CAPÍTULO XI #2
Clara se mordió el labio inferior, bajando los ojos como si estuviera avergonzada, jugando con sudadera sobre el mostrador, sus dedos largos y suaves palpaban la tela como si se tratara de un regalo delicado.
—No tengo dinero —dijo, con una voz apenas audible, dulce como un susurro entre sábanas—.
El hombre tragó saliva. Dos veces. No podía quitarle los ojos de encima.
Ella se acercó un poco más, con los codos apoyados en el mostrador, apretando los pechos juntos sin esfuerzo, como si la naturaleza misma los guiara.
Sonrió. Un gesto de colegio, de primera cita, de un beso robado en un rincón oscuro.
—¿No te gustaría…? —preguntó, ladeando apenas la cabeza. La voz no era ya una pregunta: era un anzuelo.
El hombre emitió un sonido sordo, algo entre un gruñido y un suspiro roto. La miraba como un hambriento frente a un banquete prohibido.
Ella soltó una risa pequeña, casi una burla, una campanilla de cristal quebrado.
—Podríamos... arreglarlo aquí mismo —dijo, su mano viajando en un gesto casual por el borde del mostrador, bajando, bajando, mientras su cuerpo entero parecía inclinarse hacia él con una paciencia de cazadora.
No había prisa en sus movimientos. No había duda en sus ojos. Solo ese juego cruel, esa danza entre lo prohibido y lo inevitable.
El hombre dio un paso involuntario hacia adelante.
Clara no se apartó.
—Quiero agradecerle bien —murmuró Clara, y su aliento acarició la piel del hombre, erizándola—. Me salvaste. Tengo frío, y hambre, y... ganas de agradecerle de verdad.
El temblor en la mano del hombre era evidente. Sus ojos no sabían dónde posarse: el rostro angelical, los pechos firmes que subían y bajaban al compás de su respiración entrecortada, las caderas hipnóticas que parecían moldeadas para enloquecer.
—¿Ves? —dijo Clara en un susurro apenas audible—. Sabía que querrías ayudarme. Sonrió con malicia, pero con un brillo limpio en sus ojos. Y antes de que el hombre pudiera moverse o pensar, ella se inclinó hacia adelante, borrando el último espacio entre ellos.
—Quiero chuparte la polla —susurró, sus ojos brillando con deseo.
El hombre asintió, incapaz de hablar. Clara se arrodilló frente a él con movimientos rápidos y decididos.
Le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones de un tirón.
Su polla, ya dura y pesada, saltó libre.
Clara la miró con hambre evidente, se pasó la lengua por los labios y se inclinó hacia adelante.
—Joder, qué rica —murmuró, antes de tomarla en su boca.
El hombre gimió y hundió los dedos en su cabello, guiándola con más fuerza mientras ella lo chupaba con avidez.
Clara lo tomó profundo, relajando la garganta para tragarlo hasta el fondo.
Lo chupaba con hambre, moviendo la cabeza con movimientos rápidos y desesperados.
Su saliva resbalaba por su polla, haciéndola brillar bajo la luz tenue.
Los sonidos húmedos y obscenos llenaban la habitación cada vez que sus labios subían y bajaban por su eje.
Estaba fuera de sí. No había técnica, solo necesidad. Succionaba con fuerza, lamía con urgencia, como si necesitara devorarlo.
—Qué rico —murmuró, sus ojos mirando hacia arriba mientras lo chupaba, buscando la aprobación y el placer en los ojos del hombre.
Con la barba descuidada y el rostro enrojecido por la excitación, él gemía y maldecía, con su cadera se estremecía al ritmo de las succiones que Clara le proporcionaba de forma tan aplicada. Sus manos apretaban su cabello, guiándola con fuerza, empujándola a tomar más y más de él.
—Así, nena, así —gruñía, su voz ronca y llena de lujuria—. Chúpamela toda, trágatela entera.
Clara obedecía con gusto, sorbiendo su saliva y los fluidos preeyaculatorios del hombre creando una mezcla resbaladiza y caliente. Podía sentir cada vena, cada pulso de su polla, y lo disfrutaba, saboreándolo como si fuera el manjar más delicioso.
—Mmm, me encanta tu sabor —murmuró, tomando un breve respiro antes de volver a sumergirse en su tarea, chupando con aún más desespero.
El hombre podía sentir el orgasmo acercándose, sus bolas se tensaban y una sensación de calor se extendía por su espina dorsal.
—Voy a correrme, nena —avisó, su voz entrecortada por el placer inminente.
Ella asintió, sin dejar de chupar, sus ojos llenos de lujuria y anticipación. Quería todo su semen, quería tragarlo, saborearlo, sentirlo caliente y espeso en su garganta.
Con un último gemido gutural, el hombre explotó, su polla palpitaba mientras descargaba su carga dentro de la boca dispuesta. Ella succionó con avidez, con sus músculos trabajando para aceptar toda su esencia y sus ojos cerrados en éxtasis.
—Mmm, divino —murmuró, relamiendo los últimos restos de semen de sus labios y su polla—. Me encanta su sabor. Y quiero más.
El hombre, aún jadeante y con el corazón acelerado, miró a Clara con una mezcla de asombro y satisfacción. Nunca había conocido a una mujer tan deseosa y entusiasta.
—Nena, estas buenísima—dijo, incorporándose
Clara sonrió, sus ojos brillando con malicia y deseo.
—Quiero que me folles —dijo, su voz un susurro seductor pero inocente.
El hombre tragó grueso, y asintió, llevándola hacia el suelo. La tumbó con cuidado. Sus manos recorrieron su cuerpo, tocando cada curva, cada rincón.
El hombre tomo su polla entre sus manos, ya recuperándose con la rapidez de un veinteañero. Ella lo miró a los ojos, sonriendo con malicia.
—Fóllame como si no hubiera un mañana —dijo con voz queda, apenas audible.