CAPÍTULO IX #4
Elaine contempló la escena con una sonrisa sádica, los ojos brillantes de excitación. Besaba a los tres hombres por turnos, hundiendo la lengua con avidez hasta profundidades que los hacían gemir. Solo se detenía un instante para dar órdenes, controlando cada movimiento, cada embestida.
—Más fuerte —les exigía—. Hazla sentir cada centímetro.
Ellos obedecían en silencio, como máquinas bien engrasadas, sus cuerpos moviéndose en una sincronía brutal de placer y dolor.
El tercer hombre, con su polla larga y gruesa, brillante de excitación, se acercó a Elaine, quien, sin dudarlo, se la tragó entera.
La chupaba con una avidez desenfrenada, mientras mantenía sus ojos fijos en ella.
Clara, con lágrimas corriendo por su rostro, solo podía mirar a Elaine, rogando en silencio que de alguna manera pudiera detener todo ese dolor, toda esa degradación.
—Por favor… haz que paren… —susurró Clara, pero su voz se ahogó entre los gruñidos animales de los hombres y los gemidos lascivos de Elaine.
La morena se inclinó sobre ella con una mueca de desprecio y le escupió directamente en la cara. La saliva caliente le resbaló por la mejilla.
—¿Te gusta, perra? —se burló, riendo.
Uno de los hombres, el más alto y musculoso, la levantó como si no pesara nada.
Con un movimiento seco y brutal la empaló por detrás, clavándose hasta el fondo mientras sus manos le sujetaban la cintura con fuerza.
Al mismo tiempo, el otro hombre la penetró por delante con embestidas profundas y despiadadas.
El cuerpo de Clara quedó suspendido entre ambos, sacudido con violencia, crujiendo como si fuera a romperse.
El dolor era insoportable. La humillación, mucho peor.
Clara sentía cada embestida como un castigo, cada golpe como una afirmación de su humillación.
Su cuerpo estaba atrapado entre fuerzas brutales, siendo usado y abusado sin ninguna consideración.
El sudor y los fluidos corporales se mezclaban, creando una película resbaladiza y obscena sobre su piel.
Gruñidos y gemidos llenaban el aire, como una sinfonía de lujuria y dominio.
Elaine chupaba al tercer hombre con lentitud deliberada, sin dejar de observar a Clara con una sonrisa oscura y satisfecha. Todo esto lo había planeado ella. Cada detalle. Cada hombre. Cada orden.
—Más fuerte —dijo con voz calmada, casi dulce—. Quiero oírla gritar de verdad.
Los dos hombres respondieron con renovada brutalidad. Uno la follaba por detrás con embestidas profundas y violentas, mientras el otro la penetraba por delante sin descanso. El cuerpo de Clara quedó atrapado entre ambos, sacudido sin piedad.
Esto lo organizó ella… todo esto fue idea suya.
El pensamiento le golpeó como un latigazo. El dolor era insoportable, pero lo que más la destrozaba era la traición. Elaine la había entregado a estos hombres como si fuera un juguete. Y ahora la miraba con placer mientras la rompían.
Clara, con la mirada perdida y el rostro bañado en lágrimas y saliva, giró apenas la cabeza y la miró directamente. Con la voz muy débil y quebrada, apenas audible entre los gruñidos y los golpes de carne contra carne, preguntó:
—¿Esto… es lo que quieres?
La pregunta salió rota, casi inaudible. Pero Elaine la oyó. Y sonrió más amplia.
Clara no podía creerlo. No podía procesar que Elaine necesitara esto. Que disfrutara viéndola destrozada, humillada hasta ese punto. La idea la atravesó como un cuchillo helado y algo dentro de ella se rompió por completo.
Su mente se desconectó. El dolor seguía ahí, pero ya no lo sentía del mismo modo. Su cuerpo seguía siendo usado, pero ella ya no estaba del todo presente. Solo quedaba un vacío frío y lejano.
Elaine, complacida, volvió a meterse la polla en la garganta hasta el fondo, sin dejar de mirarla.
Clara no podía hablar, solo podía sollozar, convulsionando con cada embestida brutal. El dolor la sobrepasaba, con su cuerpo roto desde dentro. Estaba perdida, sumergida en un pozo de degradación y lujuria, sin escapatoria, sin esperanza.
Y así, entre gritos y gemidos, durante un tiempo que a Clara le parecieron siglos, fue usada, abusada y destruida, un juguete roto por los deseos más oscuros y perversos.
Clara quedó sola sobre la mesa. Las piernas abiertas. El cuerpo temblando levemente. Los muslos brillando con una mezcla de sudor, saliva y otros fluidos. El cabello empapado, pegado a la frente. La conciencia abandonando su cuerpo como humo que se disipa. La boca entreabierta. Vacía.
Y sin embargo… no rota. No como antes.
En ese instante, algo cambió en su pecho. No había lágrimas. Ni rabia.
Solo una comprensión perfecta. Fría. Absoluta. Ya no soy para mí. Soy para ellos. Para ella. Y si ese propósito era satisfacer a Elaine... Entonces valió la pena.
El silencio de la sala la envolvió. El zumbido de los fluorescentes era lo único vivo. Su cuerpo yacía como un objeto abandonado, con fracturas, hemorragias, laceraciones, moretones: un amasijo de carne devastada.
La vista se le nubló. La respiración se volvió cada vez más lenta, más débil.
Y en ese último instante, comprendió que la vida la estaba dejando.
No con violencia, no con gritos, sino con la calma inexorable de un río que se aleja: gota a gota, respiro a respiro, como si la existencia misma se le escurriera por las heridas abiertas.