Convertida en Deseo CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Abrió los ojos y lo primero que sintió fue frío.

El suelo, duro y helado, presionando contra su piel desnuda.

Luego, el dolor. Un peso punzante en la cabeza, como si le hubieran golpeado con un martillo.

Las sienes le palpitaban. El cuerpo entero dolía como si hubiese sido castigado, arrojado, arrastrado por un lugar sin nombre.

Estaba desorientada.

¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? Por un momento se quedó inmóvil, tratando de ordenar pensamientos dispersos que no terminaban de encajar.

Como si su mente estuviera sumergida en una neblina espesa.

Los recuerdos llegaban lentos, tropezando entre sí: primero imágenes rotas, rostros sin nombre, un salón con columnas, voces que no entendía. Luego… más claro.

Migi. La mujer redonda y peligrosa. La sonrisa. El té.

Victoria… la agencia. Una agencia. ¿Modelos? No… no solo modelos.

Y entonces Elaine.

Ese nombre no lo pensó. Lo sintió. Como un hilo de calor cruzándole la espalda.

Clara cerró los ojos y vio su rostro afilado, sus labios carnosos, su mirada despiadada.

Recordó su voz, y la manera en que la había tocado.

Dominado. Le arrancó el aliento, pero ahora, el recuerdo…

era agradable, cálido. Como un perfume que no se puede olvidar. Sonrió, sin querer.

La oscuridad la rodeaba, apenas perforada por un tenue destello: una única luz encendida, sobre un escritorio solitario al otro lado de la sala. Todo lo demás era sombra, penumbra, silencio. Un silencio profundo, sin el menor rastro de vida humana. Ni una voz. Ni un roce. Nada.

Se incorporó con dificultad. Cada músculo protestaba. Le temblaban los brazos y los muslos, y el frío se le pegaba a la piel húmeda. Por instinto, se abrazó a sí misma. Estaba desnuda.

No vio su ropa por ninguna parte. La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz del escritorio.

Avanzó hacia él descalza, cada paso una punzada en las plantas de los pies.

Sobre la madera oscura descansaba una caja negra cerrada con esmero, atada con una cinta del mismo color.

Encima de ella, una nota. Clara, su nombre escrito en caligrafía primorosa, elegante, de otro tiempo.

Se detuvo frente a la caja. No la tocó de inmediato. Miró a su alrededor, nerviosa.

—¿Hola...? —llamó, en voz baja, casi sin querer oírse.

Silencio.

Esperó. Se sentó en el borde del escritorio, las piernas cruzadas frente a sí, el pecho subiendo y bajando con una respiración todavía errática.

Pasaron minutos. O tal vez horas. No podía saberlo.

Se quedó mirando la caja como si fuera una trampa disfrazada de obsequio.

Como si la nota con su nombre fuera una pregunta.

Cuando al fin se decidió, deshizo la cinta con manos trémulas.

Abrió la caja.

Adentro, un conjunto de ropa tan íntima que se sintió expuesta solo de mirarlo.

Primero, el corpiño. Blanco, hecho de encaje casi invisible.

No era un sostén, no en verdad. Apenas una estructura decorativa, delicada, que delineaba el contorno de los senos, pero no los cubría.

Sus areolas, oscurecidas y turgentes, quedarían expuestas por completo.

Clara lo levantó con cuidado. Lo deslizó sobre sus brazos, lo abrochó por la espalda.

Quedaba justo. Demasiado justo. La presión sobre sus senos inflamados era dolorosa…

y a la vez, invasiva. El roce la hizo gemir otra vez, sin querer.

Su cuerpo vibraba, sensible como si hubiera despertado otro sentido.

Después, la braga. Minúscula. Blanca también, de encaje fino.

Un diseño en hilo dental con una apertura central que la dejó helada al principio.

Dudó… pero la curiosidad la venció. Se la puso.

El tejido casi no cubría nada; se sentía desnuda con ella puesta.

El aire frío le acarició la entrepierna a través de la abertura, provocando un nuevo espasmo involuntario.

Le siguieron las medias blancas, opacas, que subían hasta medio muslo. Una falda corta de tul, como las de ballet, traslúcida, que apenas llegaba a cubrir las bragas. Luego, una chaquetita corta, blanca, que dejaba su ombligo y la parte baja de sus costillas al descubierto.

Y para cerrar, las zapatillas. De baile. De satén blanco. Con cintas para atar a los tobillos. Se las puso sentada en el borde del escritorio, con sus manos aún temblorosas. Cuando terminó, se miró en el reflejo difuso de uno de los espejos cercanos.

Y lo vio. El último objeto.

Un antifaz blanco. De satén mate, con bordes bordados. Sutil, elegante, diseñado para cubrir solo los ojos y parte de las mejillas. Lo tomó entre los dedos. No se lo puso. Lo sostuvo en la mano, mirándolo como si fuera un pasaporte a otro yo.

Frente al espejo, ya vestida, Clara se miró.

Se quedó sin aliento.

No se reconoció… pero lo que vio, le gustó.

Le asustó un poco. No por lo que mostraba, sino por lo que sugería.

Se veía atrevida. Audaz. Poderosa. Más segura de lo que jamás había sido.

Como si el dolor, la humillación, la entrega de los días anteriores hubiesen arrancado las capas muertas de una Clara vieja, y dejado a esta nueva versión desnuda… pero armada.

