CAPÍTULO IX #3
La plataforma estaba casi vacía. Solo había un objeto: un enorme gong circular, suspendido en una estructura de acero pulido, como una luna detenida.
Los músicos dejaron de tocar de inmediato. Las cuerdas se silenciaron como si sus arcos hubieran sido cortados. El aire se tensó. Las copas temblaban en las manos. Su piel se erizó bajo el tul. Cada fibra de su cuerpo entendía que algo estaba a punto de estallar.
Un silencio absoluto.
Todos los ojos se dirigieron a ella.
—Pálida, imperturbable, con el antifaz plateado cubriéndole el rostro— extendió la mano y tomó un mazo largo, envuelto en terciopelo negro. Lo levantó con lentitud.
Entonces, con voz grave y sin emoción, como si hablara desde el centro de una catedral vacía, dijo:
—Una hora.
Y golpeó el gong.
BOOOM.
El sonido fue denso, grave, redondo, como un golpe sobre el alma misma del lugar. Vibró en el mármol. En las copas. En los cuerpos.
Y el infierno se desató.
Como si una cadena invisible se hubiera roto, la sala entera entró en frenesí.
Las copas cayeron al piso, estallando contra el mármol.
Los antifaces se volvieron gritos. Hombres y mujeres, antes refinados y elegantes, se convirtieron en una turba enloquecida.
Voces desgarradas, carcajadas salvajes, alaridos.
Como si la humanidad se hubiera evaporado con esa nota metálica, los asistentes comenzaron a gritar salvajemente.
Aullidos guturales. Voces rotas. Mesas volcadas por la fuerza de cuerpos que se lanzaban sobre otros.
Copas estallando bajo pies descalzos y desesperados.
Vidrio rajando la piel. Pero nadie se detenía.
Nadie se quejaba. La sangre era solo una nueva decoración.
Hombres y mujeres se lanzaban como depredadores sobre las jóvenes de encaje, que apenas lograban dar un paso antes de ser atrapadas, arrastradas, derribadas.
Algunas fueron tiradas por el cabello al piso, otras sujetadas de los brazos, lanzadas como muñecas.
Era como si una jauría de muertos de hambre hubiera sido liberada después de siglos, y su único alimento posible fuera la carne joven, los gemidos suaves, los senos temblorosos, las bocas vulnerables.
Veía cómo los cuerpos caían al piso. Cómo se rompían los trajes, cómo la seda se convertía en jirones. Hombres peleaban entre sí, golpeándose con puños sangrientos por el derecho a poseer una entrepierna expuesta, un cuello tembloroso, un par de muslos trémulos.
Una joven vestida con una pequeña falda de gasa verde gritó al ser lanzada al suelo.
Antes de que pudiera gatear o pedir ayuda, fue cubierta por tres cuerpos masculinos desnudos, sudorosos, que se empujaban unos a otros.
Sus gemidos eran de triunfo. Ella desapareció bajo ellos como bajo una avalancha de carne.
Clara vio una chica de encaje amarillo caer de espaldas, su ropa rasgada.
Un hombre la penetró allí mismo, sobre los mosaicos rotos, con el rostro convulsionado de furia y éxtasis.
La chica no se movía. Su mirada era vacía.
Como una muñeca rota. No gritaba. No lloraba.
Solo miraba al techo mientras la embestían.
A Clara le temblaron las piernas. La escena era demasiado. Demasiado cercana. Demasiado cruda. Sentía que el corazón iba a salírsele por la boca. Pero no podía apartar los ojos.
Otra jovencita de traje azul pálido fue tomada por una pareja. La alzaron, se rieron, y uno de ellos la arrojó contra una columna con un golpe seco. El otro se subió sobre ella, ya desvestido, y comenzó a penetrarla sin ceremonia. Las manos le apretaban los pechos. Ella chilló, pero no se resistió.
Clara retrocedió. Su garganta apretada. No podía gritar. Ni moverse. Todo era demasiado real. Y demasiado incomprensible. ¿Esto era el final? ¿Era parte del entrenamiento? ¿Era castigo?
Una joven delgada, con medias rosas y una blusa rota, le hizo señas. Clara se dirigió a ella con rapidez. Quizás podían esconderse. Quizás había un rincón seguro.
Apenas alcanzó a dar un paso hacia ella cuando la joven fue atrapada por dos figuras femeninas, vestidas de negro.
La besaron con desesperación, como si el contacto fuera droga.
Luego la tiraron al suelo. Una se montó sobre su rostro, apretando sus muslos contra su nariz.
La otra la sujetó de la cintura y comenzó a masturbarla sin piedad. Dos dedos moviéndose con violencia.
La chica pataleaba. No podía respirar.
Clara se paralizó. La escena era hipnótica. Los gemidos. La violencia.
No pudo soportarlo: gritó con todas sus fuerzas, con desesperación, pero nadie escuchó. Ni siquiera ella misma.
Intentó retroceder. Quería correr. Escapar.
Y entonces algo la tomó por la cintura. Fuerte. Sin aviso. Un brazo apretó su abdomen, la levantó con violencia. Clara se retorció, gritó, creyó que su cuerpo sería arrojado al suelo, desgarrado como los demás.
Fue arrastrada hacia una puerta lateral.
