Convertida en Deseo CAPÍTULO IX #2
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CAPÍTULO IX #2

Una sensación punzante entre las piernas. Feroz. Como si su cuerpo no distinguiera entre miedo y deseo. Como si ambos fueran uno. Clara se estremeció. Jadeó. El aire era tan denso que sentía que lo masticaba.

Y entonces cayó.

Su pie no encontró firmeza. Gritó al caer, un aullido seco, sus brazos intentando agarrarse de la nada. Su cuerpo chocó contra el suelo con un ruido sordo. Un gemido. Dolor en la cadera, en el codo. La mejilla raspada. Se quedó tirada unos segundos, confundida, con la respiración cortada.

No puedo más... No puedo seguir...

Su mano tanteó alrededor. El antifaz. Ya no estaba.

—¡No! —susurró, y luego gritó— ¡No, no, no!

Gateó, desesperada, las uñas raspando el suelo. Buscaba ese pequeño fragmento de tela como si fuera oxígeno. Como si su identidad estuviera atada a él. Lo encontró al fin, medio aplastado sobre la piedra fría.

Y al tenerlo de nuevo entre sus dedos… lloró de alivio.

Lo sostuvo contra su pecho. Apretado. Como si pudiera desaparecer de nuevo. Como si el perderlo significara perderse a sí misma. No me dejes, pensó. No sabía a quién se lo decía.

Intentó volver. Tanteó la pared. Pero no había puerta. Nada que abrir. Nada que empujar. Solo el encierro. La nada.

¿Estoy atrapada? ¿Encerrada como un animal?

Y sí. Se sentía como uno.

Enjaulada. Atrapada. Un cuerpo rendido a un entorno que no controlaba.

Gritó:

—¡¿Hay alguien?! —Su voz rebotó, ahogada por la nada.

Silencio.

¿Victoria me observa? ¿Migi se ríe desde una cámara secreta?

Peor aún.

¿Elaine...? ¿Está allí… riéndose de mí… ahora mismo?

El pensamiento la hizo crujir por dentro. Le dolió. Como una cuchilla emocional clavándose entre las costillas. El desprecio de Elaine, su rostro imperturbable, su frialdad después del éxtasis... era el peor castigo. Más cruel que el encierro, más cruel que el miedo.

Y aun así... amaba ese recuerdo. Lo necesitaba. Era su único fuego en medio de la ceguera. La escena volvía a su mente como una visión sagrada: las manos de Elaine, la violencia contenida en cada gesto, la voz endurecida como hierro. Clara tembló. No de miedo, sino de reverencia.

¿Qué haría Elaine? ¿Qué pensaría Elaine si me viera así?

“Avanza.” Escuchó la palabra en su cabeza con total claridad.

Y avanzó. A tientas. Con los brazos extendidos, caminando por las tinieblas como quien cruza el umbral de su propio yo. No sabía si iba a caer. Si se abriría un abismo debajo de sus pies. Pero avanzaba.

Porque quedarse quieta era peor.

Esto es una prueba. Lo es. Pero no para ellas. Es para mí. Es mío.

Pasaron segundos… o siglos.

Y entonces, un sonido. Leve. Lejano. Como una melodía ahogada. Como voces entre paredes. Música tenue, fragmentada. Clara se detuvo. Aguzó el oído. Estaba adelante. En algún punto… adelante.

Siguió caminando.

Cada paso era un diálogo consigo misma. Su cuerpo dolía. No del suelo, ni del frío. Dolía de haber sido tocado, marcado, abierto. Y sin embargo, ese dolor ya no le era ajeno. Era propio. Era suyo. No impuesto.

Voluntario.

Y en ese dolor encontró una extraña claridad.

He cambiado. No soy la misma. No quiero volver a serlo.

El miedo ya no era un enemigo. Era una herramienta. Una excusa para someterse a algo más grande. A alguien más fuerte. Elaine. Su desprecio me vació... su mirada me llenó.

¿Qué haría Elaine si me viera así, ahora? ¿Tanteando la oscuridad, vestida como una muñeca rota, perdida en un túnel sin salida? La respuesta era cristalina.

Se burlaría. Me insultaría. Me haría arrodillar.

Y yo lo aceptaría.

Más que eso: lo buscaría.

Porque complacerla… es complacerme. Porque ser vista, aunque sea como una cosa... es ser real.

El pensamiento la estremeció. Ya no necesitaba el permiso de nadie para humillarse. Había tomado el control al soltarlo. En la oscuridad absoluta, Clara entendió su nuevo poder: era la entrega total. La anulación del ego. La obediencia voluntaria como forma de renacimiento.

Y con eso, sonrió. Solo un poco. Entre lágrimas silenciosas.

Si debo arrastrarme… lo haré. Si debo caer… que así sea. Si solo puedo existir como reflejo de otro deseo… entonces que ese deseo sea Elaine.

Caminó un poco más.

El sonido aumentó, apenas perceptible. Voces. Música. Algo se acercaba… o ella se acercaba a ello. La oscuridad no cambió, pero su voluntad sí. Ya no era una prisionera.

Y en su pecho, como un segundo corazón, el antifaz blanco, aún sin usar, se calentaba como si esperara el momento exacto.

Si debo sufrir, si debo convertirme en nada… será por su placer. Y entonces yo… seré todo.

La música crecía. El aire olía distinto.

No sabía qué la esperaba. Pero ya no quería ser salvada. Quería ser usada.

Siguió caminando hacia los sonidos, guiada por ecos rotos, por la promesa de algo más que oscuridad.

