Convertida en Deseo CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

El regreso fue lento, viscoso, como si emergiera de un pozo lleno de barro.

Abrió los ojos y se encontró con un techo blanco, casi cegador bajo la luz de neón.

No supo de inmediato dónde estaba. La boca le sabía a metal oxidado, y un dolor punzante le recorría la garganta.

Intentó mover la mano, pero un tirón brusco la detuvo: tenía un catéter clavado en la vena.

Fue entonces que lo sintió. Algo frío, invasivo, subiéndole por la nariz hasta ahogarle la garganta: una sonda nasogástrica.

Otro peso en el vientre, profundo, vergonzoso: una sonda rectal.

Y a su lado, la máquina. La vio parpadear, los tubos transparentes que salían de su cuerpo y regresaban a ella.

El zumbido húmedo del filtro era un recordatorio cruel: la estaban drenando.

Una diálisis. Como si su sangre ya no le perteneciera.

Clara tragó saliva —dolorosa, amarga— y el mundo se le redujo a esos sonidos: el pitido del monitor, el goteo del suero, el chasquido de la bomba.

Intentó incorporarse, pero el cuerpo no respondió. Solo entonces lo notó. Una figura estaba a su lado.

Su madre.

No entró de golpe. Fue como si siempre hubiese estado ahí, difuminada por la penumbra. De pie, con el rostro surcado de lágrimas que brillaban bajo la luz artificial. El cabello desordenado, los hombros encogidos como si cargara un peso insoportable.

—Mamá… —susurró Clara, apenas un hilo de voz atravesando el tubo—.

La mujer inclinó la cabeza, las lágrimas cayendo pesadas sobre la sábana. —No me llames así —dijo con un gemido—. Nunca fui tu madre, Clara. Nunca lo fui.

Sintió un golpe helado en el pecho.

—¿Qué… qué dices?

Su madre le tomó la mano con fuerza, pero la mirada estaba rota. —Las dos lo sabemos. No soy tu madre. Tu verdadera madre se llama… Victoria.

El nombre la atravesó como un cuchillo. Clara quiso gritar, pero el tubo en su garganta le arrancó solo un sollozo áspero. El rostro de su madre comenzó a deshacerse, borrado como pintura bajo la lluvia.

En su lugar apareció Don Rogelio, el casero. Su figura llenó la esquina de la sala, sombrero en la mano, mirada sombría.

—Don Rogelio… —balbuceó Clara, con lágrimas frescas—. Yo le pago, se lo juro. Ya casi… casi consigo el dinero…

Él negó despacio, con un gesto cansado.

—No es la renta lo que me trae aquí, Clara. Eso nunca fue lo importante.

El estómago de Clara se encogió.

—¿Entonces… qué?

Don Rogelio la miró con un dolor que era casi ternura.

—Mírate. Arrastrándote en este estado. ¿Esto elegiste? ¿Ser la burla, la basura de otros? ¿Volverte… una piltrafa? —la palabra salió cargada de desprecio—. Yo pensé que estabas hecha para más… mucho más.

Clara intentó negar, pero la garganta le ardía demasiado. Las lágrimas le cubrieron la vista hasta que la silueta del casero se quebró y desapareció.

La penumbra pareció espesarse. Y entonces, Migi.

Alta, imponente, inmóvil junto a la cama. El pañuelo de seda era un faro en la oscuridad. Sus manos, cruzadas al frente, parecían no pertenecerle a un cuerpo humano, sino a una estatua.

—Migi… —Clara sollozó, apenas audible—. ¿Qué… qué me pasó? ¿Qué había en el té?

Migi no respondió de inmediato. Sus ojos eran insondables, ni ternura ni crueldad, apenas un peso que la aplastaba. Luego se inclinó, y su voz llenó el cuarto como un rezo antiguo.

—¿Sabes cómo vive una oruga? —susurró—. Devora. Día y noche, sin descanso, sin pudor. Come hasta deformarse, hasta hincharse al punto de parecer monstruosa. Solo entonces puede encerrarse en la crisálida. Solo entonces puede transformarse.

Las lágrimas le nublaron los ojos.

—No entiendo…

Migi le acarició la frente con un gesto pesado, casi maternal.

—Tú también debes aprender a devorar. Lo dulce, lo amargo, lo humillante, lo insoportable. Alimentarte de todo. Porque solo cuando estés hinchada hasta reventar… podrás romperte y nacer de nuevo.

El pitido de la máquina se intensificó en sus oídos, como si fuera un tren que se aproxima. Se hundió en la cama, atrapada entre los tubos y las palabras, sin saber si estaba delirando o si aquella era, por fin, la verdad que había temido escuchar.

Migi permanecía sentada junto al lecho, inclinada hacia Clara como si fuese una madre que vela a su hija febril.

La luz blanca bañaba el rostro sudoroso de la muchacha, sus labios resecos murmuraban palabras inconexas, atrapada en un sueño que parecía más tormento que descanso.

Cada cierto tiempo, se agitaba bajo las sábanas, los tubos vibraban, y su respiración se volvía un jadeo contenido.

Migi extendió la mano gruesa, enjoyada, y le acarició el cabello húmedo con movimientos lentos, casi rituales.

Sus dedos pasaban una y otra vez entre los mechones enredados, separándolos, peinándolos en silencio.

La mirada de Migi era fija, casi hipnótica: no había prisa, no había ira, solo un afecto extraño, tenso, que parecía más profundo que la simple compasión.

—Duerme, niña… —susurró con una dulzura grave, aunque Clara no podía oírla.

Permaneció así largos minutos, inmóvil, observando cada respiración irregular, cada espasmo de sus párpados cerrados. Hasta que por fin se levantó, ajustó el pañuelo de seda en su cuello y salió de la habitación.

La puerta se cerró con un clic metálico.

El pasillo no era el de una clínica común.

Era un corredor de vidrio blindado, iluminado por luces frías que zumbaban como insectos.

Tras la pared, paneles de acero y pantallas digitales parpadeaban con números y gráficas en tiempo real.

El aire no olía a desinfectante, sino a ozono y metal caliente.

Clara no estaba en un hospital. Estaba en un laboratorio.

Migi se detuvo un instante para observar el conjunto.

La sala donde yacía la joven no era una habitación cualquiera, sino una cabina de observación rodeada de sensores y máquinas compactas que monitoreaban hasta el más mínimo latido.

A un costado, un hombre de bata blanca tecleaba con precisión, con los ojos clavados en la pantalla.

Era uno de los científicos de la agencia.

—¿Cómo está el proceso? —preguntó Migi, sin alterar la voz.

El científico giró apenas su rostro, iluminado por el resplandor azul de los gráficos.

—La fase química ha sido un éxito. Los niveles se estabilizaron. Su organismo respondió… mejor de lo esperado.

Migi dejó escapar una sonrisa satisfecha, lenta, como si ya hubiera anticipado esa respuesta. Sus ojos volvieron a la cápsula donde Clara dormía, atada a las máquinas como una marioneta viva.

Sacó su teléfono móvil, un dispositivo negro y discreto, y marcó un número guardado en la memoria. Esperó unos segundos y, cuando contestaron al otro lado, habló con calma absoluta.

—Todo está en orden. La fase uno ha concluido. Estamos listos para continuar con el proyecto.

Cortó la llamada sin más, guardando el teléfono en el bolsillo. La sonrisa permanecía en su rostro, leve, indescifrable, como si acariciara un secreto que aún nadie más podía comprender.