuera, despeinándole el cabello mientras caminaba hacia la moto estacionada junto a los surtidores. Relucía bajo la luz mortecina de la estación, imponente, como si la esperara.

Clara se montó en la Harley con naturalidad salvaje.

El motor estalló con un rugido áspero, vivo, como un animal despertando.

Se ajustó los lentes oscuros sin apuro, sintiendo la vibración en su cuerpo.

Luego, aceleró con violencia. La moto y ella se fundieron en una sola forma brutal, devorando la ciudad hasta perderse en la oscuridad.