La música flotaba, ligera, como si viniera de otro mundo.

Su corazón latía con fuerza, una percusión animal que se sentía en su pecho, en los pezones inflamados, entre las piernas.

Cada paso hacía que sus pensamientos se deshilacharan más.

Entonces tropezó con una pared.

Tanteó a ciegas, y notó una ranura. Una puerta encajada en la piedra. Empujó.

El mecanismo cedió sin esfuerzo y, sin esperarlo, la puerta se abrió hacia afuera, haciéndola caer casi de bruces.

La luz la golpeó en los ojos como una bofetada de fuego blanco.

Cerró los párpados con fuerza, enceguecida por la intensidad.

Venía de un mundo de tinieblas, de un útero sin luz, y ahora estaba siendo parida a un nuevo espacio.

Cuando al fin logró abrir los ojos, lo que vio la hizo detenerse.

Una sala. Amplia. Resplandeciente.

Cúpulas altas, columnas blancas, cortinas de terciopelo y candelabros flotando desde el techo con luz cálida, dorada. Las paredes parecían respirarse. El aire olía a champán, perfume costoso y lujo oculto. Un cuarteto de cuerdas tocaba al fondo una pieza clásica, suave, elegante.

Personas. Muchas. Conversaban, reían, tomaban en copas de cristal. Todos vestían trajes de gala. Y todos llevaban máscaras. Algunas simples, de satén; otras exuberantes, con plumas, perlas, oro. Algunos antifaces cubrían sólo los ojos, otros el rostro completo.

Clara avanzó, temblando. Sentía los pies resbalar sobre el mármol brillante.

Miró todo con ojos dilatados, como si estuviera soñando.

Como si el mundo fuera una alucinación de belleza y amenaza.

El vestido de tul que llevaba parecía ahora más vulgar que delicado.

Las otras chicas —servidoras, anfitrionas, muñecas— vestían conjuntos similares, pero más elaborados, de encaje y seda.

Colores pastel: Rosa. Azul cielo. Amarillo pálido.

Algunas llevaban bandejas con bocadillos, otras solo esperaban de pie, inertes, como esculturas vivas.

Y entonces, de entre la multitud, una figura la interceptó.

Alta. Delgadísima. Casi etérea. Vestía un encaje rojo tan revelador que parecía una provocación deliberada.

El corset abierto dejaba ver parte de sus pechos, turgentes.

Las piernas largas envueltas en medias traslúcidas, tacones imposibles.

El antifaz rojo tenía detalles de oro, y el cabello —rubio, lacio, brillante— caía como un velo.

Sin decir una palabra, le propinó una fuerte cachetada.

Contundente. Sonora. Clara gimió, mareada. Sintió un sabor metálico en la boca, un zumbido en los oídos. Todo se detuvo por un segundo. Luego, las carcajadas.

Risas. Muchas. De los presentes. Como si hubieran estado esperando la escena. Como si fuera parte del espectáculo.

Clara no entendía. Las mejillas ardían. La humillación le subió por la espalda, un aguijón lento, punzante. Su cuerpo temblaba y su antifaz se le cayó de las manos.

La mujer rubia la miró con frialdad teatral y ojos coléricos desde detrás de la máscara.

—Si vuelves a llegar tarde, lo lamentarás.

Fue todo.

Luego se agachó, recogió el antifaz del suelo y se lo extendió.

—Póntelo. Ahora. Y sígueme.

Clara lo tomó con manos torpes, se lo colocó. La tela le acarició los párpados, lo ató por detrás de la cabeza. El antifaz la nublaba, pero también la protegía. Ocultaba su vergüenza. Su deseo.

Miró alrededor. No estaba Elaine.

O si lo estaba, no podía distinguirla. Había demasiadas mujeres.

Algunas con labios gruesos pintados de negro.

Ojos delineados como garras. Mujeres de piel dorada, morena, blanca como la leche.

Las máscaras lo ocultaban todo. Clara intentaba leer los gestos, las posturas, tratando de reconocer esa energía imponente que recordaba. Pero no era ninguna.

La música cesó.

Todo se volvió expectación. Silencio. La rubia que la había abofeteado retrocedió dos pasos, y se colocó en posición.

Y entonces… apareció.

Una figura alta, pálida, perfecta. Caminaba segura entre las columnas, desde una puerta lateral. Vestía un vestido negro de corte impecable, ceñido al cuerpo, y su rostro estaba oculto tras un antifaz plateado que reflejaba la luz como un espejo.

Clara se estremeció. El aire se volvió más denso.

¿Victoria…?

El nombre ni siquiera se formó completo en su cabeza. Era un vértigo. Una certeza silenciosa. Su pecho se oprimió, con miedo. Una sensación como un lazo tirante se cerró sobre su garganta.

¿Era ella...? Y si lo era…

¿Me verá? ¿Me recordará? ¿Me aprobará… o me destruirá? Bajó la cabeza. El cuerpo entero le temblaba. No de miedo. De necesidad.

Porque en ese momento, con la mejilla todavía ardiendo por la bofetada, con los pezones doloridos bajo el encaje, con el antifaz robándole la identidad y la voluntad, Clara ya sabía:

No quería escapar.

La mujer del vestido negro no pronunció una palabra al principio.

Sus pasos resonaban con un eco casi sagrado mientras subía las escaleras al fondo de la sala.

La multitud se abrió a su paso como un rezo sin voz.

En lo alto, se detuvo frente a una plataforma elevada, visible desde cada rincón del salón.

Allí, sola, era una figura de poder absoluto.