El aire cambió. De pronto estaba en un espacio más estrecho, más frío. Un cuarto contiguo. Una antesala. Tal vez un vestidor. Afuera, el sonido seguía: gritos, carne contra carne, golpes como martillos tribales. Una orquesta de violencia.
Clara giró, sin aliento. Y la vio.
Alta. Morena. Vestida de encaje negro. Con una silueta tan familiar que la sangre se le detuvo.
—¡Elaine!
La reconoció en el primer segundo. No por el rostro. No por la voz. Por su presencia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no de miedo. De alivio.
—Elaine... —susurró.
La otra no respondió. Solo cerró la puerta con una mano. Afuera, el ruido apagado de los golpes seguía. Como una guerra. Como un sacrificio colectivo.
Dentro, el silencio era distinto.
Verla ahí, como una aparición entre el caos, la hizo temblar por dentro. Las piernas le fallaban. Quiso abrazarla, caer de rodillas, tomar sus manos, cualquier cosa que confirmara que estaban a salvo.
—Elaine… —susurró Clara, con la voz rota—. Gracias. Me salvaste.
Por un segundo, creyó ver un dejo de ternura en el rostro oculto detrás del antifaz negro. Pero fue solo un parpadeo. Porque en cuanto Elaine sonrió, lo que vino después fue una risa aguda, descarada, casi cruel.
—¿Salvarte? —se burló—. Qué tonta eres, Clarita. No te traje aquí para protegerte. Te traje para gozarte. Para tenerte a solas. Para compartirte... con mis amigos.
El corazón de Clara se detuvo.
Dio un paso atrás, el cuerpo rígido. Su garganta se cerró.
Tres figuras masculinas emergieron de la penumbra del cuarto.
Altos. Callados. Enmascarados. Vestían trajes oscuros, pero sus camisas estaban abiertas, como si ya hubieran esperado esto desde antes.
La miraban como se mira algo que ya no tiene defensa.
Antes de que pudiera reaccionar, la sujetaron. Uno por cada pierna. Otro por los brazos.
Con una facilidad pasmosa, la alzaron y la lanzaron con un golpe seco sobre una mesa baja, de madera rugosa. El contacto le sacó el aire. Las luces del techo por un momento giraron ante sus ojos.
Clara forcejeó, en pánico. —¡No… no así! ¡Por favor! ¡No así!
Elaine se inclinó sobre ella, sin dejar de sonreír. Sus dedos le tomaron el rostro con una delicadeza casi insultante.
—Qué divertida eres cuando crees que tu opinión importa. ¿De verdad piensas que tienes elección ahora? ¿Después de todo lo que suplicaste con los ojos?
Mírame. ¡Mírame cuando te hablo!
Clara temblaba. La piel le ardía. La situación se volvía más irreal a cada segundo. Una parte de ella quería desaparecer. La otra… no entendía por qué, seguía mojada.
—Por favor—suplicó, su voz era apenas un soplo—. Yo no puedo. Solo... no así. Nunca he estado con un hombre…
Eso hizo reír a Elaine más fuerte. Una risa seca, de cristal afilado.
—¿Y crees que eso significa algo aquí? ¿Tú crees que eso me importa? Clara cerró los ojos con fuerza. No quería ver. No quería pensar. Esperaba que algo interviniera. Que el mundo se rompiera. Un milagro. Cualquier cosa.
Y entonces sintió el calor del aliento de Elaine sobre su rostro. Muy cerca.
La voz le llegó como un cuchillo entre los labios.
—Pero... no voy a forzarte. Porque te quiero oír pedirlo. Que la última palabra sea tuya.
Clara entreabrió los ojos. La miró. Elaine no bromeaba. Ni sonreía. Solo la observaba, quieta. Intensa.
Todo se detuvo.
Sintió la presión de las manos en su cuerpo. El sudor entre los muslos. La mirada de Elaine detrás del antifaz. La mezcla brutal de vergüenza, deseo, humillación. Todo era un torbellino. Un colapso.
Y entonces, de sus labios, sin pensar, sin entender cómo, salió un susurro apenas audible:
—Sí.
Apenas lo dijo, se estremeció. ¿Qué acabo de decir...?
No hubo respuesta. Solo un peso que cayó sobre su vientre.
Clara sintió como si su mundo se hubiera reducido a ese instante, a ese cuarto, a esos cuerpos que la aplastaban.
Un hombre, arranco el tul blanco de un tirón y se abrió paso en su interior con una brutal embestida.
Un dolor punzante, insoportable la paralizó.
Intentó gritar, pero el golpe le había robado el aire de sus pulmones.
Al principio sintió como brasas encendidas le quemaba las entrañas.
Sentía que sus venas latían con cada movimiento, como un recordatorio brutal de la realidad.
Manos grandes y rudas la agarraban con fuerza, dejando marcas rojas en su piel.
Sentía que sus venas latían con cada movimiento, como un recordatorio brutal de la realidad.
Mientras el primer hombre la penetraba, el segundo se inclinó sobre ella.
Sus dientes mordían sus senos con una ferocidad que la hizo gritar.
El sufrimiento era insoportable, pero lo que más le dolía era la humillación, la sensación de ser usada, de ser un objeto de placer para estas bestias.
Sus pechos, sensibles y doloridos, quedaban cubiertos de marcas rojas y moretones, testigos silenciosos de su desolación.