Convertida en Deseo CAPÍTULO VII #4
39%

CAPÍTULO VII #4

En el vestíbulo, agrupadas en un círculo tenso, estaban Migi y las modelos: Isolda con la postura rígida, Samira apretando los labios hasta dejar un surco pálido, Aiko con las manos en movimiento como si tratara de expulsar el temblor, Valentina con la cara pálida, y Ivanna mirando el suelo con ojos perdidos.

Nadie hablaba en alto; hablaban en cuchicheos, como si cualquier palabra fuerte pudiera romper algo más que el silencio.

—¿Está… está estable? —preguntó Aiko, la voz demasiado fina, como si la sola idea de una respuesta negativa la rompiera.

Migi, que había venido en cuanto se avisó, mantuvo la calma ruda que la caracterizaba. Se apoyó contra la pared, las manos juntas, el pañuelo de seda en el cuello moviéndose apenas.

—Los médicos han hecho lo que han podido —dijo en voz baja—. Le aplicaron dos enemas para vaciar lo que había en el estómago y en el intestino. Ha respondido, pero está en observación. Está mejor que antes, pero… esto fue serio. Muy serio.

Un murmullo corrió por el grupo. Samira se cubrió la boca con la mano, asqueada y, a la vez, culpable. —¿Cómo… cómo pudo pasar que ese té estuviera a su alcance? —preguntó, más para sí que para los demás—. ¿Quién lo dejó allí? ¿Quién se descuidó?

Isolda, que no era dada a las palabras, clavó la mirada en Samira con dureza. —No sirve de nada buscar culpables a gritos ahora. La prioridad es Clara. —Su voz era grave, casi un mandato—. Y después, limpiar esto para que nadie lo note.

Migi asintió. Su rostro se endureció en una línea que apagaba cualquier risa.

—Sustituyan el malojillo por la jarra de té normal, la de siempre. Nadie debe sospechar que hubo algo distinto. Retiren cualquier envase o rastro, limpien la mesa, y borren cualquier huella. Nadie comenta nada con Victoria. ¿Está claro?

Todas obedecieron con un silencio cargado. Aiko pegó un respingo. —¿No se lo diremos? —susurró—. ¿Y si ella lo descubre por su lado?

Migi apretó los ojos un segundo, entonces respondió con voz cortante.

—Victoria debe enterarse de lo que convenga en su momento.

Si ella pregunta, daremos una versión controlada: Clara se excedió, se deshidrató, fue un estupor.

Punto. Nosotros arreglamos el resto. —Miró a cada una, una a una—. Nadie habla. Nadie.

Valentina, que había estado pálida desde que la sacaron de la sala, se aferró al borde de la silla con las uñas clavadas. —¿Y la ambulancia? —murmuró—. ¿La gente no piensa en eso? Podría haber sido mortal.

—Lo saben los médicos —respondió Migi sin titubear—. Hemos tenido suerte de que la intervención haya sido inmediata. Pero una dosis tan alta… —Su voz se quebró apenas—. Nunca hemos visto algo así. Nadie la probó antes.

Ivanna hizo una mueca apenas perceptible. Habló, por primera vez en la conversación, con una voz que parecía venir de lejos.

—Si hubiera tenido menos acceso… —dijo—. Si alguien no hubiera dejado…

No terminó la frase. Nadie la interrumpió; no hacía falta. El remordimiento colgaba en el aire como un segundo olor.

Aiko, con la impulsividad todavía vibrando en las manos, se llevó la palma a la cara y respiró hondo. —Siento que la maté —murmuró—. Estaba sola y yo no llegué a tiempo. Esto es mi culpa.

Migi la miró con una dureza que escondía algo como una sombra de compasión.

—Culpas y recriminaciones no traen a nadie de vuelta. —dijo. Haz lo que te pedí antes: vigila que se cumplan mis órdenes. Limpia todo. Y no llores en voz alta. Lo que importa es que ella no tenga secuelas permanentes.

Samira se arrodilló un instante, como si buscara en el suelo una palabra de consuelo. —¿Y si hay …daños? —preguntó sin mirar a nadie—. ¿Qué pasa si… cambia?

Migi cerró los ojos un segundo y la voz se le hizo áspera, pequeña.

—Entonces se decidirá qué hacer en su momento. Por ahora, ceñirse al plan. Nadie lo menciona, mucho menos a Victoria. Sustituyan el té. Noche de guardia en la puerta de la sala. Y que el servicio de limpieza se lleve todo al final, sin excusas.

Hubo un silencio tenso después de eso. Las palabras de Migi, duras, pusieron una tapa sobre la histeria inicial.

Pero en las miradas quedaba la pregunta que nadie quería formular en voz alta: ¿qué efecto tendría una dosis tan concentrada?

Y, peor aún, ¿había sido solo negligencia, o alguien lo preparó para Clara?

Aiko se quedó junto a la enfermería. Sus manos se movían nerviosas, respirando con la violencia de quien se ha visto a sí misma en el borde de un abismo.

Isolda revisó con la mirada las cámaras del pasillo como si quisiera memorizar cada cuadro.

Valentina se balanceó sobre las puntas de los pies en un tic nervioso, mientras Samira repasaba en silencio los eventos de la clase, buscando un momento que explicara todo.

Ivanna se quedó inmóvil, con ojos fijos en la puerta cerrada.

Migi, por su parte, ya había puesto en marcha la primera medida: mandó a alguien a encubrir todo rastro del té en la agencia y ordenó a dos de las chicas que quedaran de guardia sin moverse.

—¿Estarán allí toda la noche? —preguntó Samira, con la voz quebrada.

—Sí —respondió Migi—. Y que no entre nadie sin mi permiso. Y no se acerquen a la enfermería, a menos que yo lo diga.

Cerraron el pequeño coro en silencio, cada una con su culpa, su miedo y la sensación de que nada volvería a ser como antes. Afuera, en la clínica, el monitor seguía con su pitido tenue: una señal débil de que Clara respiraba y por ahora, estaban a tiempo.