¿Es un disfraz? ¿Un concepto de moda? ¿Una sesión fotográfica? ¿Una prueba…? ¿Parte del entrenamiento?

No tenía respuestas. Pero tampoco las necesitaba.

Porque se sentía lista. Y deseaba —más que nunca— encontrarla a ella.

—¿Elaine...? —susurró, alzando la voz poco después—. ¿Migi? ¿Hay alguien?

Nadie respondió.

Volvió a probar.

—¿Elaine?

El eco fue lo único que le contestó. Su voz resonó apagada, absorbida por las paredes vacías del salón. Caminó hacia la puerta por donde había entrado la primera vez. Estaba cerrada. Sellada. Sin cerradura visible.

—¿Hola...? —dijo, un poco más fuerte. La angustia empezaba a subirle por el estómago.

Pero no solo era desesperación. Era frustración. Necesitaba verla. A ella.

Pensó en Elaine, en su voz afilada como hielo, en sus manos firmes, en la intensidad con que la había tocado, dominado, destruido. Pensó en su rostro, y un calor tierno y ardiente le subió desde el vientre hasta el pecho. La imagen de sus labios, de su cuello. Dios...

Estaba cautivada.

Sí. Lo supo de pronto, sin necesidad de pensarlo más. Estaba profunda y terriblemente enamorada de ella. De su dureza. De su belleza letal. De la forma en que la hacía sentir como nada y al mismo tiempo… como todo. La admiraba. La deseaba. La necesitaba.

Y la buscaría.

La sala seguía en penumbra, apenas iluminada por la luz del escritorio.

Clara tanteó las paredes, buscando un interruptor.

Nada. Caminó por la sala, sus pasos amortiguados por las zapatillas.

El dolor en el cuerpo seguía, como una sombra tras cada movimiento.

Pero algo dentro de ella la empujaba a seguir. A explorar.

Y entonces la vio.

A través de los espejos de la sala de ensayo, más allá de los reflejos torcidos, notó una pequeña puerta oculta. Semiabierta. Como si alguien la hubiera dejado así a propósito. Se acercó. La abrió.

Una escalera de caracol descendía a la oscuridad.

Clara se detuvo un instante. Su corazón golpeaba lento, pero fuerte. No sabía a dónde llevaba. No sabía si debía bajar. Pero una brisa tibia subía desde abajo, cargada de un aroma que le pareció familiar: piel, incienso… y algo más profundo.

La misma mezcla que olía en Elaine.

Ella está abajo, pensó.

Apretó el antifaz contra el pecho, sin ponérselo. Aún no. Aún quería ver con sus propios ojos.

Y con ese pensamiento, sin otra guía que el deseo, comenzó a bajar.

Paso a paso.

En zapatillas blancas. Vestida como una muñeca. Al encuentro de lo desconocido. Al encuentro de sí misma. Clara puso un pie en el primer escalón.

La escalera de caracol descendía en una espiral estrecha, angosta, envuelta en tinieblas.

El metal crujió bajo su peso. No había baranda.

No había luz. Solo la oscuridad, total, cerrada, palpitante.

Detrás de ella, la sala quedaba atrás como un sueño medio olvidado.

El último reflejo de los espejos era apenas una mancha blanca, distante, borrosa.

Cada paso era una adivinanza.

Bajó a ciegas, con una mano en la pared rugosa, el antifaz blanco aún en la otra, como una brújula sin dirección.

Contaba los peldaños en su cabeza, aunque sabía que perdería la cuenta pronto.

Se inclinó con temor hacia adelante, buscando con el pie el siguiente escalón.

Cada centímetro descendido era una derrota luminosa, un despojo de todo lo conocido.

Y entonces, al llegar al último escalón… una luz azul.

Fría. Artificial. Apenas un punto sobre una cerradura electrónica.

Clara estiró la mano temblorosa y presionó el panel.

La puerta metálica se abrió con un siseo mecánico y se cerró detrás de ella con un golpe sordo.

Definitivo. No había picaporte en el interior.

Ni cerradura visible. Clara se giró, tanteó la superficie con ambas manos.

No podía volver.

La oscuridad la envolvía. Ya no había más luz. Ni azul. Ni ninguna. Todo era negro.

Un abismo sin forma. Un útero de sombras.

Extendió los brazos, intentando guiarse por el tacto.

El silencio era espeso. Respiraba con dificultad, el aire olía a humedad antigua, a piedra atrapada en siglos de encierro.

Cada paso que daba la hundía más en una oscuridad que parecía viva. La rodeaba como un líquido viscoso.

—¿¿Dónde estoy?

Su corazón empezó a latir con fuerza. Rítmico. Animal.

Podía oírlo en su pecho. En sus oídos. Un tambor de advertencia. O de ansia.

¿Y si hay un pozo? ¿Una fosa? ¿Una trampa?

La oscuridad le pareció infinita, perfecta en su crueldad.

Le empezó a costar respirar. Tenía la boca seca, la piel erizada.

Se detuvo, paralizada, sus manos extendidas en el vacío.

Sus pechos latían como si fueran parte de ese corazón desbocado.

Cada roce con el encaje la estremecía. Y ese estremecimiento traía algo más...

Excitación. Cruel. Inoportuna. Inexplicable.