CAPÍTULO X
El Gran Salón había sido, hasta esa misma tarde, un escenario impecable. Mármol pulido, espejos infinitos, barras de bronce brillando bajo las luces. Un espacio donde cada superficie reflejaba perfección y disciplina.
Los espejos estaban ahora reducidos a astillas que cubrían el piso como escarcha cortante.
Los focos del techo colgaban deshechos, balanceándose sobre cables chamuscados que chisporroteaban con olor a caucho quemado.
El mármol estaba fracturado, manchado de fluidos y de huellas profundas, como si algo descomunal hubiera estallado desde dentro.
Ahora, en medio de la penumbra, las modelos eran ruinas vivas, igual que el salón.
Estaban tendidas en distintas esquinas, demasiado golpeadas para levantarse.
Sus cuerpos estaban marcados por la violencia: moretones oscuros y amoratados cubrían muslos, vientres, pechos y rostros.
Algunas tenían la piel hinchada donde los puños o las palmas habían impactado con fuerza.
Otras presentaban cortes y raspaduras en la espalda y los costados, como si las hubieran arrastrado o golpeado contra el suelo.
Algunas temblaban todavía, con la respiración entrecortada, mientras la sangre seca se mezclaba con moretones frescos que seguían oscureciéndose.
—No siento las piernas… —gimió Valentina, acostada boca arriba, los muslos hinchados, las medias rotas como jirones pegados a la piel—. Si me muevo siento que me voy a desgarrar.
—Te acostumbrarás —respondió Samira, con la voz baja, quebrada, la espalda arqueada contra el muro—. La primera vez siempre es así. Después… duele menos.
Isolda, con la mirada de hielo, escupió sangre al suelo. —Cállense. Todas sabíamos lo que era. —¿Y Clara? ¿Alguien… la vio después?
Ninguna respondió al instante. Todas lo pensaban. Todas temían decirlo.
Aiko soltó una carcajada nerviosa, casi histérica. Estaba encogida contra la pared, con el maquillaje corrido como una máscara grotesca.
—Yo… solo recuerdo que la arrastraron al centro —dijo Aiko, sin levantar la cabeza—. La última vez que la vi estaba… rota. Y aún seguían con ella.
—No puede haber salido por su cuenta —añadió Isolda con frialdad, como quien dicta sentencia—. Si alguna sigue viva en este salón, debe ser ella.
Aiko rio otra vez, rota, sin humor, llena de un temblor que rozaba el delirio.
—Si está viva…
Horas después, los trabajadores continuaban revolviendo los escombros buscando sobrevivientes, cubiertos de polvo gris y respirando con dificultad a través de máscaras de emergencia.
Muebles volcados. Monitores arrancados de raíz.
Y en medio de ese paisaje de devastación, fue donde encontraron a Clara.
No parecía una mujer: parecía otra extensión de las ruinas.
Como un maniquí quebrado, arrastrado por la tormenta, abandonado sobre una superficie metálica que alguna vez fue una mesa.
Los bordes de su silueta se confundían con los restos chamuscados, con los fragmentos de vidrio pegados a su piel.
Era el último espejo roto de aquel templo caído.
Una figura se adelantó entre los rescatistas, abriendo paso con una autoridad silenciosa. Era Migi, siempre presente, siempre al mando.
Migi activó su comunicador.
—Victoria, aquí Migi. Ya encontramos a Clara. Está viva. Daños graves, pero recuperables. Procedemos a trasladarla fuera del sector de colapso, directo al laboratorio. Su cuerpo puede tolerar un nivel de mejoramiento 2… tal vez 3 si la estabilizamos pronto.
Silencio. Solo el zumbido de la estática parecía llenar el salón en ruinas.
—¿Victoria? —insistió Migi, con el ceño fruncido—. Nivel 3 es el máximo razonable. Cualquier cosa por encima y su sistema nervioso podría fallar.
La respuesta llegó después de un silencio largo y pesado:
—Quiero nivel 10.
Migi se quedó completamente quieta. Por un instante, pareció haber olvidado cómo respirar. Parpadeó varias veces detrás del visor, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Nivel… 10? —repitió, con la voz cargada de incredulidad—. Victoria, eso es imposible. La cápsula no está calibrada para un salto así. El protocolo se rompería. Su cuerpo no lo resistiría…
Otro silencio se extendió por la sala. Migi apretó los puños con fuerza, visiblemente alterada. Los trabajadores que la rodeaban observaban su expresión con curiosidad, intentando descifrar qué orden había recibido para que reaccionara con tanta inquietud.
Migi cerró los ojos. Escuchó a los técnicos arrastrar los pies sobre vidrios y restos de mármol. Los cuerpos gimiendo en la penumbra. Miró a Clara de reojo: no era más que otra pieza de esa devastación, un templo caído convertido en escombros.
—Entendido. —su voz sonó como un hierro que se dobla—. Cambio al canal de comunicación cifrado.
Migi cambio el canal de su radiotransmisor. Y por un segundo, respiró hondo con el aparato apretado contra su pecho. Luego, fingiendo un aplomo que no sentía, se comunicó con el laboratorio.
—Inicien preparación de la cápsula para nivel 10. Queda registrado: por orden directa de Victoria. Sin objeciones. Sin garantías.